ECONOMíA › OPINION

Fieles del reverendo Jim Jones

 Por Alfredo Zaiat

Los dirigentes industriales que están cuestionando el modelo económico que los cobija como uno de los principales beneficiarios tienen la oportunidad de aprender de la experiencia de sus pares del campo. Les serviría como antecedente para su reanimada estrategia de enfrentamiento evaluar el resultado de la batalla ganada por la Resolución 125, que fijaba derechos de exportación móviles para cuatro cultivos clave de la producción agraria. Ese triunfo festejado en la madrugada con champaña en Palermo impidió a los productores agropecuarios tener cierta previsibilidad en los ingresos de su actividad. Las retenciones móviles acompañaban la evolución de los precios internacionales, y ahora que han registrado una fuerte caída desde sus máximos históricos se quedaron sin esa red de contención. Por su parte, los pequeños productores rechazaron las compensaciones que hubieran mejorado su ecuación económica, con la única restricción de que tenían que blanquear el giro de su negocio. En tanto, los productores que almacenaron en silobolsas millones de toneladas de soja respondiendo con firmeza el mandato de lucha de no comercialización de granos emitido por la Mesa de Enlace en los meses del lockout, perdieron la millonaria oportunidad de aprovechar los precios record del poroto. Luego de sostener durante cuatro meses un conflicto violento, el resultado económico, no así el político, fue lamentable para el productor agropecuario y los pueblos del interior que viven del campo. Los líderes del empresariado industrial tienen esa referencia reciente para evitar caer en esa estrategia de autodestrucción, que está guiada con puño de acero cuando arremeten por el tipo de cambio, amenazan con despidos y convocan el fantasma de la recesión.

Los desmesurados comunicados de la Unión Industrial Argentina en defensa de las AFJP y en reclamo de una devaluación se sumaron a la corriente de economistas de la city que adelantan recesión y despidos. Como si no fuese gatillarse un tiro en sus propios pies, los líderes del mundo empresario asumieron como propio ese diagnóstico, realimentando un escenario de expectativas negativas que alienta a instalar la profecía autocumplida. Como antecedente les serviría buscar en archivos recientes para descubrir que esos mismos analistas a los que siguen con fe mística pronosticaban hace muy poco un horizonte de estancamiento con inflación. Otra estimación fallida de gurúes bien pagos y referentes de una clase industrial desorientada.

Con los reflejos de la década pasada, ciertos sectores industriales y de servicios amenazaron con despedir y empezaron a suspender personal pese a que los indicadores de actividad económica, como sus niveles de rentabilidad, todavía no han reflejado ese panorama sombrío que seduce a los gurúes. Pero ante la oportuna reacción de las centrales sindicales y de la intervención del Ministerio de Trabajo para frenar esas medidas de desestabilización social, la UIA empezó a moderar su diagnóstico sobre cesantías. La política de instalar el miedo en el mundo laboral para moderar ajustes salariales, congelar sueldos o directamente reducirlos les actuó como un boomerang. La posibilidad de frenar por 180 días los despidos y suspensiones (propuesta de la CTA) o el proyecto de doble y triple indemnización (iniciativa de la CGT) detuvo ese ímpetu empresario de incrementar la tasa de ganancia sobre el ajuste del ingreso de los trabajadores. En esa puja distributiva, la inflación desde comienzos del año pasado ya ha realizado su tarea, y ahora que se ha moderado el aumento de precios, el frente de disciplinamiento de los trabajadores se encuentra directamente en el espacio del salario con la amenaza del despido.

Resulta evidente la dificultad que tienen el Gobierno y el sector privado para construir un diálogo superador del debate de títulos de diario. Y que esa limitación resulta una fuerte restricción ante escenarios inciertos. Pero el contexto local e internacional abre la posibilidad de amortiguar los indudables efectos negativos de una crisis internacional de proporciones con epicentro en las potencias mundiales. A diferencia de otros países más abiertos al comercio internacional y dependientes de sus exportaciones, en la economía argentina tiene un peso relevante el consumo doméstico (privado y público). Economistas heterodoxos destacan entonces que estimulando esa variable, en un esquema de equilibrio macroeconómico con superávit fiscal y comercial y control del frente financiero, se presentan mejores condiciones para transitar el largo sendero de inestabilidad internacional. La protección y fortalecimiento del mercado interno se convierte en la más potente defensa frente a la crisis internacional. A ese mercado doméstico no se lo cuida bombardeándolo con amenazas de despidos, presionando por una fuerte devaluación, induciendo a inestabilidades financieras sin fundamentos y, en definitiva, alimentando expectativas negativas de los agentes económicos. La insistencia de esa estrategia revelaría que gran parte del mundo empresario decidió imitar la peregrinación de fieles del reverendo Jim Jones, que en 1978 indujo al suicidio a sus casi mil seguidores en Jonestown, Guyana. Alguien tiene que advertirles a los líderes industriales sobre esa marcha que han iniciado alentados por fanáticos enajenados.

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