ECONOMíA › TEMAS DE DEBATE QUé SE DEBE HACER PARA RECUPERAR LA SENDA DEL CRECIMIENTO

La industria nacional en su laberinto

El sector manufacturero acumula 21 meses de caída consecutivos. El Gobierno apuesta a fortalecer el mercado interno a través de diversas políticas de ingresos para tratar de revertir la situación. Los especialistas explican qué más hace falta.

Producción: Javier Lewkowicz

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Actuar sobre la oferta

Por María José Castells *

La industria argentina no da signos de recuperación. En abril cayó nuevamente y ya acumula 21 meses de desplome ininterrumpidos, luego del crecimiento acelerado que tuvo lugar tras la salida de la crisis de 2002. Desde los sectores opositores pregonan una devaluación como solución al diagnóstico del atraso cambiario que estaría afectando el crecimiento industrial, pero el Gobierno sigue apostando a fortalecer el mercado interno a través de diversas políticas de ingresos.

Si bien no hay discusión en que parte del retroceso de la actividad fabril se debe al agotamiento del tipo de cambio alto que permitió la rápida recuperación manufacturera entre 2003 y 2008, es insoslayable el efecto de la economía mundial. Por un lado, la crisis industrial en los países centrales y ciertos intentos a una reindustrialización de las potencias europeas y Estados Unidos han generado un excedente de productos que deben ser relocalizados en otras latitudes, al tiempo que se resienten ciertas exportaciones argentinas. Por otro, el impacto de las políticas ortodoxas brasileñas que tienden al estancamiento del principal socio comercial y que acarrean profundas dificultades en la que fuera “la locomotora del crecimiento industrial”, el sector automotor. La producción de vehículos se contrajo en 2014 un 20,4 por ciento, y abril de este arrojó una caída semejante respecto al mismo mes de un año atrás. La menor demanda de autos del país vecino enfrenta a las automotrices a grandes desafíos que difícilmente puedan librarse con las ventas al mercado interno, que también vienen cayendo fruto de los efectos recesivos de la devaluación de 2014. Porque aun en un escenario de repunte durante el segundo trimestre, la restricción externa al acceso de divisas por parte de las terminales locales podría derivar en “cuellos de botella” y límites a la producción.

En el plano interno la desinversión del gran capital concentrado interno es un factor mucho más explicativo que el atraso cambiario. Lejos de los altos niveles de inversión de los mejores años de la posconvertibilidad, la formación bruta de capital cayó en precios constantes el 5,6 por ciento en 2014. Este comportamiento del empresariado local –tanto nacional como extranjero– y el escenario mundial antes descripto ha impuesto al gobierno a actuar con vehemencia. Si la “política industrial” de los primeros años del kirchnerismo puede sintetizarse en el “dólar caro”, tras su agotamiento y la irrupción de la crisis mundial en los años subsiguientes (período 2008-2015) tuvo lugar un ciclo de aplicación de medidas “heterodoxas y novedosas” que tendieron a resolver situaciones de corto plazo, incentivando la demanda a partir de diversas políticas de ingresos y procurando sortear –parcialmente– la emergente restricción externa (restricciones a las importaciones, aumentos de aranceles, reestatizaciones de empresas, lanzamiento de líneas de asistencia financiera y el fomento a la demanda por diversas vías –Procreauto, Ahora 12–, etc.).

Esta intervención estatal tuvo un impacto positivo no sólo en el ritmo de crecimiento sino también en términos relativos. Tanto es así que la Argentina ha mostrado un desempeño superior al del resto de los países desarrollados y al de los países emergentes de la región. Según datos de la OCDE, entre 2008 y 2013 –incluyendo el fatídico 2009 y el magro crecimiento de 2012– la economía doméstica incrementó la producción fabril a una tasa anual acumulativa del 3,8 por ciento, cuando Brasil creció al 2,2 y México al 1,8 por ciento. Ni siquiera Chile y Colombia, emblemas liberales y “ejemplos” de la ortodoxia local, alcanzaron tasas superiores de crecimiento (1,8 y 0,0 por ciento, respectivamente). Por su parte, Estados Unidos, Alemania, Francia e Italia vieron estancada su producción industrial en este horizonte temporal. Sin embargo, las políticas tendientes a incentivar el consumo no inducen necesariamente, en el marco de economías abiertas y fuertemente dependientes, a un crecimiento de la inversión en el ámbito fabril que responda a esa reactivación de la demanda, lo que tiende a agravar la restricción externa por la mayor demanda de importaciones. Por eso, en el marco del retroceso manufacturero de los últimos y largos meses, el desafío es actuar también por el lado de la oferta con políticas industriales que fomenten la especialización productiva en nichos sectoriales específicos y así mitigar la voracidad de divisas de la industria local. En el fondo, lo que se trata es de impulsar el sinuoso, pero estimulante camino, del cambio estructural y el desarrollo.

