EL PAIS › MARIA IRIS PEREZ, TIA DE VICTORIA, LA ULTIMA NIETA RECUPERADA

“Donda fue el responsable directo”

La tía de la última nieta recuperada por Abuelas de Plaza de Mayo relata la historia de la familia y del marino que secuestró a su propio hermano, su cuñada, y entregó a su sobrina.

 Por Victoria Ginzberg

Cuando María Hilda Pérez fue secuestrada, sus familiares recurrieron a la persona más cercana que conocían con un uniforme militar: su cuñado, Adolfo Donda Tigel, integrante de la Marina. “Era un cínico, se hacía como que no sabía nada. Como que trataba de averiguar. Pero una vuelta quiso que mi mamá firmara un papel en el que decía que mi hermana había muerto. Ahí empezaron los encontronazos”, recuerda hoy María Iris, una de las hermanas de María Hilda. Lo que la familia no supo hasta 1983 fue que Adolfo no sólo estaba al tanto de qué había pasado con la mujer sino que también era responsable directo tanto de su desaparición como de la muerte de José María, su propio hermano y marido de María Hilda. El hombre, además, no tuvo reparos en entregar a su sobrina, que había nacido en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), a uno de sus compañeros. El miércoles, las Abuelas de Plaza de Mayo anunciaron que habían recuperado a esa niña, Victoria Donda Pérez. Desde Canadá, su tía reconstruyó con Página/12 esta historia en la que, a la búsqueda de todos los familiares de desaparecidos, se suma la convivencia con un represor en la familia.
José María Laureano Donda y María Hilda Pérez se conocieron en 1973, en la Facultad de Filosofía y Letras. Dos años después se casaron y tres días antes del golpe militar de 1976 nació Daniela, la hija mayor. En mayo de 1977, cuando María Hilda estaba embarazada de cinco meses, fue secuestrada en la calle. La llevaron a la ESMA, donde nació Victoria. José María desapareció poco después. Su hermano era marino, pero no hizo nada para ayudarlos, al contrario.
“Esta es una guerra. Y en la guerra no se puede ser piadoso con el enemigo. No lo fui con mi propio hermano, que era monto. No lo fui con mi cuñada, que estuvo chupada como vos, acá, en la ESMA. Y fue trasladada como lo vas a ser vos también si no hacés los deberes. No tuve ningún tipo de condescendencia ni culpa”, le dijo Adolfo Donda a una detenida en 1979, según reveló el periodista Miguel Bonasso. Donda –hoy detenido– no era un represor cualquiera. Fue jefe de Operaciones de la ESMA. En democracia se recicló en las empresas de Alfredo Yabrán. María Iris lo recuerda bien.
–¿Cuándo conoció a Adolfo Donda Tigel?
–Cuando mi hermana y José María eran novios. El ya estaba casado, porque es diez años mayor que José María. Incluso él fue el testigo del casamiento de mi hermana.
–¿Cómo era en el trato cotidiano?
–Era un tipo cínico. Siempre fue cínico. Te miraba y se sonreía. En la época en que se casó mi hermana, yo tenía un novio que hacía el servicio militar en La Plata y le tocó con él. Yo le pedí que lo deje en Buenos Aires y lo mandó a Puerto Belgrano.
–¿Cómo se llevaban los hermanos?
–Bien. Yo veía que se llevaban bien. Lo único que chocaban en las ideas políticas. Mi cuñado había hecho el Liceo Naval hasta quinto año. Adolfo, en cambio, siguió la carrera. Cuando mi hermana y mi cuñado estaban en la clandestinidad, mi papá les aconsejaba que no hablaran delante de él, que no se fueran de boca. Pero ellos decían “si es nuestro hermano”. No fue así.
–¿Cuándo se enteró del secuestro de Hilda?
–Fue un 28 de mayo. Mi cuñado llamó a su mamá y le dijo: “Corita tuvo un accidente, avísenle al doctor Donda”. José María mandó una carta para la familia, para que nos uniéramos, decía que no sabía si su hija o hijo iba a llegar a nacer. Y que cuidáramos a Daniela, que estaba con mi mamá.
–¿Cuándo se enteraron de la participación de Adolfo en la represión?
–Recién en el ‘83. Antes hubo tiranteces por Daniela. Mi mamá y mi papá habían sido los padrinos de la nena, pero Adolfo la hizo bautizar de vuelta y fue él el padrino. Después hicieron juicio. El juez dijo que si las abuelas no se ponían de acuerdo se quedaba bajo su tutela, y mi mamá cedió. En esa época nosotros íbamos al CELS. (El dictador Leopoldo) Galtieri dio un comunicado para que los familiares de desaparecidos fuéramos a la calle Roque Sáenz Peña, creo. Era para tapar todo. Mi hermano y yo fuimos. Nos revisaron y nos llevaron a ver unos libros impresionantes. Nos dijeron que buscaban primero en los dados de baja y mi hermana no figuraba. Entonces buscamos en los detenidos y ahí estaba, María Hilda Pérez de “Dunda”. Al lado, entre paréntesis decía: ESMA.
