EL MUNDO › EN EL VATICANO YA EMPEZARON LAS NEGOCIACIONES, LOS TIRONEOS Y LAS PRESIONES PARA ELEGIR AL NUEVO PAPA

Humo blanco, humo negro y juegos de poder

El mecanismo para elegir al nuevo pontífice de la Iglesia Católica pone al descubierto que los cardenales representan intereses, puntos de vista e ideologías que, en muchos casos, poco tienen que ver con “el bien de la Iglesia”.

 Por Washington Uranga

En la Capilla Sixtina la liturgia y el ceremonial: humo blanco, humo negro. Los juegos del poder: conversaciones, negociaciones, tironeos... aunque se nieguen rotundamente. Lo espiritual y lo religioso. Por fuera: las especulaciones, las apuestas. También las presiones, que tampoco se admiten. El mecanismo para la elección de un nuevo papa para la Iglesia Católica Romana se ha puesto a andar y toda la complejidad de los factores entran en juego. Días pasados el cardenal Tarcisio Bertone, el secretario de Estado enfrentado con Ratzinger, dio a conocer un comunicado en el que a través de sus negaciones no hace sino confirmar, paradójicamente, lo que siempre existió y continúa existiendo. “La libertad del Colegio de Cardenales que es responsable de proporcionar con arreglo a la ley la elección del Romano Pontífice –dice– siempre ha sido fuertemente defendida por la Santa Sede, como garantía de una decisión que se basó en las evaluaciones dirigidas únicamente a la Iglesia.” Pero a renglón seguido agrega que “a través de los siglos, los cardenales se han enfrentado a múltiples formas de presión ejercidas sobre los electores individuales y sobre el mismo colegio, que tenían por objetivo influir en las decisiones, actuando con la lógica de la política o la vida mundana”. Bertone quiere convencer al mundo de que el aislamiento, presunto o real, de los electores ha impedido, en la historia y ahora, que las presiones existan y, sobre todo, que los cardenales dejen de representar intereses, puntos de vista, ideologías que, en muchos casos, poco tienen que ver con “el bien de la Iglesia”.

Bertone denuncia que en algún momento las “superpotencias” pretendieron incidir en la decisión (¿ahora no?) y que en este momento “se intenta poner en juego el peso de la opinión pública, a menudo sobre la base de evaluaciones que no reflejan el aspecto típicamente espiritual del tiempo que la Iglesia está experimentando”. Está claro que al secretario de Estado no le cae bien que se hable de la Iglesia como una institución que, siendo espiritual y religiosa, está también atravesada por cuestiones tan mundanas como el poder, las ambiciones y, también, de aquello que se denomina “pecado” y que en la actualidad puede traducirse como corrupción, robos, pedofilia, abusos, entre otros. Seguramente por este motivo –y otros– se amenaza con excomunión (expulsión de la Iglesia) a los cardenales que se atrevan a utilizar durante el cónclave el Twitter, ese medio que tanto alabó Benedicto XVI en sus últimos tiempos como pontífice.

Aproximadamente 115 cardenales electores, provenientes de 48 países, deberán elegir en los próximos días al sucesor de Benedicto XVI. Cualquier pronóstico que se haga carece de base cierta. Las listas de los “papables” que se elaboran se apoyan en consideraciones que, muy probablemente, estén alejadas de las que harán los cardenales electores reunidos en el cónclave. El juego de nombres se convierte –especialmente en esta ocasión– en un acertijo del que no podrían escapar ni siquiera quienes hoy tienen la responsabilidad de votar.

Es probable que los cardenales lleguen a Roma barajando algunos nombres e incluso habiendo intercambiado ideas con otros colegas. Pero el cónclave tiene dinámica propia. Y a pesar de la reserva con la que se pretende manejar todo, la historia cuenta que, en varios de los casos, quienes llegaron a Papa ni siquiera figuraron en las primeras rondas de votación. Otros que aparecieron como candidatos “puestos” salieron de la Capilla Sixtina como entraron: siendo cardenales.

