EL PAIS › OPINION

A las puertas del bicentenario de la declaración de Independencia de 1815

 Por Sergio Urribarri *

La Presidenta de la Nación emitió en enero el decreto que declara a 2015 Año del Bicentenario del Congreso de los Pueblos Libres, en conmemoración del congreso convocado por Artigas para proclamar la independencia de las Provincias Unidas de toda dominación extranjera.

Tal declaración se llevó a cabo en el territorio de lo que es hoy Concepción del Uruguay, en el paraje entonces conocido como Villa Arroyo de la China, el 29 de junio de 1815, adonde asistieron delegados de las provincias de Entre Ríos, Las Misiones, Corrientes, Santa Fe, Córdoba y la Banda Oriental, un año antes del Congreso de Tucumán y con el mismo grado de representación territorial, no así política, dado que los contenidos de la declaración de independencia artiguista tenían un fuerte componente emancipatorio, federal y de justicia social que estuvieron ausentes el 9 de julio de 1816. Orgulloso de tener una Presidenta que reivindica y se reconoce en las gestas que pensaron la Patria desde un ideal de libertad, democracia, soberanía y justicia social, y a la vez de ser nacido en las tierras que cobijaron aquel grito de independencia, considero necesario aportar algunas reflexiones desde lo que constituyó la práctica política de Artigas, que dan cuenta de su plena vigencia en estos tiempos para defender y profundizar el proyecto nacional y popular.

Para Artigas claramente la democracia es el gobierno del pueblo, sin delegaciones. El ejercicio de la soberanía popular en sí. En ese marco, el lugar de Artigas como dirigente fue el de sintetizar las demandas emergentes de los intereses populares y nacionales en una estrategia política tendiente a lograr tales intereses desde el ejercicio de una conducción política y militar cuyo poder deviene de la soberanía popular y caduca ante la voluntad popular constituida.

El poder político fue para Artigas una construcción devenida de la práctica política en sí al calor de la lucha por hacer valer los intereses populares y nacionales. Se trata de un poder plural, conformado en un frente social y cultural vasto que se reconoce en las mayorías populares y que tiene en la democracia soberana de base su fuente de origen.

Los pueblos de la región, Uruguay, Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, Venezuela, luego del reflujo de la hegemonía política neoliberal, se han dado gobiernos compuestos por fuerzas o dirigentes de un claro perfil transformador, con tradiciones en la política revolucionaria o proyectos nacionales y populares.

El plano de la política es la dominante excluyente a la hora de pensar el poder y por esa senda hemos arribado a la derrota del ALCA y la conformación de la Unasur bajo la determinación preclara de Néstor, Chávez y Lula; la reformulación del Mercosur desde criterios de soberanía de las naciones y los pueblos con la incorporación de Venezuela desafiando a los intereses del imperialismo en la región; las estrategias conjuntas para afrontar la respuesta a la crisis financiera internacional; la creación de la Celac; el fuerte respaldo a los gobiernos de Evo, Correa y Maduro ante los intentos golpistas y la condena al golpe institucional en Paraguay; la posición unánime en torno del reclamo por la soberanía argentina en Malvinas.

El paso estratégico dado por nuestros gobiernos desde los intereses de los pueblos de imponer el dominio de la política por sobre los mercados o corporaciones económicas en la conformación de bloques regionales, debe ser un paso sin retorno y es un salto que toma envión desde el fondo de la historia artiguista. Porque la integración regional es un claro mandato artiguista, que nunca concibió las naciones fragmentadas y que incluso pensó el federalismo como confederación. Entonces, aun cuando al mismo Mercosur le resta mucho camino por recorrer para superar el lugar asignado en la división internacional del trabajo de ser países proveedores de bienes primarios, el hecho de plantearse revertir la balcanización promovida por el imperialismo británico y operada por las oligarquías locales es un dato político histórico en el combate de fondo.

El bloque de poder oligárquico imperialista no está derrotado sino replegado y en acechanza permanente, bajo estrategias diversas, contra los gobiernos populares en la región. Esto lo vivimos en marzo de 2008 en Argentina, en el conflicto con las patronales del campo por la renta extraordinaria en el agro; en septiembre de 2008 en Bolivia con la matanza de Pando y el conflicto con la Media Luna; en setiembre de 2010 con la rebelión cívico policial en Ecuador; antes en abril de 2002 y ahora nuevamente en Venezuela y también en Paraguay. La acción de los fondos buitres por estos días sobre Argentina es el cabal reflejo del permanente ataque a nuestras soberanías.

La acción de los gobiernos populares de Suramérica marca un claro rumbo de ruptura con las hegemonías económicas y políticas neoliberales de la región, avanzando en conjunto hacia horizontes de mejores condiciones de desarrollo, justicia social, soberanía política e independencia para nuestros pueblos. Y esta lógica desplegada en programas políticos es la que les ha conferido niveles de legitimidad popular que en los marcos de la democracia formal están sometidas a la disputa desigual permanente con las fuerzas de la reacción, que operan a través del mercado, los medios de comunicación y políticos genuflexos que se prestan a ser manipulados por tales intereses antinacionales.

Por ello mismo, las perspectivas de continuidad de cada uno de nuestros gobiernos –y por lo tanto de las iniciativas de integración– se juega en la línea ineludible de profundizar las políticas de transformación en beneficio de nuestros pueblos. Y para avanzar en esta línea es necesario avanzar en la articulación de un sujeto político regional. Esto es otro mandato vigente del artiguismo: la conformación de un Movimiento que integre no sólo los gobiernos sino los pueblos de la región. Cuando observamos la desestructuración y crisis de los bloques de poder mundial tal como se articularon durante el siglo XX y comienzos del XXI, la Patria Grande es hoy más que nunca un sujeto político a construir bajo los conceptos de unidad en la diversidad cultural, de unidad en el privilegio de los más infelices, de unidad en el respeto de las autonomías de los pueblos, de unidad frente a las políticas de dominación internas y externas al bloque, de unidad en la subordinación de la economía a las políticas populares.

A doscientos años de la declaración de Independencia por Artigas, el proyecto político artiguista nos interpela desde la historia como actores políticos contemporáneos. Néstor y Cristina nos han marcado el camino en esta sentido y hoy más que nunca, éste es el desafío para nosotros, los militantes y dirigentes de las fuerzas populares de la región.

* Gobernador de Entre Ríos.

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