EL PAíS › UNA FERIA QUE FUNCIONA DE MADRUGADA

Formales e informales

 Por Soledad Vallejos

Se puede llegar con movilidad propia o en transporte público, pero también en servicios de combis, o desde el interior, en tours de compras organizados de antemano. En 20 hectáreas, treinta mil puestos desparramados estratégicamente entre los tres sectores techados de las “ferias internadas” y el de La Ribera, al aire libre; cincuenta mil visitantes por jornada; 150 millones de pesos en efectivo circulando cada noche. Los números que rodean a las ferias que conforman la feria de La Salada son tan contundentes como informales: aun cuando algunos de sus espacios están legalizados, o en vías de inscribirse en un régimen legal, algunos otros permanecen al amparo de la no regularización de los inicios, a principios de la década del ’90. Las ferias de la feria, de acuerdo con el sitio web oficial del espacio, tienen horario de apertura (siempre de madrugada), pero no de cierre, porque “los distintos feriantes irán cerrando a medida que vendan su mercadería”.

El periodista Nacho Girón, autor de La Salada, radiografía de la feria más polémica de Latinoamérica (Ediciones B), señala que del lugar, tras tres años de investigación, le quedó una sensación como definición: es un espacio “que siempre combina lo legal y lo ilegal de una manera muy particular, hay áreas que funcionan muy bien y otras de manera desastrosa”.

–¿Cómo podría diferenciarlas?

–En cuanto a áreas y manejos, lo que sucede en La Salada no es homogéneo. Hay aspectos de la feria que están en vías de regularización completa. Por ejemplo, en los tres predios techados hay sectores que cumplen con ordenanzas municipales que especifican qué medidas pueden tener los puestos, y pagan una tasa de seguridad e higiene municipal que se calcula según los metros cuadrados que tiene. Es decir que hay un sector del cual, si el municipio quiere saber quiénes son las personas que están ahí, al menos nominalmente, puede saberlo. Pero a la vez, a dos metros de la administración de una de esas ferias, tenés otro conjunto de puestos que no paga nada.

–No necesariamente en La Ribera.

–Exacto. Vos recorrés cualquiera de las ferias legales o en vías de legalidad y podés encontrar un puesto que tiene todos los papeles en regla, y hasta factura C. O un sector de la feria, más cercano a la esquina, que tiene algún arreglo con la policía para vender mercadería falsificada, mientras que otro sector no puede hacerlo. ¿Cómo se explica eso? Algunas cosas son inexplicables. Mucho tiene que ver con arreglos de la zona, peces gordos de la zona. Si tomamos un mapa y marcamos todo este tipo de cosas, las que funcionan bien y las criticables, veríamos que los dos colores se mechan constantemente.

–Muchas veces se vinculan los productos de la feria con los talleres que emplean mano de obra esclava.

–Hay que diferenciar negocios detrás de La Salada. Uno es el inmobiliario, que a muchos peces gordos los ha hecho millonarios. Jorge Castillo o Enrique Antequera, que son los administradores de este espacio físico y lo subdividen en puestos que alquilan a los feriantes, están entre ellos. Pero si hubiera 100 trabajadores, los que realmente hicieron dinero son sólo tres. Los otros 97 no tienen la vida salvada. La segunda gran pata del negocio está en lo que cada uno de los feriantes provee al consumidor final, como nosotros, cuando nos vende unas zapatillas, un buzo. Sin duda, los que tienen mucho más rédito son los primeros.

–¿Cuánto dinero se mueve allí?

–La Federación Económica de Buenos Aires estima que se mueven 150 millones de pesos en efectivo por noche. Esos son números de hace un año. Saber el importe exacto es imposible.

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