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Veredicto final

 Por Luis Bruschtein

El asesino que murió ayer debe ser una de las personas que ha hecho sufrir a más argentinos. Y mientras se dedicaba a esa tarea con dedicación, era designado miembro académico del Instituto de Ciencias Políticas de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA; Doctor Honoris Causa de la Universidad John F. Kennedy; Periodista Honoris Causa del Instituto Latinoamericano de Intercambio Periodístico y Profesor Honorario de la Universidad de El Salvador.

Los que le hacían homenajes a Massera en aquella época eran los chupamedias de siempre que pensaban que era el hombre del futuro y no les importaba que estaban adorando a un gangster. Ahora, ellos o las instituciones que representaron aparecen en una lista como esta que los pone tan en evidencia.

Hace pocos días murió Néstor Kirchner, un exponente de la generación de jóvenes que masacró Massera. En la época en que convertían a Massera en un sabio académico y en periodista honoris causa, los entonces jóvenes como Kirchner andaban a salto de mata y eran despreciables para ese establishment eterno que, entre otras cosas, maneja las academias.

Pasó tanta sangre bajo el puente y pasaron los años y aquel supuesto hombre del futuro que se lanzó a la política con una entrevista de Bernardo Neustadt se convirtió en un asesino condenado por la Justicia y despreciable para la sociedad. En cambio, un exponente de aquella juventud vilipendiada se convirtió en el dirigente más popular de la democracia, odiado por Neustadt y por los que adoraron a Massera.

Ese establishment blindado que rindió pleitesía al poder criminal de Massera hoy prefiere olvidar que alguna vez fue su referente dorado, su carta fuerte para la democracia de papel maché que preparaban para después de un ilusorio triunfo en Malvinas. Ni siquiera son capaces de acompañarlo en el momento de su muerte porque quieren borrar de la memoria que alguna vez se arrodillaron ante semejante mafioso.

Pero la carga simbólica de la presidencia de Kirchner impidió ese olvido. Esa especie de enroque histórico de una simetría casi perfecta los puso en evidencia, resaltó aquellas viejas mezquindades. Y por eso lo odiaron. Con su oscura coherencia, Neustadt odiaba a Kirchner porque el ex presidente representaba su fracaso y sacaba a la luz del sol los trapos sucios de su vida. No hacía falta que Kirchner dijera nada ni moviera un dedo, solamente por el contraste.

Massera murió solo y despreciado. Antes arrastró a sus seres cercanos, incluyendo a su mujer y a sus hijos, por historias de traiciones, cuernos, estafas y crímenes. No hubo una sola voz que se levantara en su defensa. O para recordar algún hecho bueno de su vida. Nadie recordó el motivo de su título de Profesor Honoris Causa en El Salvador, y nadie de la Academia de Ciencias Políticas repasó los méritos que determinaron su inclusión como miembro académico. Y ni hablar del chiste tenebroso del título de Periodista Honoris Causa al hombre que mandó matar a Rodolfo Walsh.

En contraste, Néstor Kirchner, un sobreviviente de la generación que concentró lo que para ese establishment era todo lo despreciable y odiado, murió acompañado por miles. Fue llorado por cientos de miles. Y sobre todo, entre esos cientos de miles estaban las madres de los que asesinó Massera. Siempre el contraste. En apenas pocas semanas, la historia también dio su veredicto.

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