EL PAíS

Lo público, lo privado, la picadora

 Por Mario Wainfeld

Una pregunta remanida pero ineludible, reeditada por la cobertura del asesinato de Nora Dalmasso, es qué hacen los medios con el público.

Editar y editorializar, si se permite al cronista incursionar en etimologías, tienen la misma raíz. Editar es jerarquizar, privilegiar, ostentar lo importante, minimizar lo subalterno, evitar lo deleznable. Si está en juego un homicidio, que se entrevera con la esfera particular, lo esencial es la privación de la vida, un crimen capital. Las peripecias privadas son secundarias y así deben ser tratadas. Lo imponen el decoro y, ya que estamos, el artículo 19 de la Constitución que reserva “a Dios” “las acciones privadas de los hombres” y las declara “exentas de la autoridad de los magistrados”. Que deberían ser exentas consonantemente del ágora, o del ágora mediática, que es lo que hay.

La pesquisa se encarniza con los detalles privados y relega, casi al tono de la nota color, al crimen. De un modo apenas disimulado todo se desliza de lo esencial a lo subalterno, inclusive la condena social que tiende a recaer más sobre la víctima que sobre la ignota figura del homicida. En un asesinato no develado, en plena etapa del sumario, las hipótesis más imaginativas o descabelladas se publicitan con megáfono. Los medios multiplican ese desenfreno, dando por hechos lo que son conjeturas, transformando en relato lo que son puntas para acopiar pistas.

El rating minuto a minuto parece jugar su papel afrodisíaco. Los movileros que hacen guardia en “el lugar del crimen” (que es hogar de una familia) prolongan su presencia innecesaria, seguramente en aras a la aguja que sube. Se repiten, improvisan, especulan. La polémica del caso se reabre: ¿“la gente” quiere que le den eso o mira eso porque se lo dan?

Es factible que ésa sea una zona gris, que tal vez no permita una respuesta excluyente. De todas maneras queda latente otra pregunta más inquietante que, a modo precursor, formulara el sociólogo Oscar Landi hace ya 20 años y es qué hace la gente con los medios, con la tele especialmente. Pongamos a un lado al público, invisible, polifacético y miremos a los transitorios protagonistas.

Pensemos en el viudo de la víctima, en una de sus amigas que ya habló, en las que pronto dirán lo suyo. ¿Qué los lleva a mostrarse, como hacen tantos otros en trances similares, al menos en su condición de dolorosos y críticos? ¿Qué los induce a someterse a interrogatorios sobre el ámbito reservado de sus vidas, sobre dudas, celos, modos de convivencia, perdones, ajustes de cuentas con amigos? No ha de ser la ilusión de contradecir el sentido común extendido que ha devenido historia oficial. Nadie es mediáticamente analfabeto en estos tiempos, menos personas de clase media acomodada, nadie puede imaginar que su testimonio se sustraerá a la picadora de carne, al consenso irrebatible. ¿Qué lleva a personas doloridas, que atraviesan crisis formidables, a compartir en formatos variados sus cuitas con extraños, a ponerse en el centro de la escena, merced a su desdicha?

Una respuesta posible sería que lo hacen cediendo al asedio periodístico, que pasa de incómodo a lo irresistible. No es una respuesta satisfactoria, pero tampoco la más decepcionante. Quizá no sea la que más se acerca a la realidad en la mayoría de los casos. Quizás haya una compulsión expandida a exhibirse en la tragedia, en la desgracia, a formar parte del espectáculo diario, así sea en un rol desairado pero, también, de protagonista en horarios centrales.

En el camino, se consuman muchas barbaridades. La ley prescribe, sanamente, preservar del acoso mediático a los menores de edad relacionados con delitos. Pero héte aquí que el hijo menor va con el padre a una, a dos conferencias de prensa. No habla, pero se expone, las cámaras hurgan en su rostro, nadie (ni este cronista) se priva de imaginar qué piensa, qué siente.

Ha habido casos de víctimas más recatadas, que supieron deslindar límites. Los padres de los pibes de la escuela ECOS rehusaron que hubiera cámaras en torno de sus duelos. En estos días reaparecieron, para pedir mejores leyes de tránsito, mayor control estatal.

El padre de Martín Castellucci, presuntamente asesinado por dos patovicas en Lanús, tampoco ostentó su dolor ni puso en acto su rabia. Hizo conocer que se habían donado los órganos de su hijo, cumpliendo su deseo. Y pidió ayuda para investigar el homicidio.

En los dos casos, los damnificados fueron a los medios usándolos como ciudadanos, propagadores de acciones públicas, políticas en sentido lato. Pero no expresando sus tribulaciones personales, propalando lo que sólo concierne a su esfera privada.

Los casos diferentes existen, demostrando que es posible evitar agregar carne a la picadora, al bajo precio de moderar la tentación exhibicionista. Pero son muy minoritarios, lo que debería dar que pensar.

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Imagen: Télam
 
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