EL PAíS › OPINION

En camino hacia agosto

Primeras imágenes de la competencia electoral. Massa instalado, beneficios y riesgos. Acechanzas de los adversarios y derrapes de la tropa propia. La Presidenta poniendo el cuerpo en campaña y en Bolivia. Especulaciones mientras asoman las primeras encuestas. El rol posible de las PASO. Y menciones al fútbol añorado.

 Por Mario Wainfeld

Margarita Stolbizer, Martín Insaurralde y Sergio Massa.

El libro de pases de la AFA no registra novedades importantes. Las campañas electorales, seguramente, todavía no llegan a interpelar a la mayoría de los argentinos. Sin embargo, el 4 de agosto empezará el campeonato: con él volverán la pasión y las concurrencias masivas. Y el 11 de agosto tendrán lugar las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) en las que (si se repite una entrañable costumbre nacional) habrá alta participación ciudadana y se empezará a determinar el futuro político de la Argentina. El mes de julio, con vacaciones de invierno con recreación y consumo popular incluidas, será el interregno y el prefacio de trances importantes. Así las cosas, se pueden soportar mejores domingos como el de hoy, en los que la pelota no rueda: son las vísperas de jornadas determinantes.

La conformación de las listas prefigura el escenario de agosto, sobre el cual (nobleza obliga) esta nota no contendrá pronósticos. Pero las cartas empiezan a descubrirse, como en un poker abierto. Lo que falta, tan luego, son las barajas ocultas, la intervención popular y la destreza de los jugadores. No es poco.

Las primeras movidas mostraron al Frente para la Victoria (FpV) con una táctica, en general, diferente de la de dos años atrás. Se privilegió la fidelidad de los candidatos, se desecharon alianzas o candidatos vistosos “de afuera”, se negoció más con los líderes del territorio, intendentes o gobernadores según los casos.

El espacio pan radical-socialista se mostró vivaracho, apelando a distintas formas de armado según las contingencias. Reiteró la coalición exitosa de Santa Fe, encabezada por el socialismo gobernante. Armó otras en la provincia de Buenos Aires y la Ciudad Autónoma, para repechar los flojos desempeños de 2011. En la Capital se valió del recurso de la interna abierta (desaprovechado o cuanto menos relegado por casi todas las fuerzas en casi todos los distritos) para promover una coalición muy variopinta. Los radicales se mandan solos en dos provincias en las que se tienen fe: Mendoza y Córdoba.

El PRO quedó maltrecho, casi confinado en su feudo capitalino. En Córdoba, Salta y Santa Fe juega sus barajas a candidatos presumiblemente taquilleros, que se lanzan sin una estructura detrás o al costado.

El peronismo federal fracasó en las presidenciales, venía fincando magras esperanzas en el cordobesismo del gobernador José Manuel de la Sota. Ahora crecen sus ínfulas, merced a la mayor novedad de la contienda, que es el lanzamiento del intendente tigrense Sergio Massa en la provincia de Buenos Aires.

Cada cual reservará sus ambiciones francas e “irá por más”, cuanto menos en el verbo. Para el kirchnerismo lo esencial es ganar en la (rarísima) suma nacional, conservar su quórum en Diputados y Senadores, primar sobre Massa en “la provincia”.

Para el archipiélago no peronista el objetivo es defender sus bancas en el Congreso y no sucumbir ante una oleada de las distintas vertientes peronistas en Buenos Aires.

Las aspiraciones de Massa y las de los medios que lo aúpan son, en teoría, infinitas. “Es un fenómeno político” se extasían en su torno. “No tiene techo” predican compañeros sin votos que se cuelgan del presunto tren de la victoria.

Vender la piel del oso sin haberlo cazado es un deporte nacional. El precio, en ese marco, suele ser elevado. En el bunker massista y zonas de influencia se trabaja en el día a día pero se imaginan escenarios fastuosos para después de octubre. Si se gana (como descuentan), el peronismo hará parido un nuevo referente para el 2015. Con el oso cazado, se dinamizará la interna justicialista, con Massa como sol. Muchas interferencias pueden alterar la hipótesis, jamás desdeñable del todo. La primera sería un resultado adverso, que podría ser más duro confrontado con el triunfalismo de estos días. Las otras serían las contingencias ulteriores a los comicios. Sobrevivir siempre es complicado, sobre todo si se tienen por delante dos años con el kirchnerismo gobernando, con el espectro no peronista confrontando, con el endeble sitial de un bloque de diputados para “hacer política”...

