DEPORTES › OPINION

Pra frente, Brasil

 Por Gustavo Veiga

Mundial de pobres corazones, éste de Brasil. “Buen día lexotanil, buen día señora, buen día doctor”, canta Fito Páez, como si nos invitara a recorrerlo con la pastilla en el bolsillo y el teléfono del médico a mano. Lo prueban los de-senlaces angustiosos de octavos de final, la sensación saludable de que cualquiera le hace fuerza a cualquiera (Italia e Inglaterra fueron eliminadas en primera ronda, Brasil y Holanda casi se despiden antes contra Chile y México) y la forma en que los menos poderosos erradicaron sus miedos: miedo a perder, miedo al ridículo, miedo escénico. Bienvenido entonces, el balance positivo de lo que vimos hasta hoy en el torneo.

Una altísima cantidad de goles, el éxito o el reconocimiento de los planteos ofensivos, los arqueros transformados en figuras y un nivel emparejado hacia arriba no impiden que este Mundial sea menos estresante. Aunque nadie se arrime un cachito a cucos como el Brasil del ’70, la Holanda del ’74 o la España del 2010, hay un síntoma que merece saludarse. Las propuestas audaces tienen buena prensa, las pijoteras no y su futuro es aún peor. Por eso, vale la pena decirlo: “Pra frente Brasil”, como en la famosa película del ‘82. El Mundial va dejando a su paso una gratísima cantidad de sensaciones futboleras.

Los que todavía pensamos que se puede revolucionar el fútbol anotamos como saldo a favor la módica revuelta de los desposeídos del planeta FIFA. Los que no venden tanto para alimentar sus arcas. Algo es algo. Costa Rica es el abanderado de los de abajo y salió primero en el “grupo de la muerte”, Argelia no se achicó ni un tranco con Alemania, tampoco Nigeria con Francia y hubo selecciones con historia que se cayeron a pedazos.

Inglaterra e Italia atrasan como el catenaccio. En representación de Europa aparecen propuestas más frescas, como la de Bélgica. A Brasil ya le faltan el respeto con naturalidad. Lo hizo México, también Chile, que merecía haber pasado a cuartos de final. Colombia llega mejor que el equipo de Felipao, James Rodríguez que Neymar y Cuadrado que el increíble Hulk. Parece el fútbol al revés, pero no. Es el revés del fútbol de anticuario, amarrete.

Alemania levanta las mejores banderas entre el selecto club de campeones mundiales. Argentina ilusiona por Messi y Di María. Colombia es la bocanada de aire fresco, sabiamente conducida por José Pekerman. Francia tiene con qué llegar a otra final. Holanda, la robotizada propuesta de Van Gaal, cuenta con Robben (uno de los tres mejores jugadores del Mundial).

Las estadísticas señalan que podrían superarse los 171 goles de Francia ’98. Ya pasados los octavos de final, la marca es de 156. Quedan ocho partidos para batir aquel record. Pero queda, además, la sensación de que los presuntos débiles les perdieron el respeto a los poderosos, de que son muy pocas las selecciones sin nada destacable, de que los bodrios están en retroceso y de que si un Mundial puede marcar tendencias, el de Brasil será recordado por el despertar de los de abajo. Aunque no salgan campeones Colombia o Costa Rica, está claro que, para ganar un Mundial, hace falta algo más que tener historia y una camiseta.

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