PSICOLOGíA › HISTORIA DE UN HOMBRE EN SITUACIóN DE CALLE

“Para morir no se precisa más que estar vivo”

Por medio de una historia real, la autora presenta el caso de alguien que “se ubica como sujeto soberano de su propia decisión, absorbiendo los costos del renunciamiento a sus derechos, para exonerar de su fracaso al Otro institucional”.

 Por Patricia Malanca *

Existen experimentados interlocutores que manifiestan que aquellos con padecimientos mentales y problemas sociales que no reciben un tratamiento adecuado en los dispositivos de salud mental terminan engrosando el número de la población sin hogar en situación de calle: homeless. Me interesa ahondar en las estrategias que acotan la temporalidad de las intervenciones institucionales en el área social, y de cómo en algunos casos la cronicidad sólo puede ser conducida por la fugacidad, o en otra manera de decirlo, los efectos sobre la subjetividad de la fugacidad como modalidad de intervención institucional.

Borges relata en su cuento “El hombre de la esquina rosada”: “Para nosotros no era todavía Francisco Real, pero sí un tipo alto, fornido, trajeado enteramente de negro, y una chalina de un color como bayo, echada sobre el hombro. La cara recuerdo que era aindiada, esquinada”.

–Anoche ingresó uno nuevo, lo mandaron del Borda.

El nuevo era Francisco, y el ingreso se había producido a uno de los hogares de tránsito para gente de la calle que tiene el sistema asistencial de la Municipalidad. Una compañera expresó la novedad con esa frase de bienvenida y apertura a la institución.

Las instituciones, por tratarse del ámbito social, no están habilitadas para realizar tratamientos, sino que las intervenciones tienen el objetivo de disparador y/o repertorio de preguntas que intentan acompañar al individuo durante su estadía limitada, abordar el desciframiento de su situación y revertir, en lo posible, los indicadores subjetivos de autoexclusión social. En caso de aparecer algo del orden de una demanda de tratamiento, se la deriva a los efectores de salud mental barriales cercanos a la institución.

“...Al rato largo llamaron a la puerta con autoridá, un golpe y una voz. En seguida un silencio general, una pechada poderosa a la puerta y el hombre estaba adentro. El hombre era parecido a la voz...”, continúa el cuento.

Una tarde en el hogar de tránsito, Francisco atravesó la puerta del gabinete psicológico como el Francisco Real de Borges lo había hecho en la pulpería de Floresta del cuento. Recuerdo que por esa época la puerta del gabinete llevaba honrosa los nombres de quienes componíamos el equipo profesional.

El hombre entró y soltó altivo: “¿Usted, señorita, es la que figura en el cartelito de la puerta? Su apellido me suena familiar, yo me crié en el barrio de Floresta y tenía un amigo que llevaba ese apellido, ¿usted tiene algo que ver con él?”. Desde ese día, Francisco solía buscarme por los pasillos de la institución para charlas informales, fugaces, o para que le sugiriera bolsas de trabajo para anotarse, o para sugerirme cambios en la institución. La fantasía de vinculación a algún pasado familiar común me había puesto en un lugar de código o secreto compartido. En la fórmula del hogar de tránsito había un hogar fugaz posible que se había potenciado por la familiaridad que mi apellido le representaba.

Los hogares de tránsito de las áreas sociales para gente en edad activa (entre 21 y 60 años) como estrategia de inserción social tienen la característica de la transitoriedad temporal de alojamiento. Tal transitoriedad y encuadre hogareño condiciona la escucha que hacen a la apropiación tan singular del pasaje de cada sujeto por la institución. La fugacidad, la caducidad, crea posicionamientos subjetivos de los alojados muy diversos; pueden manifestarse vivencias del orden de lo persecutorio, de lo vindicativo, de lo aplastante, y hasta de lo frustrante.

Francisco tenía 58 años, había sido obrero gráfico y se había criado en el barrio de Floresta con su hermana, en un caserón heredado de su familia. Floresta, barrio muy familiar, barrio del cuento de Borges. Sus viviendas son amplias y tranquilas, rodeadas de árboles añejos y enormes. Francisco era un tipo malhumorado y culto; muy rebelde, como él mismo se definía, “por algún antepasado tehuelche”, y gustaba del debate; la ironía y la suspicacia en sus comentarios tomaban forma de desafío constante a la propuesta de la institución. Durante la crisis socioeconómica de los ’90 se había quedado sin trabajo y, como casi el 70 por ciento de las personas que duermen en la calle, era alcohólico. Durante esas ingestas agudas generaba episodios de extrema violencia. Había recibido como tratamiento varias internaciones esporádicas en el Borda, después de las cuales siempre terminaba durmiendo en la calle, como él mismo relataba.

Luego de algunos meses de vivir en el hogar de tránsito, Francisco había iniciado un raid social fructífero. Había comenzado tratamiento en un grupo de alcohólicos, concurría al centro de salud mental barrial, se había anotado en varias bolsas de trabajo y había comenzado a diseñar por iniciativa propia las revistas del grupo de Alcohólicos Anónimos al que concurría. Es durante este período y ante el tiempo que la institución marcaba como límite de permanencia que sorpresivamente Francisco solicita “una excepción”. Presentó la petición formal para ingresar en un hogar de ancianos, sistema institucional de alojamiento permanente del área social reservado para mayores a partir de los 60 años. Nos sorprendimos. Era inusual que alguien menor solicitara algo así, máxime cuando de alguna manera implicaba un renunciamiento temprano como sujeto activo social. Era como un retiro voluntario sin privilegios. De inactivo transitorio a inactivo permanente.

