ECONOMíA › OPINION

Paradoja financiera

 Por Alfredo Zaiat

A partir del nuevo régimen de administración de divisas se interrumpió la injusticia en términos sociales de financiar la fuga de capitales con reservas del Banco Central. De todos modos, el stock disminuyó en casi 6100 millones de dólares en el primer semestre del año. El retroceso tiene su origen en la caída del precio del oro, en el retiro de depósitos en dólares de los bancos, en el gasto de turismo en el exterior, en la operación especulativa de retiros de dólares en cajeros automáticos en el exterior, en un menor ritmo de liquidaciones de exportaciones con una mayor demanda por importaciones, en especial las del rubro combustibles. Cada una de esas cuentas colabora en la merma de reservas, pero el canal principal ha sido el pago de diferentes compromisos de deuda. En total, han sido 4971 millones de dólares en lo que va del año. El resto de los rubros, que han tenido un exagerado despliegue mediático, suma apenas 1100 millones de dólares. La clave para entender la magnitud de la caída se encuentra en el pago de deuda.

Desde la decisión política en 2010 de cancelar deuda con el sector privado, además de las obligaciones con organismos multilaterales, utilizando reservas de libre disponibilidad del Banco Central, se aplicaron unos 30 mil millones de dólares. Si no se hubiera seguido esa estrategia, las reservas totalizarían hoy 67 mil millones de dólares. Semejante esfuerzo encierra una paradoja del funcionamiento del mercado financiero: la administración kirchnerista es la que más ha pagado deuda en términos netos desde el regreso de la democracia y por esa razón puede mostrar los mejores indicadores de solvencia financiera de ese período y en comparación con otros países, pero es a la vez el gobierno que más rechazos ha reunido del mundo de las finanzas. El resultado de esta paradoja es el cierre del acceso al crédito en condiciones favorables en un contexto internacional de tasas muy bajas.

Los argumentos de analistas de la city para explicar esa situación apuntan a los cambios en el IPC que derivó en una menor variación del CER, coeficiente de ajuste de deuda nominada en pesos. A fines de 2012, esos pasivos eran equivalentes a 81.059 millones de dólares, de los cuales sólo el 29 por ciento se encuentra en poder de acreedores privados. El supuesto ahorro en el pago de esa deuda por un CER más bajo lo consideran un “default”. Por ese motivo afirman que la tasa de interés exigida para aceptar deuda argentina (expresada en el denominado “riesgo país”) se mantiene muy elevada desde 2007. También suman los litigios con los fondos buitre por sólo el 7,6 por ciento de la deuda que no ingresó en los dos canjes de 2005 y 2010, y la negociación sin avances por la deuda impaga con el Club de París. En términos ideológicos y de negocios, también incluyen la decisión oficial de poner fin a las AFJP, nicho de especulación fácil con el aporte previsional de trabajadores, la negativa a que la tecnoburocracia del FMI realice la auditoría de la economía y el resto de medidas de orientación heterodoxa. Este cuadro ha derivado en la clausura del financiamiento a tasas bajas que, en las actuales circunstancias del frente externo, implicaría alejar el fantasma de la restricción externa, o sea el de la escasez de divisas que históricamente ha tenido un desenlace traumático. El mensaje es ejemplificador: la heterodoxia en un mundo de la ortodoxia tiene su precio.

El ciclo de desendeudamiento tiene un componente económico-financiero derivado de uno político. Este último nace de la decisión del Gobierno de no estar subordinado a la calificación del mundo financiero para cada refinanciación de vencimientos. Esas transacciones están condicionadas a las exigencias de satisfacer demandas del mercado, que en general apuntan a reclamar estrategias de austeridad como garantía de cobro de la deuda. De ese modo se va constituyendo un círculo vicioso de deterioro económico y, en consecuencia, de subordinación a la ortodoxia económica, con elevados costos sociales y laborales. Es lo que padecen hoy los países periféricos de Europa, lo mismo que Argentina en los noventa.

