EL MUNDO › OPINION

En el dos por ciento de la tierra

 Por Robert Fisk *

Tel Aviv es una ciudad agradable, un alivio después de la locura conducida por los clérigos en Jerusalén, un lugar relajado con cafés en las calles y negocios reales y restaurantes decentes, aunque un diario británico rival me recuerda que una vez decidió que su corresponsal hiciera base en Tel Aviv para informar sobre Israel como un país normal. El diario rápidamente se dio cuenta de que Israel no es un país normal, es un Estado donde nosotros, los amables liberales y amigables occidentales –porque así es como nos gusta pensar de nosotros– buscamos amables liberales y amigables israelíes para poder recapturar algo que alguna vez nos enseñaron: una luz entre las naciones. “No estoy seguro de que tales países hayan existido alguna vez, pero era agradable caminar hacia el aburrido edificio de la oficina en Tel Aviv y encontrar a un coronel de la reserva del ejército israelí con quien poder hablar sensatamente.”

Shaiul Arieli corre los dedos sobre el teclado y su pantalla muestra un mapa casi biológico, una masa de verde y naranja y rojo que podría ser una parte infortunada de la anatomía del viejo pero que resulta ser –por supuesto– Cisjordania. ¿Cómo interpretamos esta mancha del tamaño de un hígado con sus extrañas áreas A, B y C, la primera controlada por los palestinos, la segunda compartida entre la policía palestina y las tropas israelíes y la tercera –de lejos la más grande– ocupada por el ejército israelí? ¿Cómo se convence, se fuerza, a los 500.000 colonos judíos en Jerusalén del este de que levanten sus pertenencias y se vayan para que los palestinos puedan vivir independientemente en el 22 por ciento del territorio palestino que les queda? Desde que Barack Obama demandó un congelamiento permanente de estas vastas ciudades y pueblos de concreto –y fue aplastado por la negativa de Bibi Netanyahu– un Estado palestino no tiene posibilidades. Debería agregar que Arieli fue uno de aquellos oficiales palestinos responsables de dividir las áreas A y B en 1994.

Pero Arieli, que usó su uniforme por última vez en 2001, fue un negociador de los acuerdos de Ginebra, el tratado no oficial israelo-palestino que buscaba una salida al atormentado paisaje que Israel creó desde su ocupación de Cisjordania y Gaza en 1968. De anteojos, prematuramente calvo, pero en forma como un leopardo, Arieli brilla positivamente con excitación. Se puede hacer. Los palestinos pueden tener un Estado. Sólo es cuestión de separar un dos por ciento de la tierra. Arieli me ve sacudiendo la cabeza. De manera que comienza:

“En 1993 había sólo 107.000 colonos en Cisjordania (excluyendo a Jerusalén oriental). Durante las conversaciones de Oslo, entre 2001 y 2009, Israel añadió otros 100.000 colonos. Hoy hay más de 300.000 en Cisjordania y otros 200.000 en Jerusalén oriental. Este no es un crecimiento natural. Es claramente una política de Israel para extender el área de colonias. Hemos llegado a ser identificados con ocupación más que con kibbutzim. Hay una intención de convertir a Israel en un Estado paria. Ahora hay 500.000 israelíes fuera de las fronteras de 1967. Pero –y aquí Arieli me escucha contener la respiración– 65 por ciento de los colonos están en sólo un 1,2 por ciento del área. En noviembre de 2007, Mahmud Abbas dijo que estaba preparado para un intercambio del 2 por ciento de la tierra. Este es un tema territorial –es sobre la Resolución 242 del Consejo de Seguridad de la ONU–. Significa ‘fronteras del ’67”. Entiendo lo que esto significa. Mantengan las enormes colonias judías alrededor de Jerusalén –-Ariel, Maale Adumin y Gush Etzion– y cerca del Mar Muerto, pero metan a los colonos de otros sitios ilegales (todas los asentamientos son ilegales internacionalmente, diga lo que diga Israel) en el 0,8 por ciento de diferencia entre el 1,2 por ciento de tierra en la cual vive el 65 por ciento de los colonos y el 2 por ciento permitido por Abbas.” Esto es optimismo de tipo sombrío. El gobierno de Netanyahu y su compinche Lieberman está determinado a continuar los asentamientos judíos en Jerusalén oriental y –después de unos pocos meses– la colonización de Cisjordania. El Area C está casi toda perdida para los palestinos. Además, la Resolución 242 de la ONU pide deliberadamente el retiro israelí de tierras ocupadas en la guerra de 1967 –no “las” tierras–. La falta de ese artículo definitivo evita la total retirada (aunque sí aparece en la versión francesa de la resolución).

