EL PAíS › OPINION

Paralelismos absorbentes

La comparación entre la actualidad política argentina y el surgimiento y desarrollo del fascismo, realizada el domingo pasado por el diario La Nación, le sirve al titular de la Biblioteca Nacional para confrontar a ese medio con su propio pasado y la ignorancia que exhibe sobre el mismo.

 Por Horacio Gonzalez

¿Cuántos paralelismos tolera la historia? Aun los más sutiles historiadores suelen entregarse al encanto de las analogías. Y no solo porque a veces esos paralelismos suponen un grácil pensamiento, sino porque también toman proporciones mitológicas, cuyo único y alto costo es que pasan por alto la singularidad de cada momento histórico, su ineluctable contingencia. Lo hacen con viejas creencias en el tiempo cíclico y en el ideal farsesco que gusta de pensar en la repetición de los acontecimientos más fuertes de algún período histórico. Por eso muchas comparaciones resultan fallidas y evanescentes y sus autores se interesan más por el estruendo vano que provocan que por la capacidad efectiva de esclarecer los hechos.

Este comparativismo a veces son pequeñas y aceptables sugerencias de buenos historiadores, clásicos y modernos. Por ejemplo, comparar los grandes los mitos griegos con los enormes out-doors de las carreteras contemporáneas, como hace Paul Veyne, o las consabidas equiparaciones de Spengler –la música barroca contrapuntística y el sistema financiero del cheque– que luego, casi sin querer, rebotaron en las audacias de un Foucault: los sistemas numismáticos en cotejo con las clasificaciones botánicas. Párrafo aparte: las Vidas Paralelas de Plutarco, que suponen en cada hombre eminente un momento de igual iluminación que sin embargo es el que destaca la diferencia.

Por lo tanto, el pensamiento popular y los más encumbrados historiadores, cada uno con lo suyo, recurren a la equiparación de momentos históricos distintos y a hechos que siendo heterogéneas conservan secretos movimientos internos que los hacen parecidos para la acción del conocimiento, cuidando de separarse adecuadamente de lo que sería la forma más aviesa del pensamiento: el comparativismo vejatorio. Es decir, cuando se comparara algo con lo unánimemente vituperable. Solo para que el objeto comparado surja cómodamente en desventaja, envuelto en un ropaje vil. Como un lejano cometa que de tanto en tanto da una vuelta por nuestros pagos, los astrólogos de tales maridajes vuelven a decir que el peronismo es el fascismo; o, si no, que este gobierno va hacia el fascismo.

Desde que Félix Weil, partícipe de la fundación de la Escuela de Frankfurt, escribió El enigma argentino, en 1944, este pensamiento ya nacía refutado. Weil era un marxista liberal, en su juventud adherente al grupo de Rosa Luxemburgo y luego alguien que no le habría disgustado al diario La Nación, si es que alguna vez no escribió en él. La adjudicación de fascismo implica una torpe facilidad que tuvo momentos recurrentes de auge, debilitamiento y nuevos apogeos. Los editoriales del diario La Nación –especialmente el del último domingo– abundan con pesada insistencia en este tema, que agita fantasías de veteranos tramoyistas. Solo un imperdonable descuido conceptual puede hacer del peronismo y del actual gobierno una forma o un contenido analógico a los movimientos que dieron curso a la Segunda Guerra Mundial. El anónimo editorialista, esa poderosa voz admonitoria de La Nación, rebusca en los desperdicios de la historia hechos asimilados con ligereza, no con los aguafuertes de una “historia que se da dos veces”, sino con la incuria de un escrito de oportunidad, que muestra como único saber la manera en que se atan tortuosamente hechos tan disímiles. O falla el saber de tribuna, o falla la perspicacia de la doctrina.

