EL PAíS › SE PRESENTO EL LIBRO SER JUDIO EN LOS AÑOS SETENTA, DE DANIEL GOLDMAN Y HERNAN DOBRY

Una historia de heridas sin cerrar

Con el ex juez Garzón como invitado de honor, el evento fue en “un lugar simbólico de la resistencia a la dictadura”, el templo Bet El de Belgrano. Duras críticas a la dirigencia comunitaria y denuncias por Malvinas.

 Por Sergio Kiernan

Daniel Goldman, Diana Malamud, Baltasar Garzón, Gerardo Rozín y Hernán Dobry en el evento.
Imagen: Dafne Gentinetta.

Un telón negro convirtió el templo de la Comunidad Bet El, en Belgrano, en un auditorio para la presentación del libro de su rabino, Daniel Goldman, y de Hernán Dobry. La llama que arde día y noche en el lugar se adivinaba tras el telón de un sitio que fue particularmente apto porque, como se señaló en la presentación, bajo sus escalones se escondieron en los años de plomo copias de las denuncias por violaciones a los derechos humanos y de desapariciones. Es que el libro que presentaron Goldman y Dobry se llama Ser judío en los años setenta y es una historia de dolores y abusos durante la dictadura.

La presentación llenó el templo auditorio que lleva el nombre de Marshall Meyer. Hablaron los autores, el ex juez Baltasar Garzón y Diana Malamud, del grupo Memoria Activa, todos presentados por el periodista Gerardo Rozín.

El primero en hablar fue Garzón, que contó que hace 18 años que es amigo de Goldman y que lo conoció como testigo en las causas por crímenes de lesa humanidad en Argentina. “En 1999, cuando llevábamos tres investigando los crímenes, se presentó un informe de la comunidad judía argentina sobre las acciones contra los judíos”, explicó el ex juez. “Como cuenta el libro, la comunidad fue un objetivo especial de la represión. Esa intencionalidad no se había notado en particular en sede judicial, dada la escala de los crímenes, pero hubo un contenido contra los judíos por el hecho de ser judíos, un antisemitismo muy claro que había que calificar y destacar. Así lo hicimos en nuestra resolución en los casos Cavallo y Scilingo, donde destaqué que hubo un trato especial, un tipo de tortura y de desaparición con la intención de causar el mayor dolor posible por razones de racismo.”

Para Garzón, el libro de Goldman y Dobry no es apenas de interés histórico, sino una “herramienta de construcción de memoria” muy necesaria en el presente. Para el español, alarmado por el resultado de las últimas elecciones europeas, “este tipo de acciones antisemitas no ha desaparecido, está presente, esperando su oportunidad” y levantando cabeza en varios países de Europa. Garzón citó al pensador inglés Isaiah Berlin, diciendo que “no podemos construir el futuro sobre los cadáveres sin preguntarnos quiénes eran”. Por eso, “éste no es apenas un libro sobre el dolor, aunque contenga tanto dolor”. También destacó la crítica del texto a las instituciones de la comunidad, “que se retrajeron” de enfrentar a la dictadura. Para Garzón, “esto puede entenderse humanamente, por miedo, pero no puede ocultarse”.

Luego de un largo aplauso de los presentes, que llenaban a capacidad el templo, habló Malamud, que abrió diciendo que “siempre es difícil ser judío”. La referente de Memoria Activa destacó “qué poca diferencia se ve en la dirigencia comunitaria de la dictadura al atentado a la AMIA, qué poco aprendieron en esos años”. Malamud retomó el tema de entender “humanamente”, pero hizo una diferencia tajante con el después: “La complicidad en el caso AMIA es tan clara que el presidente de la DAIA en esa época (Rubén Beraja) va a ser juzgado por encubrimiento”.

Según Malamud, en los años duros la respuesta institucional fue “no presentes un hábeas corpus porque puede ser peor. Y después de la bomba de 1994 fue lo mismo, no hagan olas, déjennos a no-sotros cuidar el tema, porque si no puede ser peor”. Así, “se repite el maltrato a las familias, y mucho más para las víctimas que no eran judías, y hasta piden los prontuarios policiales de los que reclamaban. Es la misma mentalidad de lo secreto y lo oculto, de exigir que confiemos porque ellos saben cosas que nosotros no sabemos. Así vendieron a nuestros muertos”.

Malamud destacó, por el contraste, “la gran figura de Marshall Meyer, el rabino de Bet El y maestro de Goldman, que en los setenta tuvo coraje frente a la dictadura, y ayudó y consoló a tantos”.

Hernán Dobry destacó su propia impresión al recoger los relatos de judíos veteranos de la guerra de Malvinas, que fueron maltratados y hasta torturados por sus propios jefes frente al enemigo. Estos veteranos fueron ignorados por la dirigencia judía “porque les dijeron que Malvinas era una cuestión política, cuando lo que ellos querían era un abrazo de los suyos”. Ese abrazo, con una medalla y una ceremonia, fue entregado a los veteranos en el mismo templo Bet El este verano, un evento originado en la investigación del libro. Varios veteranos estaban en la presentación, visiblemente emocionados.

Finalmente, Daniel Goldman hizo un largo agradecimiento a los que ayudaron a que Ser judío en los años setenta fuera posible y fuera publicado por Siglo XXI. Luego habló de la responsabilidad comunitaria, diciendo que la judía “tiene una deuda que pagar y una herida que cerrar. La función de una comunidad no es juzgar a nadie sino acompañar y consolar, más allá de los acuerdos o desacuerdos, de las estrategias, de la política. Hernán contó que a los veteranos no les dieron un abrazo sino una respuesta política, y yo pienso qué mal que hicimos las cosas en Argentina para que un gesto político ya no sea un gesto humano”.

Para dar una idea de la asignatura pendiente, Goldman contó que al llamar a los veteranos “me insultaron en japonés. Yo entendí que no era conmigo, que era una herida abierta. Tenemos que pedir perdón una y otra vez, tenemos que curar heridas, tantas heridas”.

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