Hicimos las gestiones, pero semanas más tarde Francisco sufrió el primer desencanto. El sistema de hogares de ancianos de alojamiento permanente contestó negativamente a la solicitud. En esos días tuvo dos incidentes con el personal de seguridad de la institución, y cuando le franquearon el ingreso al hogar, una noche que llegó profundamente alcoholizado, enfurecido, rompió las puertas a patadas, los vidrios con sus propios puños y se agarró a golpes con vecinos del barrio que intentaban calmarlo. Una ambulancia psiquiátrica lo trasladó al Borda y, más allá de los intentos de volver a saber de él, le perdimos el rastro.

¿Qué deja entrever la aparición de una demanda de excepción para acceder a un lugar permanente en oposición a lo fugaz? ¿Cómo se entiende la renuncia de derechos que podría suponer una institucionalización permanente?

Giorgio Agamben, filósofo italiano, plantea la excepción como un estado de suspensión de la ley, y le asigna un rasgo particular: no puede ser definida ni como situación de hecho ni como situación de derecho, sino que instituye entre ambas un paradójico umbral de indiferencia. En la suspensión de la norma, la relación queda también suspendida y, afirma Agamben en Estado de excepción, “rompe la costra del mecanismo rígido de la repetición”.

En el caso de Francisco, hay un acto previo para el pedido de excepción, que es el renunciamiento a sus derechos. Entre lo justo y el hecho hay un intervalo de renunciamiento. ¿Qué posición de sujeto hace al renunciamiento? De esta forma, no es a la propia castración a lo que el sujeto debe enfrentarse. Muy por el contrario, ésta es el instrumento para otra cosa: dispensar al Otro de cierto “fracaso”.

Siguiendo lo que plantea Lacan en el Seminario 10, “La angustia”, el renunciamiento subjetivo que promueve la excepción revela la necesariedad de garantía de presencia permanente de ese Otro dueño de todos los derechos de los cuales es privado. La excepción interpone un intervalo al discurso institucional de lo transitorio, de lo fugaz, para reponer al Otro en lugar de garante y, de esa manera, el sujeto avala que en alguna parte haya un goce. La posición subjetiva en este caso muestra su convencimiento de que ese Otro tiene lo que le corresponde y que, además, no se lo quiere dar.

Cuando Francisco pide desesperadamente una excepción, lo hace para no enfrentarse con la posición angustiante de objeto causa del deseo de la falta en el Otro. La solicitud de una excepción de permanencia institucional, que interpela al discurso de lo fugaz y lo transitorio de la estrategia de los hogares de tránsito, anticipa el fracaso de la estrategia de la fugacidad temporal en lo singular. A través del pedido de una excepción de permanencia, Francisco se ubica como único y sujeto soberano de su propia decisión, absorbiendo los costos del renunciamiento a sus derechos para exonerar de su fracaso al Otro institucional, sólo por el plus de certificar la existencia de ese Otro.

“Yo soy Francisco Real, un hombre del Norte. Yo soy Francisco Real, que le dicen el Corralero. Yo les he consentido a estos infelices que me alzaran la mano, porque lo que estoy buscando es un hombre. Andan por ahí unos bolaceros diciendo que en estos andurriales hay uno que tiene mentas de cuchillero, y de malo, y que le dicen el Pegador. Quiero encontrarlo pa’ que me enseñe a mí, que soy naides, lo que es un hombre de coraje y de vista”, continúa Borges en su cuento.

Excepciones de la calle

En una recorrida de los servicios sociales, trabajando con indigentes en la calle, me vuelvo a encontrar con Francisco tirado en una plaza, desaliñado, hecho una mata de pelos. Entre fluidos y hedores agudos, leía un libro. Luego de la sorpresa por el encuentro volvemos a entablar vínculo, esta vez desde otro encuadre: la calle. Las entrevistas que mantenemos en la calle remiten de un episodio a otro. Del vivido en el hogar familiar al vivido en el hogar de tránsito. Solía terminar las entrevistas con frases tales como “No quiero nada”, “No voy a ir donde me quiere llevar”, “A usted la pusieron allí porque yo estoy aquí”.

Podría decir que alguna excepción o intervención fugaz y mágica hizo que Francisco aceptara una tarde, finalmente, el ingreso a uno de los hogares permanentes de la red de hogares de ancianos, luego de un tiempo de visitas. Lo cierto es que, en el caso de la gente que duerme en la calle, la función de límite temporal a lo simbólico es del orden de lo real; en la calle es el cuerpo el que decide cuando ya no va más. Y, en el invierno muy crudo de ese año, ya no pudo más.

Recuerdo que, muy enfermo, preguntó: “Hace frío, licenciada, ¿tengo la excepción para entrar a un hogar permanente?”. La pregunta no hacía falta, para ese momento ya habían pasado tres años desde que había visto a Francisco por primera vez. Ya cumplía la norma, ya tenía más de 60 años, porque, como concluye Borges su cuento, “para morir no se precisa más que estar vivo”.

* Psicóloga. Asesora de la Subsecretaría de Gestión y Acción Comunitaria del Ministerio de Desarrollo Social.

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Imagen: Alejandro Elías
 
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