EL PAIS › OPINION

Personajes y cotizaciones

Marcó del Pont, la coherencia bajo sospecha. Sus aliados y sus topos en el Central. Los banqueros privados, curiosa variante de empresarios. El arte de vivir sin trabajar. Cobos y el radicalismo, el deseo y la razón. Reutemann, el subibaja del peronismo federal. Verna, un senador que cotiza. Y algo más.

 Por Mario Wainfeld

Mercedes (I): El menemismo acuñó la convertibilidad, el peronismo (en abrumadora mayoría) acompañó la renuncia a la política monetaria, un suicidio en goteo. Las dos coaliciones que compitieron con Carlos Menem en 1995 y 1999 fueron incapaces de cuestionarla. Fueron minoría entre minorías las personas que señalaron el delirio en que se sumía el país, Mercedes Marcó del Pont estuvo entre ellas. Hace años que piensa de un modo coherente, que sostuvo como diputada y como titular del Banco Nación. La mujer, ahora, está bajo sospecha, como posible imputada de ser “K”. Sus fiscales, como los de tantas series norteamericanas de moda, son brutales pero no zonzos: centrar la polémica en una funcionaria relega otros tópicos más generales y relevantes. Por ejemplo, cuál debe ser la función del Banco Central, por qué es pecado financiar al sector público, si la legislación parida en los infaustos ’90 es sacra e inmutable.

Se conocen, en líneas generales, las respuestas de la flamante presidenta del Banco Central a esos interrogantes. No complacen a la City y a sus portavoces mediáticos, lo que activa una curiosa inversión de las sospechas. Marcó del Pont se reúne con la flor y nata de la dirigencia corporativa financiera, ella es puesta en entredicho. Una evaluación sensata sobre los desempeños de la banca privada en Argentina en los últimos treinta años demostraría que jamás cumplieron sus funciones específicas. Como neologizó Fernando de la Rúa, “chafaron” los ahorros de sus clientes en varias ocasiones, eludiendo casi siempre las condignas responsabilidades. Un ex director del Banco Central, opositor hoy, le explicó alguna vez a este cronista que el empresariado financiero, a diferencia del de otros sectores, jamás arriesga su dinero. Algo que sí hacen, agrega el cronista de su coleto, emprendedores tan taimados como el “don Carlos” de la AFIP y aun Cristiano Ratazzi.

Esos hombres de negocios se justificaron ante Marcó del Pont: sus entidades no otorgan crédito porque no hay demanda. Esta, con su experiencia del Nación fresca, les replicó que ese banco y otros del sector público han incrementado su cartera, con el solo requisito de no exigir tasas siderales. Carlos Heller acompañó el argumento, no como diputado sino como representante de la banca corporativa.

El curioso sistema financiero argentino funciona sin cumplir su tarea esencial. Sobrevive, y bien, por los “servicios” que presta. Es chocante, en un sistema de baja bancarización e ínfimo nivel de otorgamiento de crédito. Cobrar comisiones carísimas les basta a bancos de primer nivel para cumplir el sueño del pibe: vivir bien sin laburar. Superfluo es el periodismo de investigación: mire usted, lectora o lector, la rendición de cuentas de su banco amigo, observe cuánto le sacan por tareas irrisorias (a menudo no solicitadas) y saque sus conclusiones. Una extracción de un cajero automático se cobra como si se hubiera enviado una patrulla de custodia para el cliente, los extractos valen como si los hubiera redactado García Márquez.

Conseguir que ese colectivo tan perezoso y parásito (en el que dormitan muchas cuentas estatales, para facilitarles las cosas) modifique sus hábitos es un desafío enorme. Tomar riesgos causa stress, todo cambio genera ansiedad. El Central, aun con su actual aparataje legal, dispone de instrumentos para incitar a abrir el crédito: entre ellos, los encajes diferenciales estimulando a quienes los otorgan a determinado tipo de empresas o en ciertas regiones del país. Pero si los ofertantes no modifican sus atavismos, quizá las herramientas no basten.

Marcó del Pont tranquilizó algunas de sus ansiedades, se mostró partidaria de orientar el crédito hacia la producción y no sólo al consumo. Y expresó que no cree que el Fondo del Bicentenario, si cobra vida, deba volcarse a promover la obra pública. Los dólares, razonó, se aplican a garantizar o pagar deudas en dólares. La promoción del gasto público se materializa y se sostiene con pesos.

