EL PAíS › OPINIóN

El club de la pelea

 Por Eduardo Aliverti

Volvieron a caer los bonos. Subió el riesgo país. Es incierto que sea legal pagar con las reservas. El monto es inferior porque hay intereses que no vencieron. El monto es superior porque los pagos atrasados no son la deuda vigente. Los bancos de Wall Street plantean serias dudas sobre el impacto de la medida. Los técnicos del Central se enteraron por televisión y el propio Redrado recibió la noticia a último momento. Podrían haber refinanciado y pagado en cuotas. El Financial Times advierte que esto corrobora la fama de impredecible que tiene el gobierno argentino. Reacción negativa entre los operadores es estimulada por un informe de Domingo Cavallo y de quien fue su jefe de sus asesores. La confianza de los consumidores no cambiará. Lo único más o menos seguro es que se reflotaría el proyecto del tren bala. Las dudas de los financistas no desaparecen y en realidad son más escépticos porque bajan las reservas. Sigue sin haber signos de que Argentina corrige su modo incierto de relacionarse con el mundo. Poca repercusión entre los medios europeos. Ahora hay que vigilar a los que compran dólares para minimizar la pérdida de reservas. La ilusión duró sólo un día. Se pierde capacidad para hacer frente a una eventual crisis de confianza. El riesgo país seguirá creciendo, porque lo que debe modificarse son las mediciones del Indec. Se perdió excedente de respaldo sobre la base monetaria. Las encuestas que indican apoyo social a la medida son discutibles. Lo que quiere Estados Unidos es que les paguen a los bonistas que no canjearon deuda. Las reservas pueden ser embargadas a favor de los fondos buitre porque se considera que en Argentina el Banco Central y el Estado son lo mismo. Es un golpe político que no se anticipa a la realidad, sino que corre detrás de ella. Gambetearon otra vez al Congreso.

Es tentador continuar con la lista, que ocuparía todo el espacio de esta columna. Pero alcanza, sin que le sobre nada, para reflejar la andanada crítica que los diarios más importantes de alcance nacional, y varios del exterior, más la amplificación de radio y tevé, le dispensaron a la decisión de pagar toda la deuda con el dichoso Club de París. Los mismos diarios y los mismos periodistas, con alguna salvedad nunca faltante, que exigían casi a voz en cuello tomar una decisión urgente respecto de los compromisos adquiridos con esa elite de países acreedores. Si el kirchnerismo pensaba calmar los ánimos de la patria financiera internacional, que llegó a hablar de un nuevo default, parecería estar claro que se equivocó. Aunque en estas cosas nunca se sabe, porque la histeria de los acreedores puede ser sinónimo de continuar la presión y no de castigar efectivamente. Ese es uno de los puntos. Hay otro consistente en si de verdad hacía falta semejante muestra de poder de pago, que suena a sobreactuación. Y hay otro, complementario del primero, basado en que las reacciones inversas a lo esperado enseñan que muy improbablemente un Gobierno con (este tipo de) discurso de centroizquierda pueda aspirar a cosechar por la derecha (¿o alguien tiene dudas de que si esta medida la tomaba una administración explícitamente conservadora estarían aplaudiéndola a diez manos?). Y hay unos cuantos aspectos más, pero ninguno más significativo que estos dos: la deuda con ese Club es apenas poco más del 4 por ciento del total de lo que debe el país; y, después o previo, tanto como tras el pago fulminante al Fondo Monetario no hay mayores indicios que sugieran la prioridad de compensar la deuda interna con un modelo de desarrollo que –y aquí sí debe coincidirse con alguno de los cuestionamientos señalados– suponga no dar la sensación de andar a los manotazos de ahogado. Análogo a lo de Aerolíneas, excepto porque en ese caso no quedaba otra que salvar a la empresa casi como fuere: había que hacerlo, pero nadie tiene claro cómo sigue.

Esto último requiere de puntualizaciones que deberían ser obvias. Porque de la misma manera en que el establishment tiene la previsible desfachatez de regañar una medida que bajo otro signo político cubriría sus más caras expectativas, hay indicaciones del pensamiento progresista que anclan en una demagogia más bien barata. Si el tema es no pagar la deuda con el exterior porque su origen, arrastrado desde la dictadura, es total o parcialmente ilegítimo; o porque es un bochorno moral que se privilegien esos pagos por sobre el bienestar de la población, debería hablarse poco menos que de un gobierno revolucionario exigible como tal por el conjunto de la sociedad. Y no de uno como éste, que es simplemente una experiencia de intervencionismo estatal en algunos rasgos de timoneo de la economía. Con eso solo basta para acusarlo de izquierdismo infantil, y para que se haya lanzado un intento de restauración conservadora que ya le dobló el brazo en la puja por las retenciones agrícolas. Pero sí es cierto que una cosa es pagar deuda bajo algún signo a futuro que no sea seguir convertidos en una republiqueta sojera, y otra bien diferente es hacerlo sin ninguno. La presunción es que se trata de lo segundo. Y entonces cobran a derecha porque no se advierte consolidación, a más (nada menos) de las prevenciones ideológicas; y a izquierda porque queda el flanco de que se paga a cambio de nada. Sin contar, encima, que la derecha pega por la izquierda cuando habla de la imperecedera deuda social, como si alguna vez le hubiera preocupado y como si no hubiese sido su generadora. Reclamo de un cinismo inenarrable, pero apto para concitar popularidad.

Un contraste de ese tipo fue vívido con los episodios de Merlo y Castelar. Hubo componentes ¿anecdóticos? y ridículos, como poner el centro de la cuestión en si activistas del Partido Obrero fogonearon la violencia. La liviandad con que se acusa al PO de tener esa capacidad de despliegue repentino es inexcusable. Alguna gente sensata se esforzó por recordar que el ojo del huracán no es otro que la suma de chispas acumuladas por viajar peor que vacas maltratadas. Y fue y es improbable que esa imagen incendiaria del conurbano no resulte contrapuesta con la idea de contentar al Club de París. Es facilista, pero es. Y es porque no hay un marco de expectativas favorables acerca de que los sacrificios cotidianos tengan plazo de vencimiento, o de amortiguación.

Lo más riesgoso es que este desencanto, sumado a los tantos que hay por ahí, puede ser nuevamente capaz de servir el juego a los responsables del estado de las cosas. A esta altura, el Gobierno es uno de ellos porque, entre otras, su gestión en política de transporte es literalmente un desastre; y, para agravar, ni siquiera da explicaciones. Pero no debe olvidarse que los que están detrás de especular con la pésima calidad de vida de los sectores populares son, en realidad, los que estuvieron adelante.

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