Como fuera, Massa es el protagonista que más impactó en el escenario electoral. Y, por ahora, puntea en las escasas encuestas que se van conociendo. Tiene virtualidad, ya está posicionado entre el primer y segundo lugar. El conocimiento público y una imagen positiva alta (concuerdan consultores de todos los “palos” políticos) le dieron plafón en la largada.

Desde ese punto de partida, que ya le están envidiando en voz baja los diputados Margarita Stolbizer, Ricardo Alfonsín (correligionarios ellos) o Francisco de Narváez (compañero de la rama colorada del pejotismo), empiezan los desafíos.

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El centro y los dardos: El carril del centro, elegido por el challenger tigrense, ofrece flancos tan interesantes como arriesgados. Massa se postula como un candidato catch all: interpela a partidarios o simpatizantes del kirchnerismo (fuera de su núcleo duro) tanto como a opositores. No ha de ser simple sostener ese portento, en un clima polarizado desde hace años por el oficialismo y toda la oposición. En las jugadas iniciales fue más hostigado por sus adversarios dentro del campo opositor. En eso coinciden De Narváez y los panradicales: Massa es un simulacro, claman, que volverá al redil kirchnerista (o al del peronismo) de un modo u otro.

El gobernador Daniel Scioli será otro contrincante. El kirchnerismo lo destrató durante prácticamente todo su segundo mandato y lo dejó afuera en las listas nacionales o provinciales. Pero el interés futuro vale más que las cuitas pasadas: Scioli comprende que no tiene porvenir imaginable en caso de que Massa se vaya para arriba. El encuentro del más dotado de los operadores del gobernador, Alberto Pérez, con una muchedumbre de referentes provinciales es un atisbo de la decisión. A Scioli le conviene “jugar” con el FpV y como el interés es recíproco, acaso haya alguna fórmula para darle presencia en la campaña.

Se hace camino al andar y nada definitivo puede anticiparse: en los pininos de la campaña el ecumenismo de Massa fue empiojado por sus propios compañeros. El actor Fabián Gianola se cebó con las cámaras y profirió dicterios antikirchneristas (hasta el sonsonete de “la dictadura”) que lo dejan más cerca de la diputada Elisa Carrió que de su referente. A su vez, la candidata clarinista Mirta Tundis derrapó con desaconsejables ataques de sinceridad. Confesó afinidades con De Narváez y realizó discriminatorias tipologías de votantes de diferentes estratos sociales. Eso no es pro: pro-Massa, se entiende.

Massa, da la impresión, hizo callar a Gianola y debería procurar hacer lo propio con Tundis. La tarea es simple cuando sus destinatarios son dirigentes políticos, con “Cicciolinos” puede fallar. Habrá que ver. A Massa le conviene que su mensaje, muy lacónico, sea repicado por figuras astutas como el intendente Darío Giustozzi, el diputado Felipe Solá o el dirigente empresario José Ignacio de Mendiguren. La adaptabilidad de éstos es proverbial. Más aún, suelen autopersuadirse de que su conducta camaleónica es sincera. O, cuanto menos, que es necesaria o ganadora. Por la parte baja miden sus palabras, internalizan las tácticas y se pliegan a ellas. Rumbea parecido Ricardo Delgado, el vocero económico: un profesional nada tremendista apartado del mainstream apocalíptico de tantos colegas.

Los encuestadores que laboran para Massa dicen no registrar mermas en su intención de voto, después del cierre de listas. Los que asesoran al kirchnerismo replican que ha bajado algo. Y que se movió aún más su imagen pública (que sigue alta pero con merma interesante) a partir de la instalación de los candidatos del FpV.

El enigma, que nadie descifra ni podría descifrar, es cómo se irán acomodando los melones a medida que el carro se mueva, que se devele la real posición de Massa. Los dardos lo acechan, hay lanzadores desde muchos ángulos. Los puestos de vanguardia tienen sus privilegios, también sus costos.

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Cristina y Néstor: El lunes pasado, la Presidenta debió postergar un acto en Bariloche para el jueves. La barbarie de los países europeos agregó un ítem esencial a su agenda: tuvo que viajar a Cochabamba para manifestar su solidaridad con el presidente boliviano Evo Morales y participar de un encuentro con varios pares de la región. Cristina Kirchner optó por una jornada itinerante y fatigosa. Estuvo a la tarde en Río Negro, provincia que renueva los tres senadores. El azar y la tragedia afectaron el panorama local: el tablero cambió tras el asesinato de Carlos Soria, primer peronista elegido gobernador desde 1983 en un territorio fiel al radicalismo.

