EL MUNDO › OBAMA Y LAS TENTACIONES DE LA “GUERRA BUENA”

Vietnamistán

El presidente electo criticó duramente la presencia en Irak, pero definió como “justa” la guerra en Afganistán. Esto recuerda a un presidente que Obama no mencionó, Lyndon Johnson, que terminó hundido en un país lejano de Asia. El peligro de que el flamante demócrata encuentre su propio Vietnam.

 Por Ernesto Semán

Desde Nueva York

Hasta el miércoles pasado, Indi Khel era un pueblo más de Pakistán, a unos treinta kilómetros de Bannu. Ese día, un avión norteamericano sin piloto disparó un misil sobre una de las casas de la ciudad, matando a cinco personas y convirtiendo a Indi Khel en el primer blanco de los Estados Unidos en territorio paquistaní por fuera de las zonas tribales que limitan con Afganistán y son su verdadero blanco militar.

La repetición de acciones aisladas, la reacción que pone en marcha una escalada de violencia y el involucramiento de la primera potencia mundial en un conflicto militar que no puede abandonar ni ganar... a cualquiera que tenga algo de memoria, el incidente del miércoles le recuerda a Vietnam. No es una buena noticia para Obama: Estados Unidos ya tuvo un gobierno cuya política interna fue una de las más progresistas y exitosas del siglo XX y que terminó destripado por su propia estrategia militar. Es poco probable que Obama quiera repetir el ejemplo.

De las tantas analogías históricas con las que se viste su llegada al poder, una de las menos mencionadas es la de Lyndon B. Johnson. El presidente electo ha hecho referencia a una decena de ex mandatarios, incluyendo a Ronald Reagan, pero ni una palabra para el gobierno de Johnson, justamente el que abrió las puertas de la integración racial como ningún otro, iniciando en muchos sentidos el camino que culminó el 4 de noviembre.

Claro, está el detalle de Vietnam.

De las mil cosas que Obama puede hacer para arruinar su gobierno, transformar a Afganistán en su propio Vietnam es una de las más tentadoras. Sobre todo considerando la insistencia con la que, durante la campaña, el candidato demócrata hizo del ataque a Afganistán “la guerra buena”, como uno de sus argumentos más fuertes para criticar la invasión norteamericana a Irak durante el gobierno de George W. Bush. La analogía con Vietnam no reside en la precisión militar o ideológica de la comparación, sino en la infeliz combinación de una política interna transformadora e incluyente arruinada por una desastrosa política exterior.

No son los mejores recuerdos para el Partido Demócrata. Después del asesinato de John F. Kennedy, Johnson terminó su mandato y en 1964 derrotó al republicano Barry Goldwater con un 22 por ciento de margen, una de las diferencias de votos más grandes de la historia. Cuatro años después, con bajos índices de popularidad y sin control del partido, Johnson se convertía en uno de los dos únicos presidentes del siglo XX que no buscaron su reelección.

¿Qué pasó entre un record y el otro? Para muchos, el recuerdo es que pasó Vietnam, aunque la historia es algo más compleja. Johnson retomó y expandió la agenda interna de Kennedy. A ese gobierno, Estados Unidos le debe la creación del Medicare y el Medicaid –los sistemas públicos de ayuda médica para ancianos y pobres– el incremento de fondos para la educación, la reducción de impuestos para sectores de bajos ingresos y el uso de fondos del estado federal para incentivar regiones económicamente deprimidas. Sobre todo, le debe la legislación que más hizo contra la discriminación racial, imponiendo ideas, criterios precisos y fondos para asegurar una mayor integración de los negros en el sistema educativo, la política, las elecciones y la economía. Su ofensiva, montada sobre el punto más alto del movimiento por los derechos civiles, consolidó la ruptura en el Partido Demócrata con los sectores más racistas del sur, y le aseguró desde entonces cerca de un 90 por ciento de los votos entre los negros.