Hay una expresión argentina, extendida por el vocerío político de la época: la “billetera”. Sirve ahora para intimidar y ultrajar con la sospecha cómoda, y si se quiere, para encumbrarla a teoría política completa: “billetera estatal”. Así, de taquito nomás. Es así como una bagatela del lenguaje, un falso juguete de cuerina oscura sirve para asimilar dos interpretaciones erróneas sobre la cuestión intelectual en el fascismo y en los tiempos que corren. Error que se corresponde a los editoriales de un diario que ciega con rigor su propia historia. Contemplemos una de sus tesis, como si fueran sacadas de una exquisita cartera de cuero de yacaré: refiriéndose a Italia en 1925, pero pensando en la actual Argentina, dice que “el Estado comenzó a absorber la sociedad civil, sin dejar espacio para el disenso. Aunque resulte sorprendente, muchos intelectuales cercanos a la billetera estatal, en la universidad o en los variados institutos ‘culturales’, aplaudieron a Mussolini y, sin vergüenza alguna, publicaron el Manifiesto de los Intelectuales Fascistas (D’Annunzio, Malaparte, Pirandello, Marinetti, Ungaretti). La respuesta de los pensadores democráticos no se hizo esperar y, con el liderazgo de Benedetto Croce, respondieron con el Manifiesto de los Intelectuales Antifascistas”.

La profunda equivocación del editorialista es bastante simple de concebir: no conoce la historia del mismo diario en el que escribe. Los invitamos a que encuentren en los ejemplares de los años ’30, ’40 o ’50, publicaciones de muchos de los autores mencionados, sobre todo Pirandello o Ungaretti. ¿Por qué esto era así? ¿Era entonces más abierto a la experimentación el diario La Nación, más concesivo, más fascista? No nos especializamos en reiterar en espejo las mismas acusaciones que cuestionamos en los otros. Consultando el muy sólido libro de Ricardo Sidicaro sobre la historia editorial de La Nación pueden apreciarse muchos eventos de su propia trayectoria que ayudan a descubrir la pobre y fútil maniobra en la que hoy está empeñada. Por ejemplo, el discurso de Perón en 1944 sobre la Defensa Nacional, dado en La Plata, toma aspectos del concepto de “movilización” para relacionar mercado interno, industrialización y defensa nacional. ¿Fascismo? No. La Nación lo elogia e incluso lo defiende frente a un ataque del Departamento de Estado de EE.UU. Es el propio Perón, que luego en la campaña electoral interpreta con tintes más suaves su discurso. No lo defiende con la vehemencia de La Nación, dice que quizás los traductores de aquella institución clásica de la diplomacia mundial norteamericana habían realizado una mala traducción.

Otro conocido caso es la censura a posteriori de un artículo de intención ficcional de Carlos Alberto Leumann, sobre la relación entre Jesús y María, que la Iglesia consideró herética. De inmediato, vinieron las disculpas preocupadas de La Nación. Esto ocurrió alrededor de 1925. En Italia cunde de lleno el fascismo. ¿No habría ocurrido lo mismo con cualquier órgano liberal de Italia que ante cualquier inconveniente, no habría ido a disculparse rápidamente ante el Duce? Esto sí es la “absorción de la sociedad civil por el Estado”. Gramsci aún no estaba preso y consideraba que la sociedad civil era no la economía sino la cultura; hoy diríamos “los medios de comunicación”. Piénsese si los medios más poderosos han dejado de hablar en algún instante.

Otro recordable episodio de la historia de La Nación es cuando el gobierno surgido en 1943, duramente condenado ahora, no le merecía tal opinión entonces. Cuando una colaboradora del diario deja entender que son demagogos y que no se atreven a romper con el Eje, al día siguiente La Nación va a la casa de gobierno a pedirle disculpas al presidente Farrel y expulsa a la redactora del artículo “antifascista”. Es cierto que antes vaciló y finalmente no publicó el artículo de Lugones sobre “la hora de la espada”, pero todos los demás artículos de este poeta trágico en los que iba virtiendo su credo heroico y militarista –ése sí “absorbía” de lo lindo toda la sociedad civil–, tuvieron franca acogida en La Nación. En las fechas que ahora ve aciagas –una ligera revisión alcanza para comprobarlo–, se encontrarían seguramente en sus propias páginas elogiando a poetas y ensayistas que participaban del clima formador del fascismo. De alguna manera, Ortega y Gasset es un héroe intelectual de La Nación de aquellos tiempos y también de hoy. No merece ese duro apelativo, pero coqueteó con un heideggerianismo que no consiguió elevación similar a la del filósofo alemán, pero tanto o más que éste ofreció su condescendencia un poco más larga al régimen oscuro de su país. Vaya si entonces no se “había absorbido” casi toda la civilidad cultural. ¿Y Victoria Ocampo, que promovía a un Drieu La Rochele, fascista francés refinado, que llegó a convencer momentáneamente a esta dama notoria de las ventajas de Mussolini? No siguió ella mucho tiempo más esas devociones, pero un par de décadas después inició el culto argentino a Lawrence de Arabia, cuyo interés no puede desdeñarse, pero hay que convenir que era un íntegro fascista inglés en los últimos años de su vida. Con su estilizado esteticismo, ése sí que absorbía también la sociedad civil. Todo esto perfectamente publicado por La Nación, que cree ahora portar saberes sobre la billetera de Pirandello, Ungaretti, Marinetti. Revísense los ejemplares del diario ante la llegada de este último a Buenos Aires. No se nota ahí ningún antifascismo, aunque es cierto que no llegan hasta las eufóricas salutaciones al poeta futurista que hace Crítica, de Natalio Botana.

