EL PAíS

El periodista que pasó por ilegal

Una mafia lo introdujo al país. Buscó trabajo. Y terminó en talleres clandestinos. Aquí, su experiencia.

 Por Carlos Rodríguez

El ciudadano boliviano viajó siete días en micro, de Yacuiba a Buenos Aires, sin valijas ni documentos, los que fueron retenidos por miembros de la organización que lo ayudó a ingresar al país en forma ilegal. Sin papeles, era imposible escapar. Otra semana de espera transcurrió en la esquina de Curapaligüe y Cobo, en el Bajo Flores, buscando trabajo con más de mil connacionales que habían ingresado del mismo modo, con la promesa de cobrar “sueldos de 1000 o 1200 dólares”, que después no superaron los 300 pesos. El trabajo era a destajo, en un taller de la calle Bolivia –vaya paradoja–, propiedad de un matrimonio boliviano “de apellido Califaya”. El ritmo de trabajo permitía apenas tres o cuatro horas diarias para dormir en una pieza de tres por cuatro metros, hacinados con otras 15 personas. Una hora a lo sumo para desayuno, almuerzo y cena, sin merienda. Jornadas de labor de hasta 19 horas al término de las cuales “las manos sangraban luego de doblar 1200 jeans por día”. La odisea fue vivida por el periodista boliviano Marco Antonio Santibáñez Soria, del matutino Los Tiempos, de Cochabamba, quien en 2000 trabajó en un taller clandestino, para luego escribir un artículo que fue premiado en su país.

–¿Quiénes son los responsables de lo que le tocó vivir en Argentina, en el año 2000, y que ahora se repite con muchos de sus connacionales?

–Los que me explotaron en el taller eran bolivianos y después viví algo similar en otro lugar cuyos dueños eran coreanos, pero también hubo muchas responsabilidades argentinas. En el taller boliviano, donde las condiciones eran espantosas, todos decían que los inspectores sólo iban para cobrar algún dinero, 100 o 200 pesos, que en esa época eran dólares. Nunca había clausuras ni sanciones de ningún tipo. Además, hubo un largo camino de complicidades argentinas desde que pasábamos la frontera.

La nota escrita por Santibáñez Soria fue publicada el 29 de agosto de 2000, en el diario Los Tiempos, en un dossier de ocho páginas. La idea del trabajo periodístico surgió por unos avisos, publicados en Cochabamba, que prometían empleos bien remunerados en Argentina. “La organización se ofrecía para facilitar los viajes, por vía aérea o por tierra, con la promesa de cobrar sueldos de hasta 1500 dólares, pero era una gran mentira.” Cuando el periodista se presentó, ya se había cerrado trato con un grupo compuesto por “unas 14 o 18 personas”. De todos modos, Santibáñez se fue hasta Yacuiba, en el departamento boliviano de Tarija, en la frontera con Argentina, donde pudo sumarse al contingente.

Una vez en territorio argentino, se instaló en un residencial de Pocitos, en Salta. “Para cruzar la frontera había que tener 1250 dólares. Mil dólares eran para declarar ante las autoridades aduaneras y así obtener el permiso para ingresar como turista. Nadie contaba con ese dinero. Los de la organización nos acompañaban, nos prestaban los mil dólares por un rato y se lo devolvíamos una vez que pasábamos el puesto fronterizo.” Los otros 250 dólares eran para pagar el viaje a Buenos Aires. Santibáñez hizo un peregrinaje por varias localidades del norte salteño: Pichanal, Bermejo, Aguaray, Aguas Blancas.

–¿Cuáles fueron los trámites que tuvo que realizar en esos lugares?

–El residencial de Pocitos estaba cerca de la terminal de ómnibus. En el lugar hay varias supuestas agencias de viaje y de venta de pasajes. Hablé con el supuesto administrador local de la empresa Flechabus, de nombre Antonio, quien en realidad me hizo un interrogatorio sobre qué trabajos había realizado en Bolivia, para saber qué era lo que me podían llegar a ofrecer en Buenos Aires. Le dije que era costurero y también albañil. Una empleada me dijo que tenía que pagar 250 dólares. Le dije que tenía nada más que 200. “Date una vuelta y vemos”, fue su respuesta. Después, Antonio aceptó que sólo pagara 200 dólares.

Primero le dijeron que un micro de Flechabus lo iba a llevar hasta Retiro, pero finalmente lo levantó un coche de la firma Atahualpa. Antes de subirse al ómnibus, tuvo que entregarle la valija y todos sus documentos bolivianos a una empleada de la organización llamada Cristina. “Me prometieron que me lo iban a devolver después.” Ella sólo me comentó que “estaba muy jodido para pasar algunos puestos carreteros, pero que yo no me hiciera problemas”. Partieron un domingo por la mañana y cerca de la noche llegaron a Tucumán. Allí subieron a otro micro de la misma empresa Atahualpa. Uno de los empleados le comentó con asombro: “La puta madre, tuviste suerte de pasar, porque hoy nos han devuelto (a Bolivia) a 12 paisanos tuyos”. El viaje siguió sin problemas y, en un momento dado, todo el pasaje era de nacionalidad boliviana.