Igualmente, la corporación reniega de quien no es “del palo”, le marca la cancha, agita fantasmas.

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Mercedes (II): La reforma de la Carta Orgánica del Banco Central, que Marcó del Pont instó como diputada sin conseguir el aval del disco rígido del kirchnerismo, seguramente llegará. Está en carpeta, es un proyecto moderado, que incordia pero no desespera a los popes de la banca. Muy otra es su posición respecto de una virtual reforma al sistema financiero, explica otro ex banquero central, ahí sí pondrían en marcha la retaliación preventiva. En Olivos, en el Congreso y en el Central, hoy por hoy, se tabula que no es un gran momento para emprender esa batalla, en medio de tantas otras de final incierto.

Una herencia de Redrado resta poder interno a su sucesora. El directorio fue pasota y delegativo con “Martín”, también lo había sido con “Alfonso” (Prat Gay) y con Mario Blejer. Pero, en la pulseada por eyectar a Redrado, el oficialismo le dio ínfulas y alas que ahora costará cortar. Marcó del Pont ni se ocupa de pensarlo. Así que tendrá que avenirse a una gestión más colegiada de lo habitual. Podrá depositar toda su confianza en la buena fe y el saber de Miguel Pesce y el director Arturo O’Connell.

Dos topos que casi no son tales, a fuerza de exponer su pertenencia, la acompañarán en el directorio: Zenón Biagosch y Carlos Pérez. “El directorio funciona como un gabinete corporativo –explica un ex presidente que la pasó más tranqui–, muchos integrantes se pliegan a algún grupo de interés y algunos terminan siendo portavoces.” No habla de Biagosch pero la descripción le calza como anillo al dedo. Pérez, amén de homónimo, es carne y uña con Hernán Martín Pérez Redrado. Biagosch tiene mandato hasta septiembre. A Pérez le quedan años, sólo un talibán pensaría en cesarlo por decreto, la nueva presidenta deberá convivir con él, sin pegar un ojo.

La Casa Rosada mejoró su elenco al incorporar a la primera banquera central de nuestra historia. Sumó confiablidad, rigor profesional, convicción política, voluntad de trabajar en equipo. De ahí a que el cambio sea eficaz y que el equipo de gobierno consiga niveles de coordinación superiores a su bajo promedio media un campo. En cualquier caso, existe una oportunidad.

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Cleto: En San Nicolás se comió menos que medianamente, se roscó hasta la madrugada, se libó generosamente. Una típica cena radical, cuyo invitado de lujo fue el hijo pródigo: Julio Cobos. En un episodio más de la miniserie, el vicepresidente concedió un gesto de organicidad y pertenencia. Habrá otros, matizados por conductas que los desmientan.

Al candidato radical con mejores perspectivas y a su partido no los une el amor sino el deseo. Mientras perdure la sensación compartida, tirará más que una yunta de bueyes. Todo es imaginable en las viñas del Señor, pero cuesta suponer que el candidato renunciará al armado partidario que necesita y que la UCR se privará del cabeza de lista que puede conducirla a la victoria. Las suspicacias no cesarán y eso explica que importantes figuras del dispositivo partidario imaginen cobijo, por si las moscas. El propio presidente del radicalismo, el senador Ernesto Sanz, pinta más para ser candidato a gobernador de Mendoza que a quedarse con la estructura y en el llano. Gerardo Morales será el más reticente, sabe que la tarjeta roja que le mostró a Cobos le costará caro. Este, mientras mantenga su aura de candidato papabile, lo dejará hacer. Un famoso operador, que tiene sus lecturas, describe la tragedia entre los dos dirigentes evocando (a sabiendas o no) a dos personajes borgeanos: “Cobos lo deja hacer porque sabe que Morales está muerto”.