Para condenar verdaderamente al fascismo, hay que decir que primero se debe saber qué es el fascismo. La Nación no lo sabe exactamente, pues lo que ahora condena es lo mismo que muchas veces publicaba o adulaba. Para discutir en serio esta cuestión hay que aceptar que el peronismo leyó en el fascismo no otra cosa que la necesidad de rechazar el fascismo, que sustancialmente era una de las formas épicas del mito de los guerreros. El peronismo, y ése será siempre su lamento interno, surge como movilización en los términos de un orden y una paz que más allá de que en su momento no lo lograra y que estemos o no de acuerdo con ello, son sus signos más permanentes. Y hay que entender que lo que a La Nación más le molesta del kirchnerismo no es su mundo intelectual específico –que finalmente es una expresión de un populismo civil democrático– sino que muchas veces recuerda medidas proudhonianas de la Comuna de París, que en la Argentina saludaron cuando jóvenes Ingenieros y el propio Lugones: esto es, el voto popular para elegir partes más amplias del cuadro institucional, como excedente republicano que alberga una utopía tecnológica igualitaria, más allá de las discusiones más de fondo, no abordadas, que el tema reclama.

Que La Nación revise su historia, que tiene contradicciones de profundo interés si también no fueran graves, pues saluda al autor del Yo acuso, Emile Zola, tanto como al general Uriburu. ¿Estamos obligados por ello a pensar que entonces era a veces de izquierda republicana y a veces corporativista-fascista? Hay muchos historiadores y sociólogos que escriben ahora en La Nación. ¿No podrían aclarar que no se puede reducir la historia intelectual a los pliegues cifrados de una billetera? ¡Si por lo menos fuera una pitillera! ¿Quién le pagaba a Pirandello? ¿Están seguros de que quisieron escribir lo que escribieron? ¿Saben bien quién era Pirandello? ¿Entienden bien que de la crítica a su obra surge otra obra de gran significación, como lo es la de Gramsci? La Nación no estudió la historia de La Nación. No conoce los temas que trata, embarcada en acusaciones crasas, para lectores que en el fondo desprecia. Brinda no solo equiparaciones falsas, sino que enuncia nombres de autores que no ha leído, atribuyéndoles maleficios que considera fáciles de trasladar al presente.

Eran más interesantes las contradicciones de su fundador, que tradujo a Dante, el gran monarquista, mientras vituperaba a Bolívar por autócrata. La Nación de hoy trabaja en la comezón de su angustia diaria, manda al infierno lo que no entiende –una parte fundamental de la historia poética italiana–, cuyas retóricas fueron superiores al error fascista que algunos de ellos aceptaron en un momento, que fue aciago para todos, incluso para Croce, al que también invocan erradamente. Croce sin duda no fue fascista, aunque mantiene una actitud tolerante por lo menos hasta el asesinato de Matteotti y hoy sigue vivo porque es el gran vertedero del que salió buena parte de la obra de Gramsci, y allí está su verdadero valor como antifascista. Era desde luego un gran liberal. Pero la historia está hecha con rezagos. A veces el que acusa de fascismo, simplonamente, comete dos deplorables omisiones: no mirarse a sí mismo para ver allí una parte deshilvanada de lo que recusa, y no comprender que la sociedad civil no es el llano de los liberales sino el ámbito del conflicto de las culturas. El editorialista dominguero, pues, habría debido tomarse cierto tiempo para consultar las bóvedas húmedas de la memoria de su propio diario. Sus paredes no han absorbido aún todas las pasadas exhalaciones.

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