EL MUNDO › OPINIóN

El ejemplo de Evo

 Por Hipólito Covarrubias

Siglos de historia ahogados en la más profunda de las mentiras y del desprecio por la vida encuentran, actualmente en la vida política de la República de Bolivia, el aire que emana la reivindicación de los dueños auténticos y postergados de este continente.

Hace no más de dos años y medio Evo Morales asumía la presidencia de ese país: uno de los más castigados, con inmensos bolsones de injusticia en esta parte del Hemisferio Sur y tal vez con la mayor brecha existente entre quienes tienen y quienes ni siquiera son tenidos en consideración.

Asumió como auténtico representante de los habitantes originarios de estas tierras en nombre de los indígenas, los pobres, los desposeídos, los marginados, los desclasados. Seguramente, en las metrópolis centrales, se apostaba a ver cuánto duraría en el poder.

Simple, sencillo y sin olvidar su origen, comenzó con la ardua tarea de fundar una nación y comenzó haciéndolo para todos, no solamente para los de su misma condición social o cultural. Pero sabemos que una patria para todos es una tarea difícil, no exenta de intereses contrapuestos que intentarán, por los medios más ruines y viles, impedir que la justicia social llegue al conjunto de los ciudadanos.

Evo Morales es, como dicen los muchachos de hoy, lo más. Más sabio que inteligente embretó a la derecha de su país –la que no quiere dejar sus privilegios, sustentados en la explotación y en la marginación de las mayorías– subiéndole la apuesta del último referéndum y poniendo su cargo a la decisión popular de sacarlo o de ratificarlo en el poder. Ganó con cerca del 70 por ciento de los votos. Aun así, la derecha conspira y trata de impedir los cambios necesarios para que los sectores desposeídos de la historia sean parte de ella.

Para Evo Morales parece que no hay posibilidad de vuelta al pasado. Va hacia adelante y sin medias tintas, concreto y sin escudarse en el “no se puede”. Es lo más auténtico en el plano político que hay en la actualidad.

Sabe que él es el garante para que cientos de miles de bolivianos encuentren la dignidad de una vida que merece ser vivida.

Los presidentes de América del Sur se reúnen en Santiago de Chile, donde hace treinta y cinco años asesinaban a un gran estadista: Salvador Allende, por rara coincidencia histórica, y siendo hombres de distintas extracciones sociales y culturales, uno tuvo y el otro sostiene los mismos principios: no mentir, hacer realidad lo prometido, no robar, comprometerse.

Está muy bien que los presidentes apoyen a Evo Morales y a su proceso revolucionario, que no lo dejen aislado, ponerse de su lado y de la mayoría del pueblo de Bolivia, sostener la democracia a toda costa –aun con los costos que haya que pagar–. Sería mucho mejor que en esa decisión de acompañarlo también se lo imite en sus valores. Sería una manera más de ahondar ese respaldo.

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