EL PAíS › OPINION

El paraíso de la táctica

Las imágenes, desplazadas por la táctica. Los mitos urbanos sobre el electorado, sobre las fórmulas, sobre las relaciones causa y efecto. Hipótesis sobre votos fieles. Macri y su campaña clásica. La mutación del ARI. Candidatos que empujan de abajo hacia arriba. Y otros prodigios puestos a prueba.

 Por Mario Wainfeld

Hace mucho tiempo que se rezonga porque las campañas electorales se centran en la imagen y no en los contenidos, programas o plataformas. Es una tendencia internacional a la que la coyuntura local sazona con condimentos criollos. En la competencia por la Jefatura de Gobierno porteña las decisiones de los contendientes le agregan un dato llamativo. Lo que más se conversa son las tácticas, las movidas para sumar más votos. Los protagonistas las sinceran, sus adversarios y los medios las desmenuzan. En general todos dan la impresión de pensar en un electorado bastante estático, de reflejos y pertenencias muy previsibles.

Se parte de un par de postulados compartidos, aunque no demasiado comprobados. Tal vez eso sea parte de su seducción, no son corroborables, ergo no son falsables. Por añadidura, como casi todos los adoptan es difícil que las urnas los rebatan de modo inapelable.

Uno de ellos es que la composición de la fórmula (por mejor decir, su segundo término) es muy relevante.

El segundo, que hay candidatos minoritarios que tienen un considerable arrastre y fidelidad de sus votantes. El mix de esos dos postulados se aplica a Carlos Heller y a Enrique Olivera. En ambos ejemplos, uno concretado y otro en trance de cerrarse, se da por hecho que los vices amplían el espectro político, haciéndolo aceptable para gentes reacias a encolumnarse detrás del número uno de la fórmula. También se piensa que el socio minoritario aporta un capital de votantes, de alrededor del cinco por ciento, que (como cantan las hinchadas de fútbol) lo siguen a todas partes y cada vez lo quieren más. Con sondeos muy prematuros, hechos sobre una población muy distraída de los comicios y con un error muestral de dos o dos y medio por ciento, la teoría suena aventurada. Pero, bueno, está de moda.

El tercer postulado que integra el sentido común compartido es que ciertas identidades genéricas (centroderecha y centroizquierda) definen a los votantes capitalinos y condicionan mucho sus decisiones.

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En su escaso afán argumentativo, los candidatos más taquilleros proponen algunas disyuntivas básicas: elección nacionalizada (donde se encuadran el Frente para la Victoria por un lado y el ARI enfrente) vs. “intendencia” (telermismo, macrismo).

Como subordinada de la anterior está la controversia entre kirchnerismo y antikirchnerismo.

Centroderecha versus centroizquierdas es otra díada en la que hincan más el diente el oficialismo porteño y el nacional que sus competidores.

Esas identidades y abordajes tienen razones evidentes que se ahorran al lector. A gusto del cronista hay otra dialéctica digna de mención que es Macri-no Macri.

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La centrifugación de pertenencias partidarias, muy acelerada en 2001, torna casi teórico recordar elecciones del siglo pasado. Quien porfiara en dedicarle un rato debería recordar que hubo dos partidos dominantes en el distrito, el radicalismo y el Frente Grande, ambos caídos en desgracia. Y un tercero, muy tercero, el Partido Justicialista. ¿Conservarán sus simpatizantes fidelidad de voto para transferir en nuevos odres? Hete ahí un enigma significativo. Si la tuvieran cabría inferir que Daniel Filmus se beneficiaría con casi todo el caudal de frentegrandistas y peronistas. Y que Jorge Telerman, si se plasma su coalición con el ARI, debería capitalizar el de los seguidores históricos del radicalismo, consiguiendo una alquimia digna de la concertación plural: poner a la vera de su peronismo sui generis a las huestes del socialismo, de Elisa Carrió, de Libres del Sur, la Ucedé, de Jesús Rodríguez y Enrique Nosiglia.