–¿Eran listas?
–Eran libros y libros. Preguntamos qué significaba ESMA. Y nos dijeron “Escuela Superior de Mecánica de la Armada”. Dijeron que ella estuvo ahí pero que le tenían que haber dado destino, es decir que estaba viva. Casi nos morimos de alegría. Mi mamá estaba en Mendoza. Le mandamos un telegrama que decía: Corita está viva, viajá urgente. Se vino muerta de la alegría, hizo todos los habeas corpus y todos fueron negativos. Después Alfonsín reunió a los familiares de desaparecidos y dijo que habían dado vuelta el país y que habían encontrado las cárceles clandestinas pero que estaban vacías. Eso fue terrible para nosotros.
–Pero sobre la participación específica de Adolfo, ¿cuándo se enteraron?
–En el CELS, cuando fuimos a averiguar sobre la ESMA. Nos dijeron que el jefe del grupo que había estado a cargo del secuestro de mi hermana era Palito, Jerónimo, tenía mil alias. ¿Cuál era el nombre verdadero?: Adolfo Miguel Donda Tigel. Casi nos morimos. Si bien sabíamos que trabajaba en el Ejército, él siempre se hacía como que no sabía nada. Como que trataba de averiguar. Hablábamos con el enemigo sin saberlo. Una vuelta le quiso hacer firmar a mi mamá un papel en el que decía que mi hermana había muerto. Ahí empezaron los encontronazos. Mi mamá dijo que no iba a firmar nada porque no había visto el cadáver de la hija.
–¿Nunca quisieron ir a increparlo, a pedirle explicaciones?
–Mi hermano lo quería matar. Pero le dijimos que no se ensuciara las manos en una cosa como ésa, ni valía la pena. No hablamos nunca más.
–¿Cuándo se enteraron de lo que había pasado dentro de la ESMA?
–Presenté el caso en migraciones, acá en Canadá, y me mandaron testimonios de gente que conoció a mi hermana en la ESMA y sabían que era la cuñada de él. Supe que por ser la cuñada le habían ofrecido tratos especiales, creo que era dejarla fumar y darle a lo mejor dos raciones de comida diaria. Y ella se negó, no quiso. No se vendía por nada.
–¿Cuándo supieron que Victoria había nacido?
–En el ‘83 nos enteramos de que mi hermana había tenido una nena. Hace cinco años hicimos un video para History Channel de Canadá y aparecieron muchos testigos. Lidia Vieyra, que estuvo detenida con mi hermana y presenció el parto, nos contó que cuando las dejaron un momentito solas, María Hilda quiso identificar a la nena con algo y vio una aguja de coser, de esas curvas, porque a ella la habían cosido. Entonces le perforó la orejita y le metieron un hilito azul y se lo ataron. Supimos que Donda le dijo a María Hilda que iba a entregar la nena a la familia. Después, cuando Victoria tenía quince días y trasladaron a mi hermana, él les dijo a todos los detenidos: “No se la di nada a la familia”. El fue el responsable directo. El que hizo todo.
–¿El hallazgo de Victoria los agarró por sorpresa?
–Sí. Tres días antes de que llamara Estela Carlotto (para contarles) pusimos el satélite en la casa de mi mamá y agarramos una película con Federico Luppi. El buscaba a su nieta, que era igual a su hija desaparecida. Ella lo rechazaba y decía que dejara de perseguirla. Al final lo va a buscar. No sabés qué manera de llorar con mi mamá. Ella me decía “¿Iremos a encontrar a la nuestra? ¿Nos va a querer cuando nos encuentre?”. Mi mamá decía que la quería encontrar al menos para verla delejos. A los tres días llama Estela y me pasa con Victoria. No sabés cómo lloraba cuando empezó a hablar conmigo. “Tía –me dijo–, vos sos mi tía, yo te quiero abrazar, quiero hablar con mi abuelita.” Y empezó a preguntar de todo. Del papá, la mamá. Lo único que pide es reserva respecto de sus papás adoptivos. Ahora que el caso se hizo público está un poquito asustada. Dijo que hasta acá estaba feliz, pero que ahora está un poco angustiada.

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Adolfo Miguel Donda Tigel fue jefe de Operaciones de la ESMA.
 
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