EL PAIS › OPINION

Hacer política

 Por Mario Wainfeld

La práctica del fútbol incluye mañas, obstrucciones, defensas cerradas, maniobras al filo del reglamento. Sin embargo, cuando un jugador proclama “salimos a jugar al fútbol” quiere expresar que eligió la calidad, la sutileza, la inteligencia incluso.

El boxeo es la destrucción del otro, en sustancia. Empero, cuando un púgil dice “salí a boxearlo” alude a una variedad de recursos, el bailoteo, el esquive, no a la pura brutalidad.

El poder es la materia prima básica de la política. Pero, cuando protagonistas curtidos dicen “hacer política”, exceden el mero uso del poder: mentan un abanico de destrezas, que abarcan la seducción, el arte de saber sumar, la capacidad de conducir convenciendo y no sólo traccionando.

A la cúpula del kirchnerismo le cuesta “hacer política” en ese sentido. Cualquier contrafactual es una aventura o un lance, pero dista de ser osado pensar que perdió apoyos, empatías o aliados potenciales por desdeñar recursos o prácticas sencillas. Algunos hectolitros más de café compartido, más tiempo de escucha, más chorizos y tiras de asado compartidos son innegablemente más redituables que su ausencia. Los dirigentes políticos, seres humanos al fin, necesitan ser reconocidos, contenidos, hasta acariciados. Seres pragmáticos también, les viene bomba que sus líderes prorrateen con ellos un poco de capital simbólico. El entusiasmo de varios legisladores que asistieron ayer al asado de Olivos, comentado con el cronista vía celular en la tarde sabatina, es una prueba de lo dicho.

Muchos de ellos llegaban por primera vez, en plan de invitados y no de asistentes a algún acto, a Olivos. Según sus cuentas, fue el primer encuentro de ese jaez con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Alternar en las mesas con los ministros del Ejecutivo y con el diputado Néstor Kirchner fue, en ese plan, una suerte de bonus.

“¿Sabe lo que es para los muchachos volver a las provincias y comentar que estuvieron con Cristina y Néstor, mano a mano?”, pregunta (y presupone la respuesta exorbitante) un avezado legislador.

La liturgia, como suele suceder, fue más determinante en la valoración que el discurso. La Presidenta se explayó durante una hora, eligiendo el tono didáctico que mejor le sienta. Los concurrentes habrán escuchado reflexiones similares en los últimos días, el contexto era lo que más los gratificaba. “Nos dio pilas”, redondea una espada valiosa del Frente para la Victoria, que suele tenerlas pero necesita (ser humano al fin) recargarlas de vez en cuando.

Las senadoras y diputadas que tomaron un café de género con la Presidenta tras el almuerzo más masivo redoblaron la sensación.

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Los datos económicos enumerados por Cristina Fernández son consabidos por sus legisladores. Agustín Rossi y Miguel Pichetto los organizan y reparten memos didácticos en los bloques para encarar la seguidilla de debates. Los comensales subrayaron más las evocaciones de la Presidenta sobre su paso por el Congreso. Ese repaso, que enardeció a la oposición en la Asamblea de apertura de sesiones, confortó a los parlamentarios oficialistas que se sintieron interpelados como pares.

Otro párrafo elogiado fue aquel en que la Presidenta explicó que una minoría legislativa puede transformarse en una mayoría política. Lo hizo, rememorando los primeros tiempos de Kirchner como intendente de Río Gallegos y luego como gobernador de Santa Cruz, con el Concejo Deliberante y la Legislatura en contra. Dos facetas tiene la comparación: la más evidente es infundir mística a un colectivo desacostumbrado a no ser mayoría, sentimiento que atribula más a los legisladores que prosiguen sus mandatos que a los entrados recientemente. La segunda es haber internalizado que algo serio aconteció en los últimos años, que es la pérdida de apoyos populares. Revertirla no es imposible, transmitió la Presidenta pero confesando (así fuera tácitamente) que es imprescindible.

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La reunión con la Conferencia Episcopal fue recordada varias veces por la mandataria, visiblemente satisfecha con su resultado. Los purpurados, en su momento, también emitieron un balance confortante.

Recibirlos en la Casa Rosada fue un modo ingenioso de atenuar las críticas que contiene el documento titulado ampulosa y un poco derechosamente (mayúsculas incluidas) “La Patria es un Don, la Nación una tarea”.

La Iglesia es mucho más que una organización no gubernamental fatalmente sesgada a la oposición. En muchas materias es un adversario capcioso que se pone por encima de las paridades democráticas. Lo hará, más pronto que tarde, a medida que avancen los proyectos de ley de matrimonio gay y de ampliación de autorizaciones para interrumpir el embarazo. Cuando se llega a esos puntos, trasmuta su rol de adversario al de enemigo, pues juega sin límites. Algunos jueces fundamentalistas, que ponen sus convicciones religiosas por encima de las prescripciones de la ley humana vigente, les sirven de retaguardia temible. Varios casos recientes de aborto no punible denegado por magistrados impiadosos y desdeñosos de las leyes anticipan ese horizonte.

Por lo tanto, la Presidenta no podía aspirar a más de una tregua con semejantes interlocutores. “Hacer política”, en el caso, es elegir el camino de minimizar o postergar o mitigar los choques de frente.

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El ministro del Interior, Florencio Randazzo, anunció, a la salida de Olivos, que habrá un encuentro de la Presidenta con los gobernadores. No añadió precisiones ni las hubo en el discurso. La lógica imaginable es articular una agenda que se haga cargo de uno de los conflictos clave para la gobernabilidad: la distribución de recursos entre el Estado nacional y los provinciales. El esquema discrecional y generoso del gobierno de Kirchner entró en crisis desde el conflicto de las retenciones móviles y se aceleró con la crisis financiera mundial. Para el gobierno nacional es forzoso reconfigurarlo, reconociendo que los gobernadores tienen ahora mayor poder relativo, más riesgos para revalidarse y menos desahogo financiero. Un nuevo escenario exige nuevas herramientas, aunque los objetivos generales se mantengan.

Con otro cuadro de situación, otra oposición, otras correlaciones de fuerzas, sofisticar las formas de hacer política es un imperativo para el oficialismo. También buscar formas novedosas de comunicarse con una sociedad menos predispuesta. Hacer política, pues. Ayer hubo un ensayo no banal, pero tal vez más sencillo porque era con la fuerza propia, que se retiró confortada.

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