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La recuperación y el nacionalismo

 Por Mario de Casas *

“Y es más fácil, ¡oh España!, en muchos modos que a lo que a todos
les quitaste sola te pueden a ti sola quitar todo.”

Quevedo

Engañosos cuestionamientos atribuyen a la decisión presidencial que condujo a la histórica recuperación de YPF especulaciones vinculadas con una fantasiosa coyuntura que estaría obligando al Gobierno a buscar legitimidad; como si el abrumador triunfo electoral de octubre no hubiese estado precedido por otro similar en agosto, o no hubieran tenido lugar en este país.

Entre tales falacias se destaca la que supone una “interpelación al nacionalismo”, sin explicar qué significado se asigna a este término, pero transmitiendo, eso sí, la “peligrosidad” de tan osada “manipulación”; cuando el verdadero intento de manipulación está en ocultar que el término nacionalismo tiene distintos significados. La Presidenta –sin nombrarlo– resuelve según una de esas acepciones.

Por una parte, el nacionalismo tiene un significado si, en un determinado contexto histórico, es practicado por una nación poderosa, y otro muy distinto si corresponde a un país relativamente débil, dependiente. No es una cuestión de grado, sino de naturaleza. Hay un nacionalismo defensivo de los pueblos de menor poder relativo y un nacionalismo ofensivo o expansivo de los países más poderosos. En términos económicos, por ejemplo, no se puede negar honestamente que ciertos grados de proteccionismo son esenciales para alcanzar un desarrollo autónomo: sólo lo niegan las potencias que lo han alcanzado y que, ya en condiciones de exportar manufacturas, necesitan acceder a otros mercados; en particular, es notorio que Estados Unidos sea adversario de todo nacionalismo, salvo el propio.

Cabe agregar que en el caso de nuestro país nunca han faltado los socios locales, lo que explica que el nacionalismo también adquiera connotaciones contrarias según los sectores sociales que lo proclaman o rechazan. Sin ir más lejos, las patronales del campo en su embate al gobierno popular pregonaban hace tres años el patriotismo más altisonante, cuando en realidad están cerca de ser la negación misma del nacionalismo, si por nacionalismo entendemos la política nacional orientada a romper toda forma de dependencia y cuyos protagonistas principales son los sectores populares.

En síntesis, el concepto político de nacionalismo incluye distintas ideologías e interpretaciones que han estado –y están– presentes en la realidad nacional. Promover la confusión entre ellas, destinada a velar el sentido del nacionalismo progresista, ha sido y es tarea compartida entre la oligarquía autóctona y los ahora denominados países centrales y ha constituido una de las maniobras ideológicas más logradas de esta alianza desde el fondo de la historia nacional.

Más aun: que nuestro país no haya alcanzado todavía los niveles de desarrollo industrial y tecnológico necesarios para ejercer plenamente su soberanía política y que, no obstante los avances de los últimos años, exhiba índices de injusticia social es consecuencia de derrotas populares en términos de esa contradicción principal: la puja en los planos político, económico y social entre la entidad nación-sectores populares, por un lado, y la alianza entre las oligarquías y el imperio de turno, por otro; puja que, por supuesto, ha tenido distintas formas y protagonistas en más de doscientos años.

Se sabe que la concepción y la modalidad de explotación de los recursos naturales y los servicios públicos están siempre vinculadas con un determinado régimen social de acumulación del capital. También se sabe que cada patrón de acumulación es sostenido por una determinada alianza social y que, por lo tanto, con ellos cambia el carácter del Estado. Entre nosotros, los distintos regímenes de acumulación que se han sucedido han sido sostenidos por la parte que resultaba triunfante en la puja principal a la que me he referido más arriba.

El ciclo iniciado en mayo de 2003, que retoma la tradición de los procesos de liberación inaugurados en el siglo pasado por Yrigoyen y profundizados por el peronismo, se ha propuesto consolidar el camino del desarrollo nacional. Esta voluntad política se viene concretando a través de una sucesión de decisiones trascendentes que nuestro pueblo ha avalado categóricamente, y busca configurar un patrón de acumulación de capital liderado por el Estado, con relevante participación del capital nacional y basado en la industrialización; premisa que se funda en que sólo una organización socioeconómica de esas características ofrece las condiciones necesarias para un adelanto tecnológico propio y un elevado nivel de empleo y de salarios. Además permitiría sostener y ampliar el proceso de acumulación mismo al retener el excedente dentro de nuestras fronteras y evitar la depredación de los recursos naturales.

En estas condiciones, el petróleo deja de ser una mercancía más y pasa a ser un bien de importancia estratégica, no sólo por su escasez y carácter de no renovable, sino porque es indispensable a la industrialización. Esto significa que se debe asegurar al país su disponibilidad, es decir, en lo posible alcanzar el autoabastecimiento, y garantizar tanto la apropiación social de la renta –no la privada y menos la oligopólica– como la preservación ambiental y el uso racional de este recurso.

Es difícil exagerar para no comprender la enorme importancia de haber recuperado el control estatal de un poderoso instrumento como YPF.

* Presidente del ENRE.

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