Es verdad que después de la muerte de Juan Pablo II Ratzinger apareció como uno de los candidatos más firmes y la elección lo confirmó. Pero ahora el panorama es todavía más confuso. Si el resultado de la votación se decidiese por bloques continentales o por países, habría que decir que el Norte (Europa con 61 electores más América del Norte con 14) debería imponer sus candidatos. Y que entre éstos, los italianos (28) son los que cuentan con más chances. Nada indica que ésta será la dinámica a adoptar. También se puede pensar que siendo América latina la región del mundo con más católicos (entre 40 y el 42 por ciento del total) y a pesar de tener sólo 19 cardenales electores, podría estar en la consideración. El razonamiento podría inclinar la balanza hacia un hombre de esta parte del mundo intentando encontrar aquí las respuestas a los graves problemas que enfrenta la Iglesia. Pero la opción también puede ser buscar esas alternativas desde la “periferia” eclesiástica y entonces se puede pensar en un africano o en un asiático.

El camino que se elija conduce a la danza de los nombres, a lanzar hipótesis y designar “papables” sin mayores certezas, incluso para los “vaticanólogos” más reconocidos. También hay que tener en cuenta que el lanzamiento de algunos nombres–, como en cualquier elección –mal que le pese al cardenal Bertone–, puede ser parte de operaciones para instalar candidatos o sacar del juego a otros.

Está claro que una mujer no podrá ser Papa. Y que en el caso –posible y contemplado en las normas, pero altamente improbable– de que sea elegido un laico varón “ha de ser ordenado obispo inmediatamente”, según lo establece el canon 330, art. 2 del Código de Derecho Canónico (la ley eclesiástica). Lo “lógico” es que el Papa surja de entre los propios cardenales electores. Se sostiene también que debería ser un hombre de menos de 70 años para intentar un pontificado para 10 o 15 años.

¿Nombres? Con todas las salvedades hechas antes, se pueden señalar algunos nombres. Entre los italianos, Gianfranco Ravasi (70 años), un académico que revista actualmente en la curia vaticana y Angelo Scola (71), arzobispo de Milán, son los más mencionados. Este último, según versiones emanadas de la propia curia romana, es uno de los “predilectos” de Ratzinger. Otro europeo cuyo nombre aparece reiteradamente mencionado es el de Christoph Schoenborn, un austríaco, arzobispo de Viena, de 67 años. Entre los de América del Norte se menciona al muy popular arzobispo neoyorquino Timothy Dolan (62) y al canadiense Marc Ouellet (68), hoy titular de la estratégica Congregación para los Obispos, el dicasterio (ministerio) vaticano encargado de poner sobre la mesa del Papa las designaciones de los obispos. ¿Latinoamericanos? Los brasileños, el país con mayor cantidad de católicos en el mundo, siempre son candidatos. Allí están el muy conservador arzobispo de San Pablo, Odilio Scherer (63), y Joâo Braz de Avis (65), arzobispo de Brasilia, a quien presentan como más abierto y progresista. Otros no dejan de mencionar al hondureño Oscar Rodríguez Maradiaga (71), arzobispo de Tegucigalpa. ¿Los argentinos? Ni Jorge Bergoglio (76) ni Leonardo Sandri (69) parecen estar entre los candidatos, a pesar del esfuerzo que desde Argentina hacen algunos de sus más fieles seguidores para que aparezcan en la lista de los papables. Las sorpresas podrían llegar desde otros continentes. De Africa se menciona al cardenal Peter Turkson, ghanés de 64 años, actual responsable de la Comisión de Justicia y Paz del Vaticano. De Asia, a Luis Tagle (55), arzobispo de Manila.

Lo más prudente, en cualquier caso, será esperar la votación y el humo blanco que indique que la Iglesia Católica tiene un nuevo Papa responsable de conducirla y, si es posible, de tomar medidas para sacarla de la crisis actual. Y el primer indicio a tener en cuenta para deducir la orientación será el nombre que el designado elija para ejercer su pontificado, porque implica identificarse con trayectorias, actitudes, maneras de entender a la Iglesia y al mundo.

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El cónclave cardenalicio para elegir al nuevo papa no está exento de presiones, intereses y juegos de poder.
Imagen: EFE
 
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