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El caso pampeano de Pablo

 Por C. A.

Es uno de los creadores de un particular sistema de plantación de cannabis sativa de la mejor calidad: la marihuana rastrera, una planta que es capaz de arrastrarse sostenida por tutores e hilos sin que llamen la atención de las altas matas. Tan nacional como el sorgo pampeano, los cultivos que supo tener Pablo Fernández Cobo (38) en el fondo de una casa de barrio, en Santa Rosa, dejaron boquiabierta a la policía local.

Un vecino se había asomado a su huerta, rodeada de enormes plantas de maíz y hortalizas, y había detectado la plantación de marihuana orgánica que Pablo usaba, dice ante los jueces que quieran oírlo, para tratarse el asma que lo afecta desde niño y para fortalecer sus defensas. Pablo es un experto en cultivo orgánico, un seguidor chamánico de la planta a la que considera tan sagrada como para haberle dedicado buena parte de su vida. Al punto de haber pasado dos años y ocho meses preso acusado del delito de “siembra y cultivo de estupefacientes”. Ahora espera el resultado de su apelación a la Corte Suprema.

No hubo manera de convencer a los jueces federales pampeanos, a pesar de que no encontraron pruebas al respecto, de que nunca lo hizo para vender. La cantidad de lo sembrado fue su perdición. En total le secuestraron 310 plantas, aunque de ellas 226 eran apenas plantines de menos de 10 centímetros. Para el momento en que el vecino arruinó su proyecto de biocultivador, Pablo había logrado clasificar de manera obsesiva y rigurosa 8300 semillas. Sus primeros experimentos los había hecho en San Luis cuando tenía 19 años y estudiaba Biología en la universidad. Desde entonces, su pasión por la cannabis le trajo problemas: entonces también lo inculparon y pasó diez años con su mujer, Viviana, refugiado en El Bolsón.

“Yo me dedico desde los 13 años a los cultivos hortícolas, primero como aprendiz de mi abuelo postizo, un misionero que me enseñó todo a fuerza de azada y piolín, perfecto y derechito, prolijo y a rastrillo. Con el tiempo fui evolucionando hacia distintos sistemas de trabajo y pensamiento. Luego aprendí los métodos de Masanova Fukuoka, el creador de la agricultura natural, y el círculo se cerró por completo. Esa sería mi forma de obtener alimentos de la tierra: alimentos y medicina, que es lo mismo”, se puede leer en su página de Internet. Pablo fue sentenciado en primera instancia a cuatro años y medio. “Me condenaron por el delito de plantación, y por guarda de semillas sin autorización y con destino ilegítimo. Lo que me pregunto es: ¿quién da autorización, y cuál sería el destino legítimo?”

En la Cámara de Casación Penal de la Nación bajaron medio año la pena. “Estoy excarcelado desde el 6 de octubre, esperando la resolución de la Corte Suprema de Justicia”, contó Fernández Cobo a este diario.

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