SOCIEDAD

El libro del cielo y el infierno

Editorial Norma acaba de distribuir esta excursión de Toker y Rudy a los pecados, capitales y no tanto. Antología de humor y pensamiento, con algunas historias formidables, su elenco va del Diablo a Menem, adivinen con qué pecado.

 Por Rudy y Eliahu Toker

Cielinfierno, versión 1

Se muere Alain Delon y va al cielo. Allí se encuentra con San Pedro.

–Bon jour, San Pedro.

–Buen día, ¿quién es usted?

–¿Cómo que quién soy yo? Soy Alain Delon, el de Los Aventureros, el Gatopardo, ¡el sex symbol de los ’60!

–Ya, ya –dice San Pedro–. Veamos en mi agenda, porque yo no lo conozco.

Mira en la agenda: –Delon, Delon... Ah, sí, acá está. Habitación 256, por favor.

Alain Delon va a la habitación, entra y se encuentra con una mujer monstruosa, horrible, una gorda de 400 kilos, llena de verrugas, barbuda, pelada; lo peor. La puerta de la habitación se cierra de golpe y por los parlantes se escucha:

–”Alain Delon, por tu vida licenciosa y llena de pecados, estás condenado a vivir con esta horrible mujer por toda la eternidad...”

Se muere Bruce Willis. Llega al cielo, se encuentra con San Pedro.

–Hi, San Pedro, soy Bruce Willis.

–¿Quién?

–¿Cómo quién? Bruce Willis, el actor, el ídolo de multitudes, el Duro de Matar 1, 2 y 3... El de Pulp Fiction...

–A ver –dice San Pedro, y mira en su agenda–. A ver: Wayne... Willis, sí, acá está. Bruce Willis: habitación 321, por favor.

Allí va Willis, entra, y adentro hay un watusi, de 4 metros de alto y otro tanto de ancho que lo mira como diciendo “¡Dunga dunga o muerte!”. Otra vez se cierran las puertas, y se escucha por los parlantes:

–”Bruce Willis... por tu vida licenciosa y llena de pecados, te verás obligado a convivir con este fiero watusi por toda la eternidad...”

Se muere Menem y también va al cielo. San Pedro lo reconoce enseguida. Gran abrazo.

–¡San Pedrito!

–¡Carlitos, te esperábamos, ídolo! Mirá, para vos tenemos algo especial... Andá a la habitación 211, por favor.

Allí va Menem, y adentro está Kim Basinger. Se cierran las puertas, y entonces... se escucha por los parlantes:

–”Kim Basinger, por tu vida licenciosa y llena de pecados...”

Cieloinfierno, versión 2

Un día en el futuro George Bush tiene un ataque al corazón. Inmediatamente va al infierno, donde el diablo lo está esperando.

–Realmente no sé qué hacer contigo –dice el diablo–, estás en mi lista pero no tengo lugar para tenerte. Pero tenés que quedarte aquí, así que vamos a hacer lo siguiente: Hay alguna gente aquí que no fue tan siniestra como vos, así que voy a dejar que se vaya alguno y vos tomás su lugar. Es más, lo voy a decidir a indicación tuya.

Bush pensó que sonaba bastante bien, así que el diablo abrió el primer cuarto.

Allí estaba Ronald Reagan y había una gran pileta de natación. Todo lo que hacía Reagan era zambullirse en el agua y volver a salir una y otra y otra vez. Ese era su destino eterno en el infierno.

–No –dijo Bush–, esto no me gusta, no soy buen nadador y no puedo estar haciendo esto todo el día.

El diablo abrió el segundo cuarto. Ahí estaba Richard Nixon con un martillo y un cuarto lleno de piedras. Picaba piedras todo el día.

–No –dijo Bush, no puedo hacer esto todo el día, tengo problemas con mi hombro y no voy a estar picando piedras todo el tiempo.

El diablo abrió el tercer cuarto. En él Bush vio a Bill Clinton tirado en el piso con las manos detrás de su cabeza. Agachada sobre él estaba Mónica Lewinsky haciendo lo que ella sabe hacer mejor.

Bush se puso contento:

–Aquí, aquí, aquí me quiero quedar, déjeme acá.

Entonces el diablo sonrió y dijo:

–OK Mónica, podés irte.

- - -

San Pedro está enviando gente al cielo o al infierno. De pronto, recibe un llamado urgente por su celular y se tiene que ir. Llama a un ángel joven y le dice:

–Mirá, yo me voy un ratito, y quedás vos a cargo.

–Pero –dice el joven– ¿y yo cómo hago para saber a quién mandar al cielo y a quién al infierno?

–Es muy fácil –le dice San Pedro–. Acá tenés una Biblia y un fajo de billetes de 100 dólares. Vos se los ofrecés a cada alma que venga. Los que agarran la Biblia van al cielo, los que agarran los dólares van al infierno. ¡Y listo! Y cualquier duda me llamás al celular celestial.