En el actual contexto local e internacional adquiere dimensión el esfuerzo mayor de utilizar reservas para pagar deuda desafiando el mandato de la ortodoxia del ajuste fiscal para generar el excedente suficiente para cancelar servicios de la deuda y refinanciar vencimientos de capital. El desendeudamiento significa ampliar los márgenes de autonomía de la política económica y saldar parte de la herencia perturbadora de décadas de casino financiero, aunque también implica un sobreesfuerzo de la economía. El interrogante en términos económico-financiero, ya no político como expresión de un activo de gestión, reside en definir cuál es el límite a esa estrategia de permanente reducción de deuda. Comportamiento a contramano de la mayoría de los países con indicadores fiscales menos robustos y de deuda/PBI muchos más elevados que refinancian pasivos a tasas bajas.

El 2012 fue el año que mostró ese límite, aunque restringido al tipo de acreedor. La deuda pública nacional bruta sumó 197.464 millones de dólares, pasando a representar el 44,9 por ciento del PBI, cuando un año anterior era de 41,8 por ciento. Ese aumento actuó como medida anticíclica en la fase descendente del ciclo económico financiando la expansión fiscal al tiempo de continuar pagando deuda al sector privado sin ajuste al utilizar reservas del BCRA. Así esa variación de los pasivos fue originada por deuda colocada en diferentes organismos del sector público por el equivalente a 20.155 millones de dólares, mientras que la contabilizada con organismos internacionales descendió en 285 millones de dólares y con el sector privado, en 1369 millones. Esta composición de la deuda por acreedor brinda un espacio holgado en el manejo de las finanzas públicas.

A fines de 2012 la deuda neta con el sector privado, organismos multilaterales y países era de 82.696 millones de dólares, 18,8 por ciento del PIB. De ese total, 31 por ciento era por préstamos de organismos multilaterales y bilaterales, y el 69 por ciento restantes, obligaciones en cartera del sector privado. Esta última equivale al 13,1 por ciento del PIB, bajando 0,7 punto porcentual respecto de fines de 2011. Como referencia comparativa, The Wall Street Journal ha publicado un mapa interactivo con la evolución de la deuda pública y privada como porcentaje del PIB desde 1990 hasta 2012, para una importante cantidad de países, incluyendo a los más grandes y endeudados como Estados Unidos, Japón, Holanda, Reino Unido, Alemania, España e Italia. La mayoría registra indicadores por encima del 100 por ciento del PIB (graphics.wsj.com/national-debts).

Un aspecto relevante vinculado con la histórica restricción externa es en qué moneda están emitidos los pasivos. La deuda denominada en moneda extranjera alcanzó los 116.405 millones de dólares a fines de 2012, y el 58 por ciento de ese total es con el sector privado y organismos multilaterales, monto equivalente al 9,6 por ciento del PIB. Es una carga liviana. Además, la vida promedio de la deuda total es de 9,5 años, con estabilidad en los pagos futuros para el Tesoro: el 55 por ciento devenga tasa fija y el 31 por ciento, tasa variable, pero de esta última el 78 por ciento tiene como acreedor a un organismo del sector público.

La deuda pública en situación de pago normal hoy tiene vencimientos de capital promedio para el período 2013-2022 de 6663 millones de dólares por año. Con el sector privado alcanzarían los 2632 millones de dólares, el 39 por ciento del total. En tanto, la media anual de vencimientos de intereses –excluyendo los pagos eventuales del Cupón PIB– sumaría 4267 millones de dólares. Con el sector privado, 2019 millones de dólares, representando el 47 por ciento del total de los intereses. Esto significa, que en los próximos diez años los compromisos en capital más intereses con los privados suman apenas 4651 millones de dólares en promedio por año.

Todas estas cifras en un ciclo de crecimiento económico prolongado, con el compromiso oficial de pagar deuda con reservas del Banco Central, se traduciría para cualquier otro país en ofertas de financiamiento a tasas bajas. No sucede para este caso. Es una paradoja del mundo financiero desplegada para la economía argentina.

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