EL PAIS

Cómo construir un país después del apartheid

El juez Sachs militó 40 años contra el racismo en Sudáfrica, pasó décadas exiliado y perdió un brazo en un intento de homicidio. Hoy preside la Corte Constitucional de su país.

 Por Sergio Kiernan

La notable violencia del régimen del apartheid sigue teniendo un vívido testimonio en los veteranos de la lucha antirracista sudafricana. Conocerlos es encontrarse frente a sobrevivientes de torturas, atentados, palizas y maltratos, a gente que no puede caminar bien, que tiene órganos rotos a palos, que no ve como antes del calabozo. A Albert Louis Sachs, hoy presidente de la Corte Constitucional sudafricana, esta violencia lo alcanzó en el exilio, cuando los servicios de Pretoria pusieron una bomba en su auto y lo dejaron marcado en la piel y con el brazo derecho talado. Sachs tenía 53 años y era funcionario del Ministerio de Justicia de Mozambique, la ex colonia portuguesa liberada por Samora Machel que había acogido a los que luchaban por la liberación de Sudáfrica.
El pecado de Sachs era oponerse al régimen creado por los blancos, un camino que emprendió como un joven abogado veinteañero que defendía presos políticos. A los treinta, ya estaba exiliado en Londres, después de dos temporadas preso, sin cargos ni jueces. En Inglaterra se doctoró y comenzó a enseñar, y en 1977 se mudó a Mozambique, el flamante país solidario con la lucha antirracista. La vuelta a su país tuvo que esperar al fin del apartheid, la larga transición antes de las elecciones que en 1994 le dieron el poder a Nelson Mandela y crearon la primera democracia en ese país. Para festejar este aniversario, Sachs fue uno de los visitantes ilustres llegados de Sudáfrica y dio una serie de charlas y clases sobre derechos humanos y legalidad en Buenos Aires.
Sachs explicó a Página/12 que su país tiene dos cortes supremas y que la que él preside tiene como misión exclusivamente hacer cumplir la Constitución, especialmente en su capítulo de derechos. La novedad es una manera de asegurar que se cumplan las reformas democráticas. “Nuestro Parlamento en tiempos del apartheid era electo por los blancos”, explica el juez. “Por eso, las leyes racistas eran constitucionales. Teníamos jueces honestos, pero el Poder Judicial hizo cumplir las leyes del apartheid, protegió cada vez más a la policía y no denunció las torturas. El Poder Judicial falló en el momento en que era más necesario, por lo que hubo que pensar en uno nuevo a partir de 1994, cuando nace nuestra democracia. No quisimos despedir a los jueces, no sólo porque los necesitábamos sino porque es un muy mal antecedente despedir jueces por cuestiones ideológicas. Lo que necesitábamos era un contrapeso del viejo sistema, y ese contrapeso fue la Corte Constitucional.”
–¿Y qué tipo de casos tocaron en esta década?
–El primer caso fue por la pena de muerte. Había 450 personas condenadas a muerte y no ejecutadas por una moratoria de la transición. La Corte decidió que la pena de muerte violaba la Carta de Derechos. Esta no se pronunciaba sobre la pena de muerte, pero encontramos que el derecho a la vida, a no sufrir castigos crueles y a la dignidad hacían que la pena de muerte pudiera ser aplicada en Sudáfrica. Fue unánime. También estaban los castigos corporales, muy usados durante el apartheid. Los declaramos degradantes y crueles, aunque eran bastante populares en mi país, donde la gente suele enseñarles una lección a los chicos de esa manera. Lo que dijimos fue que el Estado debe dar el ejemplo. Tuvimos casos de igualdad entre hombres y mujeres, negros y blancos, casos sobre debido proceso, como cuando los procesos duran demasiado, casos donde balanceamos la angustia de la gente por el alto índice de criminalidad del país con la presunción de inocencia. Y casos donde tuvimos que encontrar una manera de que cerrara el principio y el derecho de igualdad ante la ley con el de que las comunidades puedan usar su propia ley africana.
–Conciliar leyes tribales con derecho europeo debe ser difícil.
–Sí, y mucho. Nuestra Constitución tiene una plataforma de derechos iguales para todos, pero también el de ser diferente. Esto toma muchas formas, como la de la orientación sexual, y también la de ser comunitariamente distinto, en lengua, costumbres, religión, formas de la familia. Esto es especialmente importante el áreas rurales. Es realmente complicado pero intelectualmente un desafío encontrar lo que sea ético y conveniente para el país. El centro es la dignidad humana, y la pregunta en cada caso es ¿qué es más digno para las personas?
–¿Funcionó la Comisión de la Verdad sobre los crímenes del régimen? ¿Funcionó la idea de perdonar los delitos a cambio de una confesión?
–Yo estoy satisfecho pero muchos sudafricanos no. Los conservadores sienten que se debería haber olvidado el pasado, otros, desde posiciones progresistas, que debió haber un castigo. En general, la gente piensa que el proceso fue bueno pero incompleto. Yo creo que el éxito de la Comisión de la Verdad no depende en la instancia final de ella misma sino de si logramos la igualdad. Si los blancos siguen siendo ricos y los negros pobres, la gente criticará a la comisión. La comisión lidia con el dolor, con un dolor agudo y muy específico, no con la sociedad en general.
Con las confesiones encontramos muchos cuerpos, difundimos la verdad y logramos que los criminales confesaran públicamente, en televisión. Hay que entender que éste fue un pacto originado en nuestro movimiento de liberación y que es muy diferente cuando los criminales se autoamnistían, con lo que no admiten nunca nada. La gran diferencia con Argentina es que, en el caso de ustedes, el crimen fue la violación de los derechos humanos. En nuestro caso el crimen fue el apartheid, el racismo abierto por 300 años. Nosotros teníamos que transformar el país y tuvimos que entender que la violencia del apartheid era un síntoma, no el crimen de base. Aquí el crimen fue la destrucción de la democracia, pero nosotros nunca tuvimos una democracia. Además, está el problema de la evidencia: los crímenes aquí los cometieron militares, que tienen una cadena de mando; allá no, eran civiles y militares, ¿a quién se castiga?, ¿al que apretó el gatillo o al político elegido por el voto que dio la orden?, ¿cómo encontrar pruebas? Fue una combinación de pragmatismo y construcción institucional. Igual hubo algunos procesos y pronto habrá más, de gente que se rehusó a hablar y confesar lo que hizo. Pero eso no es el centro de la cuestión. Aquí fue algo central, esencial para la vida de su democracia. Allá es diferente, el eje es más y más la transformación de la sociedad.
–Al marginar a la mayoría de la población, los blancos habían quebrado el concepto de nación. ¿Están logrando una Sudáfrica para todos?
–La bandera nueva es muy popular... es una bandera ridícula, un colorinche sin forma definida, pero la gente la quiere, se identifica. Los equipos nacionales tienen un apoyo creciente en cada vez más gente. Antes, hinchábamos para que los seleccionados blancos perdieran en todo. Teníamos un patriotismo negativo muy fuerte. Hay cosas que toman tiempo. Nelson Mandela dio un ejemplo contra el racismo, no dando discursos contra el racismo sino siendo una persona tan intelectual, tan profunda, tan elocuente y digna. Hubo que mostrar que los no blancos podían hacer ciertas cosas, administrar el Estado... por ejemplo, todo el mundo está admirado con nuestro ministro de Economía, que es negro.

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