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Lole: La situación se repite, ya es costumbre en estos meses. El senador Carlos Reutemann abandona su mutismo y su encierro, pronuncia frases deplorables. No se le cae una idea, una propuesta, no ilumina nada. La pobreza de su pensamiento y de su oratoria son desoladoras. Pero demuestra, en redoblona, dos hechos: sigue en carrera, es el primus inter pares en el maltrecho peronismo federal. El diputado Felipe Solá alerta: si “Lole” no se define, él se lanzará como candidato. Le pone un plazo, improbable. Fuera de ese detalle, “Felipe” (contra lo que es una de sus obsesiones) peca de falta de originalidad. Expresa lo mismo que muchos compañeros-competidores. Algunos, apenitas más osados, lo plantean por inversa: “Si va Lole, yo me bajo a la vicepresidencia”. Tres o cuatro gobernadores lo comentaron, ante pares o casi: el chubutense Mario Das Neves o algunos que por ahora revistan en el Commonwealth kirchnerista. Los hermanos Rodríguez Saá (el senador Adolfo, el gobernador Alberto) se comidieron hasta Llambí Campbell, la estancia de Reutemann, compartieron una comida con él, se lo comentaron personalmente. El ex presidente Eduardo Duhalde se ha cansado de repetirlo, sin hacerse cargo de una paradoja: es peliagudo bajarse desde donde no se ha podido subir.

La voluntad de Reutemann es indescifrable, sus perspectivas son más fuertes que su desempeño. Su candidatura ordenaría al peronismo federal, metería al jefe de Gobierno Mauricio Macri en un brete decisorio. Francisco de Narváez, seguramente, debería asumir su destino bonaerense. Reflorecerían las hipótesis de una coalición con Cobos, que el manistream radical aborrece mucho más que el vice y su entorno.

Si se mira bien, ningún ganador de junio ha quedado desbancado hasta hoy.

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Verna: Dos ejemplos remanidos en la vulgata de la derecha argentina zozobran: España e Irlanda no son lo que parecían, da la impresión. Las Bolsas de la aldea global enloquecen, caen en picada papeles que eran un fierro. En este Sur habría que mirar a los bonos argentinos que están a precio de ganga, si el espantajo del default se desvanece, podrán ser (como en 2009) la mejor inversión del año. Claro que esta columna no da consejos financieros, apenas reseña el escenario político. Centrada en él, observa qué bien cotiza en estos días el senador pampeano Carlos Verna, que lidera un bloque de dos, una riqueza en el balcanizado arco de legisladores disponibles.

Verna se inclinó por la oposición en el reparto de comisiones y amenazó a Miguel Pichetto: “Vamos por todo”. El jefe de la bancada justicialista advierte, como sus pares, que el porotómetro no le marca los 37 apoyos necesarios. ¿Se mantendrá la frágil affectio societatis opositora frente al decreto de necesidad y urgencia del Fondo del Bicentenario? Tal la imagen de estas horas, que puede cambiar.

Nicolás Fernández, el senador santacruceño que dista mucho de ser un francotirador, lanzó un globo de ensayo: el Fondo se puede replantear como ley. La pregunta del día es si el conglomerado “Grupo A” y en especial el radicalismo seguirá vetando todo tipo de salida que dinamice el canje de deuda. En un platillo pesa la tentación de estar en contra de todo, en el otro debería colocarse el temor a desbalancear la coyuntura económica.

La oposición se apoltrona en el suma cero, el oficialismo tampoco aporta para reformular el nuevo escenario. Su recurrencia a la sorpresa y a la acción inconsulta no sólo ha perdido consenso, también eficacia. Sus contendientes tienen el antídoto, aunque sin ofrecer una salida superadora que, por lo que se ve, no piensan ni imaginan.

Con la iniciativa (y la mayor responsabilidad) de su lado, el oficialismo debería revisar su enamoramiento de un haz de tácticas que no rinden. Acaso una salida, ante el esquema político y ante la sociedad, sería proponer una hoja de ruta para los próximos meses. Un conjunto de medidas y un rumbo en vez de sugerir, de a una en fondo, movidas que son rechazadas.

En los años del kirchnerismo, la gobernabilidad y la sustentabilidad económica son indeciblemente más altas que en 2003. Ese piso es insuficiente pero vaya si se elevó: sería un disparate serrucharlo. En lo que va del 2010, los principales protagonistas de las dos trincheras parecen conjurados para hacerlo.

La foto es ésa, el optimismo de la voluntad es que todos mejoren sus desempeños.

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