Y San Pedro se va. Como a los diez minutos recibe una llamada.

–Soy yo –dice el ángel joven– se me acaba de presentar un caso muy extraño.

–¿Qué pasó? –pregunta San Pedro.

–Vino un tipo, bien vestido. Yo le ofrecí la Biblia y los dólares. El tipo tomó la Biblia. Empezó a hojearla. A las dos páginas dijo “Uy, qué hermoso concepto” y puso un billete para señalarlo. Luego, cuatro hojas más tarde dijo: “Uy, qué párrafo tan aleccionador” y agarró otro billete... y así, hasta que se llevó todo el fajo. ¿Qué hago?

Y San Pedro:

–Dejalo pasar, que es del Opus.

La envidia

A una escuela de Buenos Aires ingresa un niño japonés muy estudioso.

Cierta vez pregunta la maestra: –¿Quién dijo: “Veni, vidi, vinci”?

Y sólo el japonesito levanta la mano:

–Julio César en el año 50 antes de Cristo, señorita.

–Muy bien, Toshiro, y ahora veamos: ¿Quién dijo “Cuarenta siglos me contemplan”?

Y otra vez el japonesito levanta la mano:

–Napoleón Bonaparte, a principios del siglo XIX, señorita.

Y la maestra no llega a felicitarlo, cuando desde el fondo de la clase se oye:

–¡Japoneses hijos de puta!

Y la maestra –¿Se puede saber quién dijo eso?

Y el japonesito se para y dice:

–¡El general Mc Arthur, 1944, señorita!

- - -

Y otra historia parecida. Dos semanas después de comenzadas las clases, Anastasio, un estudiante latinoamericano, llega a un aula de la Universidad de Massachusetts. Se presenta ante el profesor, le explica su retraso y éste le permite pasar.

–Empecemos –dice el profesor–, revisemos un poco de historia de los Estados Unidos. ¿Quién dijo la frase: “Denme la libertad, o denme la muerte?” Un mar de caras inexpresivas, excepto la de Anastasio, que levanta la mano:

–Patrick Henry, 1775.

Continúa el profesor:

–¿Y quién pronunció la frase: “Un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no desaparecerá de la tierra?”

Nuevamente Anastasio, con la mano en alto, y responde:

–Abraham Lincoln, 1863.

El educador pierde compostura y regaña a toda la clase:

–Debería darles vergüenza que este muchacho, recién llegado a nuestro país, sepa más que ustedes.

El maestro se vuelve hacia el pizarrón para escribir la siguiente pregunta, cuando escucha a un estudiante susurrar:

–¡Malditos latinos!

–¿Quién dijo eso? –pregunta molesto el profesor.

–Primer Movimiento Raza Blanca, 1985 –contesta Anastasio.

Otro estudiante, fastidiado y apabullado por la superioridad de conocimientos de Anastasio, anuncia desde el fondo:

–Voy a vomitar.

–¿Quién dijo eso? –inquiere nuevamente el docente.

–George Bush al Primer Ministro japonés, 1991 –indica, otra vez Anastasio.

Ahora, ya verdaderamente irritado, un tercer estudiante le grita a Anastasio:

–Eh, ¡chupame el pito!

–¿Quién fue el que dijo eso? –pregunta, furibundo, el profesor.

–Bill Clinton a Mónica Lewinsky, 1998 –afirma Anastasio.

uuu

Había un oso y un conejo que caminaban por el bosque, peleando el uno con el otro, cuando de pronto encontraron una lámpara maravillosa. El genio les concedió tres deseos a cada uno.

El oso pidió primero:

–Yo quiero que todos los osos de este bosque sean hembras.

–Concedido.

El conejo habló:

–Yo quiero un casco de moto.

–Concedido.

El oso extrañado por el pedido del conejo continuó con su segundo deseo:

–Para estar seguro deseo que los osos de todos los bosques vecinos sean hembras.

–Concedido.

El conejo solicitó su segundo deseo:

–Yo quiero una moto Harley Davidson.

–Concedido.

El oso asombrado por los gustos del conejo, hace su tercer deseo:

–No quiero correr riesgos: quiero que todos los demás osos del mundo sean hembras.

–Concedido.

El conejo arranca en su moto y cuando está a 100 metros grita su último deseo:

–¡¡¡Quiero que el oso sea puto!!!

- - -

Uno de ciencia ficción. En el futuro los negros les ganan la guerra a los blancos y dominan el mundo. Muchos años después, una expedición de cazadores negros va por los pantanos de Florida, en los Estados Unidos, mientras unos esclavos blancos les llevan el equipaje.

Hartos de andar, los blancos piden permiso para descansar un rato, y los negros se lo otorgan.

Entonces los blancos se sientan en un círculo, y se ponen a cantar, como un lamento:

–”Arroz con leche, me quiero casaaaaar...”

Y un negro que los escucha, le dice a otro:

–¡Estos blancos...! ¡¡Qué maravilla, tienen el ritmo en la sangre!!

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