EL PAíS › OPINION

La dama del tapado de piel

 Por Mario Wainfeld

Hubo una vez, en esta tierra asolada, una secretaria de Medio Ambiente que usaba tapados de piel y los ostentaba ante fotógrafos de revistas del corazón. No era una distracción sino una prueba de coherencia ideológica, quizá una provocación. La secretaria, María Julia Alsogaray, integraba una fuerza política que, tras romper las tramas sociales y estatales de la Argentina pasada, se ne fregaba del futuro. Todo lo que oliera a planeamiento, a presencia estatal, a injerencia en los intereses privados era objeto de befa y de ataque.
No era azar ni exceso que fueran corruptos todos los sectores políticos que apoyaron ese proyecto ideológico, de los cuales el menemismo fue vanguardia hegemónica pero no monopólica. La corrupción venía a reforzar, por dos lados, al modelo que se quería imponer. Por un lado, el proyecto era tan chocante a las tradiciones políticas locales que sólo podía imponerse minando las conciencias (ciertamente porosas al soborno o a la dádiva) de centenares de dirigentes de dos partidos de raigambre nacional y popular (el peronismo y el radicalismo) que aplicaron programas de gobierno a los que pocas fuerzas conservadoras se hubieran atrevido.
El modelo en cuestión era ínsitamente individualista y amoral. Consideraba al lucro privado ilimitado como único motor de la historia y a la riqueza como un blasón inigualable a quien nadie debía poner bajo ninguna lupa ni legal, ni moral. La incorporación de parte de la corporación política al mausoleo de la corrupción, ostentación incluida, potenciaba la imposición de nuevos códigos valorativos y cooptaba cuadros a su servicio.
Hubo en este suelo gobiernos que renunciaban a casi todo, la ingeniera Alsogaray fue pieza maestra de uno. Renunciaban a tener moneda, a tener aduana, a controlar el ingreso de capitales, a preocuparse por el lavado de divisas, en suma a hacerle cualquier examen de saliva a quienquiera tuviera mucho dinero. Ninguna lógica hubiera tenido que se preocuparan por cómo se enriquecían sus dirigentes. La corrupción, pues, fue un accesorio coherente de lo principal, un proyecto de país. Un accesorio no irrelevante pero, conceptualmente algo secundario, consecuencia de lo esencial.
Tiene su interés que, puesta en el banquillo, acusada de haber violado la ley, Alsogaray haya recurrido a funcionarias del Estado para su defensa. La crónica (ver nota central) relata que lo hicieron bien y que la defensora oficial mostró más garra que el fiscal. Es bueno que los agentes del Estado cumplan con tesón su cometido. No es culpa de la defensora oficial que Alsogaray, tan depredadora del Estado como de la fauna, se beneficie por eso. La obscenidad de los representados no salpica a sus letrados, cuando éstos cumplen su cometido.
Tampoco es extraño pero sí procaz que María Julia alegue que engrosó su patrimonio con fondos reservados y que reclame que tamaña conducta es lícita. Al fin y al cabo, su credo neoliberal arrasador tiene como piedra basal la apropiación del patrimonio público por parte de los privados... una mancha más, qué le hace al tapado de pieles.
El argumento de que los fondos reservados pueden derivarse a sobresueldos –que la defensora oficial trató de arropar jurídicamente con enjundia y sin razones– choca con las leyes argentinas. Por muy reservados que sean jamás pueden servir para engrosar el acervo particular de los funcionarios. Un principio general del derecho, existente desde siempre e incorporado a nuestras normas escritas desde 1968, dice que la ley no ampara el ejercicio abusivo de los derechos. Y es abuso del derecho malversar dineros cuya finalidad es atender “la razón de Estado” para engrosar bolsillos particulares, así sean de tapados de piel suntuosos. Por otra parte, la Constitución establece que sus declaraciones, derechos y garantías no pueden ser violados por las leyes que regulan su ejercicio. El principio republicano de gobierno, establecido en el artículo primero de la Carta Magna, determina la separación absoluta entre el patrimonio público y el de los funcionarios. La promiscuidad, consustancial al menemismo, es contraria a la República. Antirrepublicano, chocante, procaz, el argumento defensivo de María Julia hace honor a su ideología.
Daría risa si no diera odio. La Dama de Hierro, adalid de un modelo de país que dejó un tendal de víctimas, se victimiza, por boca de una integrante del Poder Judicial. E invoca la ley para violarla.
La señora estuvo ayer muy modosita en su vestir. Pero, su look (ver nota central) espejaba su soberbia. Debajo del blazer se intuía el tapado de piel que usaba cuando, se suponía, cobraba por cuidar el Medio Ambiente.

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