EL PAIS › EL DECANO DE VETERINARIA, RUBEN HALLU, FUE ELEGIDO RECTOR EN UNA ASAMBLEA EN EL CONGRESO

Una elección entre protestas y corridas

Grupos de estudiantes de la FUBA intentaron impedir que se reuniera la asamblea universitaria y chocaron con los efectivos policiales que rodearon el Parlamento. Hubo heridos y detenidos. Dentro del Congreso también se produjeron incidentes, pero menores. El nuevo vicerrector será el decano de Arquitectura, Jaime Sorín.

 Por Javier Lorca

–¡Se levanta la sesión!

El bramido de Rubén Hallú fue la primera frase que alcanzó a oírse claramente en la asamblea.

–¿Qué pasó? –preguntó la decana de Psicología, entrando con zapatillas blancas en el Salón Azul.

–¿Qué ponemos en las actas? –preguntaron los asombrados taquígrafos de la universidad, que ni alcanzaban a asomarse.

Entre gritos y empujones, golpes y tumultos, corridas, insultos y escupitajos, se consumaba la más polémica y caótica elección de un rector en la historia de la Universidad de Buenos Aires (UBA), sin que se enteraran muchos de los 190 asambleístas ahí acreditados. Muchos, incluso, de los mismos que alzaron sus manos para votar, menos a sabiendas que por imitación. Después, las desprolijidades forzadas por la protesta fueron atenuadas con un acta: 170 asambleístas firmaron su voto por Hallú, flamante rector peronista con mandato hasta 2010; otros 15 se abstuvieron y sólo dos consejeros votaron en contra. Poco más tarde, Jaime Sorín era electo vicerrector. Tras ocho meses de crisis y cinco asambleas frustradas, el “acuerdo de gobernabilidad” consensuado por los decanos lograba plasmarse pese a la reiterada oposición de los estudiantes nucleados en la FUBA que, fuera del recinto, eran rechazados violentamente por la policía, dejando heridos y detenidos (ver aparte).

El Congreso estaba vallado desde el sábado a la tarde. El vasto operativo policial desplegado por el Ministerio del Interior involucraba ayer a cientos de policías que cortaban el tránsito por Rivadavia, Combate de los Pozos e Hipólito Yrigoyen, apostados con sus cascos, escudos y bastones, apoyados por camiones hidrantes y hasta un helicóptero. En la madrugada, grupos de estudiantes de izquierda (PO, MST, PCR, PTS, Izquierda Socialista) ya bloqueaban los posibles accesos en las bocacalles, formando un segundo cordón ante las vallas: el objetivo era impedir que ingresaran los asambleístas, citados a las 9, y exigir, antes de la elección, “la democratización de la universidad”. Esperaban cantando: “Esta es la FUBA, la FUBA piquetera, la que pelea por la educación”.

¿Cómo iban a entrar los representantes de profesores, graduados y alumnos? Esa era la gran incógnita de la mañana. Los rumores proponían las hipótesis más insólitas y la realidad estuvo (nunca tan apropiada la frase) a la altura de las circunstancias. La mayoría de los consejeros se habían organizado por facultades, en celoso secreto. Cerca de las 8 habían abordado micros y combis, con custodia policial, y esperaban instrucciones en constante movimiento por los alrededores del Congreso. Hasta que llegó la voz oficial de mando: todos a la estación Lima del subte A. Los únicos que no acataron fueron los consejeros de Derecho y Agronomía. Los demás, sin pagar boleto, abordaron una formación del subte, vacía para la ocasión. El destino, la estación Congreso, con salida justo en la puerta del Parlamento, ya dentro de la zona protegida. Así quedaba sorteada la masa convocada por la FUBA, pero unos veinte estudiantes vinculados a la federación que, siendo consejeros, tenían credenciales para superar el vallado y ahí, sobre Rivadavia, esperaban para obstruir la salida.

“¡Salen por allá! ¡No, salen por allá!”, gritaban y corrían de una boca de salida a la otra, mientras los asambleístas se acercaban desde las profundidades. La policía esperó a que los militantes se juntaran de un lado y dispuso un cordón cortando la avenida. Subrepticiamente, los decanos y demás consejeros comenzaron a salir por el otro, más cerca de Combate de los Pozos, y a correr hacia dentro del edificio. Los estudiantes se lanzaron contra los policías, chocaron una y otra vez. Desde las esquinas, como morterazos, empezaron a llover huevos. Nerviosa (pero afortunada), una profesora resbaló sobre el regalito que, en los últimos escalones de la salida subterránea, había dejado un robusto perro policial. Para entonces, la gresca crecía, las corridas y escaramuzas se multiplicaban, azuzadas por las lejanas tribunas. Las escupidas llovían sobre los asambleístas que seguían entrando. “Me pegaron una patada en el estómago”, dijo, entre arcadas, Nadia Nicolau, alumna de Arquitectura.