Desde aquella época, un deporte favorito de los norteamericanos es tratar de determinar qué tenía Johnson en la cabeza cuando finalmente hizo explotar Vietnam. La evidencia señala hoy que el presidente era el más escéptico respecto de la guerra, y que todos los datos indicaban un callejón sin salida. Cuando finalmente se embarcó, hizo el razonamiento desastroso de que una acción masiva podría resolver el asunto en un corto plazo como para poder dedicarse de lleno a la fenomenal transformación que su política estaba produciendo en los Estados Unidos. El final de la historia es conocido: con medio millón de soldados en Vietnam justificados en un incidente militar fabricado, Johnson perdió en muy poco tiempo todo su capital político. Con el agregado de que la reacción contra la guerra también erosionó la legitimidad de su agenda interna, por lo que al final del mandato no sólo había perdido Vietnam y sus chances de reelección, sino que había abierto las puertas para el desmantelamiento de sus propios logros internos.

Obama tiene delante de sí la posibilidad de cometer el mismo error. Las chances de que el intento de eliminar a Al Qaida y los talibán lleve a una guerra infinita en Afganistán y un conflicto creciente con Pakistán son obvias. Claro que Estados Unidos también puede profundizar su conflicto con Rusia presionando para sumar a Georgia a la OTAN, o imaginar una amenaza militar en Venezuela, pero la insistencia con el ataque a Afganistán durante la campaña, y la amenaza más real que el terrorismo islámico representa para la seguridad de Estados Unidos desde el 2001, convierten a la región en un lugar único.

La tentación de romperse la cara dos veces contra el mismo vidrio tiene que ver con la forma en la que la acción militar exterior canaliza las demandas culturales de la derecha: recuperar una valoración positiva de la nación, alinear verticalmente a sus miembros, disciplinar a los críticos, suspender los conflictos en favor de un bien mayor. No es casual que ese reparto de roles sea una tentación para presidentes como el que asumirá en enero, que ante el pensamiento conservador aparece como poco patriota. Quienes quieran alimentar su paranoia sólo tienen que recordar el acto de cierre de la convención demócrata, cuando unos veinte militares de alto rango subieron al escenario para apoyar al candidato. Fue la primera vez en muchas décadas que los uniformados tuvieron un lugar tan destacado en una campaña electoral, y no faltó quien recordara la campaña de Kennedy en 1960, acusando al gobierno de Eisenhower de retrasarse en la carrera nuclear con la Unión Soviética, alimentando la presión militar para intervenir en Cuba que él mismo viviría apenas seis meses después. El resultado de lo de Obama, en verdad, fue distinto, porque desde ese día y ayudado por la crisis económica, el candidato demócrata eliminó de la campaña las críticas a su presunta falta de un fervor patriótico (supuestamente corporizado en el ex veterano de Vietnam John McCain), abriendo las puertas a una agenda de campaña con acento en la inclusión social y la intervención del Estado como no se había visto en muchas décadas.

Para los más optimistas, un dato llamativo es que Obama nombró hace pocos días a Bruce Reidel como su principal asesor para la situación en Pakistán. Reidel es un ex funcionario de la CIA crítico de la actual gestión, que ha insistido en la necesidad de acomodar la estrategia militar a una de negociación con el gobierno de Afganistán y los distintos grupos islámicos de la región. Reidel elogió recientemente el libro de Tariq Alí sobre la política norteamericana en la zona. Y contando que Alí –quizás el intelectual de Pakistán más activo en Occidente– es uno de los críticos más severos de la política exterior norteamericana, su selección para un puesto tan sensible no es lo que se llama “una buena señal para los militares”.

Claro que todo esto no importa si alguien cree que Obama es lo mismo que su predecesor o que cualquier otro presidente en la medida en que el capital financiero siga existiendo como tal. Pero para los analistas menos triviales, y para los millones de norteamericanos cuyas vidas pueden cambiar drásticamente en los próximos ocho años como cambiaron en 1964, sus chances dependen en buena parte de que no aparezcan, como hongos, uno, dos, tres mil Indi Khel.

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Imagen: AFP
 
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