* Economista y docente (UBA), becaria del Conicet.


Superar el estancamiento

Por Diego Coatz * y Fernando Grasso **

La economía argentina transita un camino de relativa estabilidad. Esto reviste dos activos valiosos respecto de procesos anteriores: el país no vivirá ninguna situación de crisis política y, al haberse contenido las tensiones “explosivas” que se avizoraban en diversos planos, tampoco económica. Sin embargo, en sus fundamentos, el esquema macro y la economía en general aún conservan profundos desafíos que deberán atenderse de manera integral en el futuro más próximo.

La agenda del desarrollo es más compleja, requerirá definiciones estratégicas y esfuerzos de envergadura, entre ellos, cómo seguir industrializando la economía de un modo competitivo e insertado internacionalmente. Esto implica avanzar contundentemente sobre las brechas de productividad y, también, las vinculadas a los factores que determinan las relaciones de precio-calidad. Cualquier proyecto que no incorpore un plan en este sentido podrá mostrar algunos resultados positivos por un tiempo, pero nunca nos conducirá al desarrollo. La industria argentina, que recién en 2011 había recuperado el nivel de producción per cápita del año 1974 a partir de incrementos formidables en el nivel producción, productividad, inversión, salario real y empleo entre el año 2002-2011, ingresó a un terreno de menor desempeño en los últimos años. Desde entonces, los resultados fueron discretos. Aun cuando se observa cierta estabilización en los últimos meses, la actividad describe actualmente una trayectoria de relativo estancamiento. En estos últimos años, el producto industrial se retrajo en algo más de un 1 por ciento, lo que equivale a una caída superior al 4 por ciento medido per cápita.

Producto de la aparición de la restricción externa (escasez de divisas), existen mayores dificultades para expandir la demanda interna a partir de mejoras sustanciales en el poder adquisitivo de los salarios y/o la ampliación de las escalas de consumo que derivan de mayores niveles de empleo, la inclusión social de sectores marginados, la extensión de coberturas previsionales, etc. Por su parte, el menor desempeño de Brasil y la región, especialmente en países que son destino mayoritario de nuestras exportaciones industriales, impacta negativamente sobre la demanda externa y, en algunos casos, se agrava por problemas asociados a la competitividad-precio de nuestra producción. Este escenario se agudiza con la caída en el precio internacional de varios commodities que exportamos, especialmente los del complejo oleaginoso, pero también de productos vinculados a las economías regionales.

En un libro que hemos lanzado recientemente junto a Bernardo Kosacoff (La Argentina estructural) se abordan estas cuestiones con el objetivo de aportar al debate sobre el desarrollo económico y social. Lo que ocurra a partir del año próximo dependerá en gran medida de la capacidad de generación de divisas de un modo genuino, compatible con el sendero de expansión de nuestras capacidades productivas y sin acudir al endeudamiento externo cómo único instrumento. El desarrollo es una experiencia nacional, única e irrepetible. Cada país debe seguir su propio camino según su derrotero histórico y sus posibilidades. Un país como la Argentina debería buscar su especificidad productiva y socioeconómica entre las experiencias de Corea del Sur, algunos países europeos y las transitadas por países abundantes en recursos naturales como Australia, Noruega o Nueva Zelanda (que lo son más que la Argentina en términos relativos). La articulación profunda de los sectores intensivos en recursos naturales y los de mayor valor agregado, intensivos en mano de obra y tecnología, constituye un camino posible. Construir capacidades tecnológicas en sectores industriales pero también en aquellos que no lo son tradicionalmente (biotecnología, servicios como el software y desarrollos vinculados a la electrónica) nos ayudaría a apuntalar el crecimiento de largo plazo.

Pensar una estrategia de este tipo requiere de fuertes consensos internos para dar la discusión en el plano internacional, donde nadie regala espacios para el desarrollo. El rol de las compras públicas, una política comercial activa, inteligente y sofisticada de largo plazo, la creación de una banca de desarrollo y el diseño e implementación de un programa coordinado que articule políticas de infraestructura, industrial, tecnológica y comercial deben ser un punto de partida de esta nueva etapa. Argentina sigue teniendo un conjunto de fortalezas que la ponen un paso adelante en la región: tecnología de punta en diversas ramas industriales, capacidad empresaria y mano de obra calificada, instituciones y empresas públicas capaces de potenciar la actividad y la inversión productiva (YPF, Invap, Arsat, Conea, CNEA, entre otras) y recursos naturales estratégicos que constituyen pilares sobre los cuales trazar un horizonte con más desarrollo.

* Economista jefe - CEU - UIA. Vicepresidente SIDbaires.

** Presidente de SIDbaires.

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