Pero Arieli no se rinde. “Hay una realidad actual y hay hechos en la tierra. Cada palestino sabe que no hay ninguna posibilidad de que algún primer ministro israelí tenga la habilidad política para evacuar un número tan enorme de israelíes. La única solución es un intercambio. La ‘frontera del ‘67’ tendrá que ser la base de intercambio. Tendríamos que quedarnos con el 75 por ciento de los colonos en el 2 por ciento de su tierra.” La actual posición israelí parece ser el 81 por ciento de los colonos en el 6,5 por ciento de la tierra. Mi cabeza comienza a dar vueltas. “Hechos en la tierra” son asuntos difíciles.

¿Y Jerusalén? Arieli produce un mapa aún más salpicado. El lo haría dividir en líneas demográficas. La Ciudad Vieja, apenas 2,5 kilómetros cuadrados conteniendo más de cien lugares sagrados de todas las religiones, podría ser gobernado internacionalmente, bajo el antiguo plan de divisiones de la ONU, con un comité internacional compuesto por Israel, Estados Unidos, Palestina, Egipto, Jordania y, quizás, Marruecos. “La soberanía pertenece a Dios, de manera que debemos manejarnos con este desafío.”

Me gusta Arieli, pero estoy preocupado por este plan. Si Jerusalén oriental debe ser dividida, sus calles divididas, será un lugar lleno de odio como la vergüenza en que se convirtió Hebrón –“Hebrón deberá ser evacuado”, dice Arieli enojado–. Está de acuerdo en que el lugar es una vergüenza. ¿Pero se conformarían los palestinos con un pasaje de lo que tendría que ser su capital, que correría a través de Abu Dis? Arieli pone su pulgar sobre Abu Dis. “No es tan chico”, dice. Pero me parece muy chico a mí, un atajo para los árabes que quieran visitar su capital –y que puede efectivamente cerrarse cuando se le antoje a Israel–.

No me animo a preguntar por la Franja de Gaza. Yossi Alpher ya había comenzado a recordar a los lectores del Jerusalem Post que bajo los acuerdo de Oslo, Israel había prometido tratar a Cisjordania y a Gaza como una “única unidad territorial, pero nunca prometió unir a los dos a través de los 40 kilómetros de territorio soberano israelí. Si los palestinos no quieren aceptar un intercambio, tendrán que pensar en lo que van a dar a cambio por un corredor que una a Gaza y Cisjordania. El hecho de que este corredor dividiría a Israel de la misma manera que uniría la tierra palestina es ignorado. ¿Y qué sucede con los pueblo árabes israelíes? ¿Van a entrar ellos también en el juego de intercambio? Pero Arieli es insistente. Hasta el Muro o la “barrera”, como él continúa llamándola, se pueden manejar, sección por sección, “porque en cada sección de la barrera, podemos encontrar un equilibrio entre la seguridad Israelí y las vidas diarias de la gente que vive ahí”.

Tengo mis dudas. Ojalá sobrevivan los Arielis de este mundo. Pero me temo que Palestina ha desaparecido.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

Traducción: Celita Doyhambéhère.

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Imagen: AFP
 
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