EL PAíS › JUICIO POR DELITOS DE LESA HUMANIDAD EN JUNíN

Mastandrea, complicado

En el proceso a ex policías y militares por crímenes cometidos en 1976 y 1977, los primeros testigos vincularon al ex comisario Edgardo Mastandrea con un secuestro.

Los primeros testimonios del juicio por delitos de lesa humanidad que comenzó ayer en Junín implicaron al ex comisario Edgardo Mastandrea en el secuestro de Rubén Pío Soberano, militante de las 62 Organizaciones detenido el 24 de marzo de 1976. Mastrandrea es un ex policía que durante años se paseó por los medios como “experto en seguridad” y llegó a presentarse como “asesor” de la líder de la Coalición Cívica, Elisa Carrió, que en su momento tomó distancia.

El proceso a cargo del Tribunal Oral Federal 1 de La Plata investiga delitos cometidos en 1976 y 1977 en la denominada Subzona 13, jurisdicción del Primer Cuerpo de Ejército, incluida la desaparición de 24 personas. Los hechos tuvieron lugar en tres centros clandestinos: la comisaría 1ª, el destacamento Morse y la Unidad Penal 13, por entonces en construcción. Los acusados son el militar Angel Gómez Pola (presenció la audiencia por videoconferencia desde el penal de Ezeiza) y los ex policías Mastandrea, Abel Oscar Bracken, Julio Angel Estelrich, Francisco Silvio Manzanares, Miguel Angel Almirón y Aldo Antonio Chiacchietta.

Pío Soberano fue secuestrado cuando entraba a su trabajo en el correo. Fue uno de los primeros testigos en declarar en la instrucción, a cargo del juez Daniel Rafecas, y murió en 2010. “Recorrí las comisarías de Junín, estuve en la Primera y en el cuartel militar, y nunca pude encontrarlo. Me instalé con mis hijos en la puerta de la unidad del Ejército hasta que un mayor de apellido Assef me recibió y me dijo que estaba en el penal de San Nicolás”, declaró Silvia Luzardi, esposa de la víctima. “Lo encontramos muy mal de ánimo. Ahí me contó que Mastandrea lo interrogó y le pegó una piña con la que le voló una pieza dental”, agregó. Precisó que su marido conocía al oficial “de cuando iba a despachar cartas para la policía”. “Sin embargo, le dijo que no sabía quién era y le pegó. Después lo mandó al calabozo y lo trasladaron a San Nicolás. Lo soltaron a los cuatro meses y sufrió mucho”, narró.

Sus hijos Pablo y Carolina tenían entonces siete y tres años. El varón repasó “el sufrimiento” y “las secuelas que la familia debió sorpotar”. “De pibe vivía con miedo de que a mi viejo se lo llevaran de vuelta. Era un tipo muy entero, un luchador, y la cárcel lo cambió, lo volvió apocado, tímido”, señaló. Carolina dijo que el dolor marcó su infancia y le dejó “secuelas en la salud”. “Nunca puede hacer una vida normal después de los tres años. Viví con miedo de que se llevaran a mi viejo y eso se lo trasmití luego a mis seres queridos. Es un trauma que nunca me abandonó.”

El cuarto testigo fue Carlos Lablunda, militante de la Juventud Peronista, detenido el 18 de marzo de 1976, quien declaró que conoció a Pío Soberano “en los recreos” durante su cautiverio en el penal de San Nicolás. “Lo vi muy mal. Se ensañaron con él por su actividad gremial”, testimonió. Antes de retirarse, con la voz quebrada, pidió la palabra: “Quiero que Angel Gómez Pola me diga dónde están Pedro Lablunda y Mabel Fontana”, reclamó. Los presentes lo despidieron con un aplauso.

El actual titular del Ineas, Patricio Griffin, entonces vinculado con organizaciones gremiales de la izquierda peronista como abogado, repasó las alternativas de la detención y confirmó haber visto a Pío Soberano en la comisaría 1ª y en el penal de San Nicolás. “Me llevaron a mí, igual que a otros compañeros, por mi actividad política. Creo que era una forma de preparar lo que se venía. Eramos parte de algo que se entendía como la guerrilla industrial que apoyaba las protestas y huelgas que se habían dado en la costa del Paraná”, apuntó.

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El juicio empezó ayer y abarca crímenes de la Subzona 13.
 
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