EL MUNDO › LA CUPULA MILITAR ESTABLECIO CUATRO ETAPAS DE TRANSICION DEMOCRATICA QUE CULMINAN EN LAS PRESIDENCIALES DE FINALES DE 2012

Egipto se encamina a un largo proceso electoral

La sociedad que se levantó contra el régimen de Mubarak sigue de pie. Iniciativas ciudadanas, de movimientos sociales, de sindicalistas independientes y de comités populares monitorean las decisiones del gobierno.

 Por Eduardo Febbro

Desde El Cairo

La revolución de la plaza Tahrir ya tiene el primer horizonte democrático despejado. Después de meses de protestas y bloqueos por el atraso con que la junta militar en el poder organizó los pasos legales de la transición democrática luego del derrocamiento del presidente Hosni Mubarak el pasado 11 de febrero, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA) puso el calendario electoral sobre la mesa con un proceso que tendrá cuatro etapas. La primera fue fijada para el próximo 28 de noviembre. En ese momento se elegirán los representantes de la Asamblea del Pueblo (Cámara baja), dos tercios de los cuales provienen de listas cerradas y el resto de listas abiertas. La segunda etapa tendrá lugar con la elección de la Shura, la Cámara alta, el próximo 29 de enero. Luego le seguirá la redacción de una nueva Constitución y al fin, hacia finales de 2012, las elecciones presidenciales.

La junta terminó por ceder a la presión de la calle por la demora en tornar tangibles los logros de la Revolución que estalló el 25 de enero de este año. “Nos querían anestesiar con promesas, divagaciones y, encima, hurtarnos la Revolución con una agenda electoral inadaptada para el Egipto de hoy. Este es sólo un primer paso, aún falta todo lo demás”, dice Ibrahim Ahlal, uno de los tantos profesores que participan en la huelga que paralizó la enseñanza egipcia. El “todo lo demás” es mucho y ello lleva semana tras semana a que la plaza Tahrir sea de nuevo la caja de resonancia de la contestación. Aunque los medios mundiales hayan relegado a Egipto a un cuarto plano, la sociedad que se levantó a principios de año sigue de pie. El Egipto post Mubarak es un conmovedor enjambre de iniciativas ciudadanas, de movimientos sociales, de grupos de jóvenes, de sindicalistas independientes, de blogueros y de comités populares que van diseñando un país distinto en contra de una clase política que busca recuperar la Revolución para su propio beneficio. Un graffiti pintado hace una semana en una de las calles que conducen a la plaza Tahrir revela el ánimo de desconfianza que hay entre la juventud revolucionaria: “El pueblo quiere que el próximo presidente de la República se vaya”.

Los sectores en huelga son numerosos. Empleados de la compañía de transporte público de El Cairo y Alejandría, médicos de los hospitales públicos, obreros de los puertos del Mar Rojo, empleados bancarios, todos pugnan por mejoras en las condiciones de trabajo y aumentos de salario en un contexto de nudo financiero para el Estado. El gobierno enfrenta uno de los déficit más grandes de la historia y arrastra las consecuencias de un crecimiento que pasó del 6 por ciento al 2 por ciento. Las organizaciones laicas de izquierda y los movimientos de jóvenes militantes reclaman a la vez un panorama electoral equitativo y el cumplimiento de las promesas más sustanciales hechas por los dirigentes de la transición, es decir, las medidas que la gente reclamó en la plaza Tahrir durante la Revolución, en especial las de orden social, salario mínimo en una proporción decente, y las que atañen a los ideales más genuinos de la Revolución de enero, la justicia: arresto de los policías implicados en la violencia sin límites contra los manifestantes, fin de los juicios de civiles ante los tribunales militares, eliminación del dispositivo jurídico heredado del antiguo régimen que cierra el camino a la libertad política, a la creación de partidos políticos, a la libertad de expresión, así como la promulgación de una ley contra la traición a fin de purgar la administración pública. A esos anhelos se le suma otro, expresado de manera fuerte por la opinión pública: el reexamen de los acuerdos de paz de Camp David firmados entre Egipto e Israel en septiembre de 1978.

Ese Egipto nuevo aún espera por nacer. “Lo único realmente concreto hasta ahora son los juicios contra los caciques del antiguo régimen, el resto está en veremos”, dice Ahmed Ezzat, el coordinador de los comités populares para la defensa de la Revolución, quien promete sin ambigüedad que si el espíritu de la Revolución no se plasma, “cada barrio del país será una nueva plaza Tahrir”. El problema mayor que tiene hoy la generación revolucionaria es el papel de los Hermanos Musulmanes. Los islamistas están mucho más organizados y mucho más presentes que los movimientos laicos que ya existían –Wafd, Ghad o el Frente democrático– e incluso que el Movimiento del Seis de Abril que nació en Facebook y estuvo al frente de las protestas de 2008. Los Hermanos Musulmanes están muy bien estructurados, llevan 60 años tejiendo una sólida malla de acción social de la que carecen los movimientos revolucionarios. En los suburbios de El Cairo, el grupo islamista exhibe una presencia eficaz: los Hermanos Musulmanes dirigen bancos, hospitales, dispensarios médicos, ofrecen escuelas gratis y están al frente de numerosas asociaciones caritativas. El gobierno estima que los Hermanos Musulmanes suman entre tres o cuatro millones de personas. El cálculo del número dos de los Hermanos, Rashad al Bayoumi, es tal vez más realista: “No sabemos cuántos somos, eso no lo contamos. Sabemos que estamos en todas partes, en cada pueblo, en cada ciudad, en cada calle”.

Los dados de la segunda fase del proceso están lanzados. Partidos políticos tradicionales, nuevos movimientos, partidos marginalizados por el régimen depuesto, grupos y alianzas en creación, Egipto es un laboratorio de ideas y de acción social. Hay, en la joven sociedad egipcia, algo bellamente denso, estremecedor, una suerte de fe colectiva en la acción común, en la iniciativa. Persiste una lúcida desconfianza hacia el sistema político pero, aquí, cada voz es una idea, cada día un sueño distinto, cada mano una voluntad irrevocable de defender lo conquistado mediante la acción colectiva con un solo fin: La libertad.

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La junta terminó por ceder a la presión de la plaza Tahrir por la demora en volver tangibles los logros de la revuelta.
Imagen: EFE
 
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