DIALOGOS › POR QUE ARTURO PEREZ-REVERTE

Recuerdos de un corresponsal de guerra

 Por J. A.

El soldado francés tiene la garganta abierta de lado a lado. Parece un muñeco roto. Yace, solo y desamparado, en un charco de su sangre, en el ángulo inferior izquierdo del cuadro. “Le han rajado el cuello y los tendones están cortados, por eso presenta ese aspecto de guiñapo. Está muerto de verdad. Goya sabía.” Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) recorre el enorme lienzo del Dos de Mayo con una mirada apreciativa y dura. Aprieta las mandíbulas. Casi puede uno oírle rechinar los dientes sobre el estrépito pintado de la caballería. “Mira el rostro del mameluco del centro”, indica a su interlocutor. “El tipo alza el puñal, pero está aterrorizado; sabe que esa chusma va a acabar con él, que no tiene escapatoria. Y mira ahora la cara del individuo que derriba al mameluco de delante y lo cose a cuchilladas. Observa sus ojos de loco: está matando, está ejecutando el acto más antiguo de la humanidad.”

Pérez-Reverte, ex corresponsal de guerra, se encuentra en su salsa, pero acompañarlo en este recorrido apocalíptico por el dolor y el espanto de los cuadros de batallas del Museo del Prado resulta un ejercicio, aunque apasionante, angustioso. Hace un rato, pasadas varias masacres, el escritor, cuya última novela se titula precisamente El pintor de batallas –de ahí la idea de este paseo por la muerte–, hablaba de minas de fabricación soviética, de carros de combate y de colegas caídos. Confidencias de acero en la sala de las pinturas negras. Uno se siente como el perro de Goya, enterrado hasta el cuello en las historias de Pérez-Reverte, tan abrumado como fascinado; incapaz de huir, pese a que cada frase arroja en el alma un capazo más de arena, de pesar, de tinieblas.

Todo esto, la conversación, las historias, los cuadros, las batallas, es la forma que el escritor ha escogido para explicar su nueva novela y explicarse. El pintor de batallas (Alfaguara) es una novela que condensa hasta una densidad mineral, brutal, ideas y obsesiones esenciales de Arturo Pérez-Reverte. Quizá en ninguna otra obra había mostrado el autor de manera tan precisa, sobria y despojada, existencial, su afilado concepto de la vida (y de la muerte). Un final extraordinario y escalofriante, casi maligno, hace que el relato quede grabado al rojo vivo en la memoria del lector. En el libro, un maduro fotógrafo de guerra que ha abandonado su profesión tras retratar los conflictos bélicos de punta a punta del globo y lograr con su trabajo un gran éxito, trata de resumir todo el horror que ha visto en una enorme pintura mural, la batalla de todas las batallas, que va pintando pacientemente en una torre solitaria en un paraje impreciso. Esa pintura surge paulatinamente ante los ojos del lector hasta hacerse real, y no es ése el menor de los méritos del novelista.

En el Museo del Prado, Pérez–Reverte –un Pérez-Reverte más intenso, más oscuro, sin una brizna de autocomplacencia y con apenas unos detalles de sus habituales ironía y ácido humor– irá hablando ante los cuadros, que parecen abrir ventanas sobre su propio interior. Virgilio en un itinerario de infiernos al óleo, el escritor empieza por Brueghel.

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