Del acto local, con anuncios y campaña, entreverados, Cristina se embarcó hacia Bolivia, donde pronunció dos discursos. Uno al mismo pie del avión y otro en un acto popular al que asistieron Evo y otros presidentes. Luego participó de un cónclave y la redacción de un documento.

La mandataria puso el cuerpo por partida doble. En cumplimiento de una notable política exterior, signo de la etapa sin dejar de lado la puja política doméstica. Es lógico, porque su continuidad depende del veredicto soberano del pueblo argentino, al que tan bien representó. Las dos facetas se complementan y también se limitan, al menos en el manejo de los tiempos.

Con varios candidatos poco conocidos, el rol de la Presidenta es doble. En ella se centra el debate nacional, que se conjuga en 24 pujas provinciales. Es premioso ampliar la visibilidad de figuras como el intendente de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde. En tiendas oficialistas se calcula que ese afán progresa. Los adversarios resaltan que el piso es muy bajo.

En Olivos y en la Casa Rosada no subestiman la dificultad. La decisión de poner la imagen del presidente Néstor Kirchner en las boletas del FpV atiende a la identificación de sus candidatos. El pedido fue recusado por dirigentes opositores y validado en primera instancia por la jueza electoral María Romilda Servini de Cubría. El oficialismo atiende a los detalles y reversiona un viejo proverbio: a Dios rogando, en (varios) intendentes confiando y con la imagen de Kirchner dando.

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Augurios y anhelos: Las profecías están a la orden del día, conviene amarretear las propias sin dejar de consignar las ajenas. En la “opo” cunde la hipótesis de derrotas oficialistas en los cinco distritos más numerosos: Buenos Aires, Capital, Córdoba, Mendoza y Santa Fe. El kirchnerismo confía en prevalecer en las dos que gobierna: Buenos Aires y Mendoza. Se conformaría (aunque no se verbalice en público) con salir segundo en Santa Fe y la Ciudad Autónoma, consiguiendo varios diputados más que los que renueva. Y hacer un papel decoroso en Córdoba. Ese es uno de los distritos más complejos porque lo disputan De la Sota, el radicalismo (seguramente con Oscar Aguad a la cabeza), el referí macrista Héctor Balda-ssi, la filo kirchnerista no alineada Olga Riutort, el FpV, y el alicaído partido de Luis Juez con los colores del Frente Amplio Progresista. Es una rara avis en un mapa para nada uniforme. Cada provincia tiene su historia, sus preferencias, el federalismo electoral existe aunque lo niegue la Vulgata dominante.

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Mitos y efectividades: Los hechos desafían otros mitos, muy divulgados (ver, asimismo, nota aparte). Los medios dominantes y sus “formadores de opinión” han machacado durante años que los gobernadores y los intendentes son vasallos del poder central. Los describen como violetas de los Alpes: débiles, maltratados y sometidos a vientos impiadosos. Sin embargo, en las elecciones próximas cuanto menos dos intendentes tendrán roles protagónicos como cabeza de listas con buenas expectativas. Y otros agregarán o quitarán al resultado, según su laburo y su legitimidad. Lo cierto es que, en un extenso período de crecimiento y mejoras generales, todos los gobernantes han acrecentado su poder propio y su representatividad. No son meros títeres del poder nacional ni carecen de recursos y espolones. Su poder se afinca (y a veces se confina) cuando juegan de locales. La realidad se empecina en ser compleja y el diseño electoral multiplica la tendencia.

La destreza de los candidatos, el acierto de sus discursos y tácticas mediáticas serán esenciales. También incidirá la lectura de los votantes respecto de la coyuntura económica, refractada en función de sus propios intereses.

Las competencias democráticas tienen su sentido y son traducibles racionalmente, pero es muy cuesta arriba dilucidarlas antes de que ocurran. Las tendencias y las perspectivas orientan, el resto se dilucida en el rectángulo de juego. El voto universal y obligatorio garantiza la soberanía popular, pilar de la democracia. En eso estamos, orejeando las cartas, esperando que llegue agosto con canchas llenas y urnas bien colmadas.

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