“Cuando llegamos a Rosario nos pararon en un puesto caminero. Todos estábamos asustados porque pensamos que nos bajaban. Un policía subió al micro, algunos tuvieron que bajar, pero antes el chofer nos hizo señas de que no teníamos que preocuparnos, que estaba todo bien. Y así fue, ninguno se quedó en el camino.” A Santibáñez le quedó pegada la imagen de la discriminación hacia los bolivianos: “A mí no me revisaban porque soy alto, robusto, de 1,76 de altura. En cambio, a todos los que daban el perfil del boliviano tipo, según los ojos argentinos, los palpaban de armas, les preguntaban todo y recién después los dejaban pasar, aunque al parecer todo estaba arreglado para que entráramos de cualquier manera”.

En Retiro lo estaban esperando algunos periodistas del diario Vocero Boliviano, de la comunidad afincada en Buenos Aires. Ellos lo llevaron a un hospedaje. Después, durante una semana, estuvo instalado en la esquina de Curapaligüe y avenida Cobo, en el Bajo Flores. “Eramos como 1000 o 1200 bolivianos esperando que alguien nos contratara. Estuvimos siete días parados en esa esquina. Yo estaba en la calle desde las cuatro de la mañana hasta las tres de la tarde y nada.”

–¿Cómo fue que finalmente lo contraron?

–Fue una señora boliviana, muy bajita, que me dio trabajo, pero tuve que rogarle para que lo hiciera. Me miraba y me decía que ya estaba “muy grandecito”, que ella prefería que a su taller fueran a trabajar chicos jóvenes. Tanto insistí, que al fin me contrató.

El trabajo era en un taller de la calle Bolivia, cerca de la plaza Flores. “Era un local de dos pisos, que desde afuera parecía que estaba clausurado. Las puertas y ventanas estaban cerradas y no se advertía que adentro hubiera movimiento de personas. En una pieza de cuatro por tres metros, en el segundo piso, dormíamos 16 personas. Nos apilábamos en camas marineras de tres pisos. En un cuarto vecino dormían 14 mujeres. Tres de ellas tenían hijos que se pasaban el día encerrados. Nunca salíamos a la calle. Ni los niños, ni nosotros, salvo los domingos, un rato.”

–¿Cuánto les pagaban y cómo era la comida que les daban?

–Los sueldos eran de 300 pesos por mes y no de 1500 dólares como habían prometido. En esa época, en la Argentina un peso era un dólar. Lo que nos daban de comer era lo siguiente: por la mañana, una taza de café o Toddy, con su pan; al mediodía una sopa que tenía cuatro arroces, una papa y nada más; de segundo plato venía una porción de ensalada de zanahoria, algo de arroz y un pedacito de carne, puro nervio. A las tres de la mañana, cuando terminábamos de trabajar, nos daban lo mismo que al mediodía, pero esta vez con un pedacito de milanesa.

–Las denuncias de los últimos días afirman que las condiciones de trabajo y de salubridad eran inhumanas. ¿Cómo eran entonces?

–El taller funcionaba en otro sector del segundo piso y en la terraza. En la planta baja estaban los dueños. Por eso no se escuchaba casi nada desde la vereda. Los dueños, un matrimonio boliviano de apellido Califaya, tenían tres hijos. Los talleristas teníamos un solo baño para más de 30 personas entre adultos y niños. Era un baño improvisado, lleno de mugre. Yo trabajaba en la terraza, de las seis de la mañana hasta las tres del otro día. Dormía tres o cuatro horas, a lo sumo. Tenía que doblar, planchar con las manos, unos 1200 pantalones de tela de jean por día. En el taller boliviano la marca era UFO, no sé si era o no la original. Después estuve en un taller coreano, donde los jean eran marca Toby.

–¿Cómo eran las condiciones de trabajo en el local coreano?

–Eran muy similares al otro. El taller quedaba sobre la calle Curapaligüe. La casa de los dueños daba a la calle y nosotros trabajábamos en un galpón que estaba al fondo. Nos cerraban la puerta con llave. En el taller boliviano estuve una semana y me fui porque un paisano que era de Cochabamba me reconoció y sabía que era periodista. La dueña me dijo: “Se me va, porque no quiero ningún lío”. En el taller coreano estuve un solo día. Me dijeron que tenía que cortar las telas de jean y que teníamos que trabajar cuatro meses seguidos, sin salir a la calle. Los dueños no estaban encima nuestro, como en el otro lugar, porque nos controlaban por monitores de TV. Había cámaras por todos lados. Yo no quería estar tres meses y entonces me puse a arrojar las bovinas de tela. Enseguida vinieron y me echaron.

Por la nota publicada en 2000, en el diario Los Tiempos, Marco Antonio Santibáñez Soria obtuvo ese año el Premio Nacional de Prensa otorgado por la Asociación de Periodistas de Bolivia. Hoy Santibáñez trabaja para Canal 11, que depende de la Universidad de Cochabamba.

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