A las 9.30 todos lograron entrar y los forcejeos se mudaron al primer piso, con nuevos protagonistas, gruesos muchachos de seguridad. Uno de ellos abrazaba sin cariño a Leonardo Perna, de Ingeniería, que igual se las arreglaba para vociferar: “Están reprimiendo brutalmente para mantener los negociados en la UBA”. Disputando la entrada al Salón de los Pasos Perdidos –donde se acreditaban 190 de los 236 asambleístas– se formó un intenso scrum. Hacia las 10, la trifulca pasó al Salón Azul. Militantes de agrupaciones vinculadas a Franja Morada afinaron un “asamblea, queremos asamblea”, ganando aplausos y adhesiones. Para complicar, los 20 estudiantes de la FUBA ocuparon estratégicamente los asientos de las autoridades. Algo afiebrados, Sorín y Alberto Barbieri, decanos de Arquitectura y de Económicas, iban y venían, tratando de poner en marcha la sesión a pesar del descontrol. Cuando llegó el sistema de audio, Barbieri quiso encender el micrófono en medio de la sala, pero Juan Pablo Rodríguez, copresidente de la FUBA, se lo arrebató de un golpe, que le fue devuelto por un militante morado de Económicas.

Las sillas caían, los trajes se desaliñaban y, en el bullicio y la agitación, los rostros académicos mezclaban gestos enardecidos, de estupor o circunspectos, también pena y preocupación. Flanqueado por Hallú, Barbieri logró parapetarse en un extremo del salón. Se lo veía gesticular, pero a pocos metros de distancia no se oía nada de lo que decía. De pronto, los asambleístas que estaban a su alrededor levantaron los brazos. Como una ola renuente, el movimiento se contagió y ya había sido electo el sucesor de Guillermo Jaim Etcheverry, sin debate ni intercambio alguno. En ese momento lograron poner el micrófono en funcionamiento. “Me podrán escupir, empujar, pero mientras tenga vida, voy a luchar por esta universidad pública, gratuita y cogobernada, aunque a las minorías no les guste”, se despachó Hallú, al borde del llanto. Algunos asambleístas le sacaban fotos con sus celulares.

Cuando más tarde los consejeros pasaron a firmar el acta de la efímera sesión, se supo que su designación contaba con 170 votos, 51 más de los necesarios para ser ungido en primera vuelta, sufragios que provinieron de todas las facultades y de los más diversos sectores políticos. Excepto la izquierda estudiantil de la FUBA –que ni siquiera acreditó a sus asambleístas, al igual que agrupaciones independientes– y algunos consejeros profesores de Psicología, Exactas, Agronomía, Filosofía y Farmacia. “No seamos cómplices de esta asamblea completamente irregular”, denunció Ileana Celotto, graduada de Psicología. “No se puede responder a la ilegalidad con más ilegalidad”, lamentaba otro graduado, en minoría.

Enseguida, a las 10.50, en el contiguo Salón de Conferencias, comenzó a sesionar el Consejo Superior de la UBA, presidido por el rector que se estrenaba. Se dio a conocer una nota de Aníbal Franco, ofreciendo su renuncia como vicerrector, para posibilitar la elección de Sorín, aprobada con 20 votos sobre 26. Algo de lo que no se pudo decir en la asamblea fue dicho en el consejo. Sara Slapak, decana de Psicología, dio a conocer su disgusto con que “para sortear la violencia” se hubiera recurrido a “situaciones de confusión”. Después de una fugaz salutación traída en persona por Scioli –prolongación del guiño gubernamental inaugurado al ceder el Congreso para la asamblea–, la sesión siguió con elogios abundantes, críticas veladas para los pares y explícitas para la FUBA, y la elección de los secretarios del rectorado (ver “El gabinete...”). Como cierre, se confirmó que en febrero se conformarán y pondrán a trabajar las comisiones para reformar el estatuto de la UBA. “Ahora –se ilusionó Hallú–, a cargar las pilas para poner a nuestra universidad en marcha.”

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El rector Rubén Hallú afirmó que no habrá privatización y se comprometió a defender la gratuidad de la UBA.
 
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