La impresión expandida y más plausible es que esas viejas identidades son subalternas a otras valoraciones de los porteños. De hecho, si Filmus o Telerman cosecharan todos los apoyos pretéritos del FG-PJ o de la UCR-ARI, los dos estarían en la puerta de la segunda vuelta. Algo casi imposible, porque la pole position la tiene el presidente de Boca. Esos votos de pertenencia son, hasta aquí, virtuales. Y es seguro que en el tangible acervo de Macri, superior al tradicional de otros dirigentes de derecha, hay aportes de ex votantes del radicalismo y del peronismo.

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Todos han hecho jugadas asombrosas. Mauricio Macri pegó un triple salto mortal, pasando de la nación a la Capital. Tras ese ejercicio innovador a nivel planetario, la suya es la campaña más clásica. Tanto que evoca a las de otras latitudes, en las que existe el esquema “centroderecha” “centroizquierda” que Kirchner dice estimar y al que Macri quisiera arribar. En el diseño pesará la impronta de su asesor estrella, el ecuatoriano Jaime Durán Barba, importador de tecnologías electorales. De cualquier forma, el rumbo elegido es bastante sensato, tomando en cuenta el historial del líder de PRO.

Macri fue votado en 2003 y 2005 por un público constante. Si ese conjunto de ciudadanos (que excede el treinta por ciento del padrón y no llega al cuarenta) fueran pobres selectas tribunas de pensamiento o de doctrina los describirían como “cautivos”. Fue inmune dos veces a lo que se endilgaba al “primer” Macri (la herencia de papá Franco, la relación con la corrupción, la adscripción al menemismo), todo indica que lo seguirá siendo. Cuesta creer que lo desalienten nuevos issues negativos más recientes como la pereza y el ausentismo en Diputados, la violencia en Boca, la foto con la pibita en el basural.

Con ese bagaje envidiable aunque (¡ay!) insuficiente, el ingeniero-heredero hace lo que estipulan los libros, que otros leen. Es quien menos innova en su perfil, en las imágenes que emite, en sus alianzas. Mantuvo su partido bastante ordenado y sin dispersiones desde 2005. Su táctica es la convencional para un aspirante dominante en votos pero que no alcanza la mayoría necesaria, acá, en Connecticut o en Lyon: conservar su caudal y “correrse” a centro para acceder a lo que le faltó en 2003. Pescar al electorado flotante, he ahí la cuestión.

Opositor de pálpito, Macri se guarda bastante de ser virulento contra el Presidente. Sabe que muchos lo eligen por eso, pero ya cuenta con sus votos. Escabullirse la mayor parte del tiempo de la escena nacional y subrayar su ansia de gestor local es un berretín que luce rentable.

Tiene un piso muy alto y un nivel de rechazo todavía mayor que, según los encuestadores de mejor reputación, está mermando. La idea de que está condenado a no llegar al 50 por ciento, al modo de Carlos Menem o el francés Jean-Marie Le Pen en memorables elecciones para presidente, es demasiado traída. Prejuzga inmutable a una masa de votantes de la que Macri, comparando con su desempeño en la segunda vuelta de 2003, debería traccionar menos de un cinco por ciento. Las distancias que debían salvar el riojano o el fascista francés eran muy superiores, indescontables.

Con las fichas que hay en la mesa, con sus adversarios más competitivos abocados a una interna despiadada, Macri es el favorito a suceder a Telerman. Las cartas no están echadas, la política juega, pero carga sobre sus rivales la imperiosa necesidad de romper la inercia, que lo favorece.

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Muchas astucias e innovaciones prodigan los comandos de campaña. Su saber es una ciencia de pura aplicación, resultadista a la enésima potencia. Si les va bien, se hablará de hallazgos, de lo contrario serán lapidados como errores.

Repasemos en los tres próximos párrafos algunas creaciones recientes.

Telerman, a partir de sus tratativas con Enrique Olivera, redireccionó su perfil, que se sustentaba en una ingeniosa ambigüedad respecto del kirchnerismo. No chocar con el oficialismo nacional, sin integrarlo, parecía una propuesta sugestiva para el padrón porteño. Elisa Carrió es, según cualquier encuesta cualitativa, la dirigente más opositora al gobierno nacional. Una alianza con ella no será neutral respecto del target de Telerman. ¿Sumará votos el cambio? Chi lo sa.

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Carrió es la persona que más ha mutado en estos meses. Si se prescinde de su oratoria, siempre autoelogiosa, se nota que ha tenido conductas inimaginables en ella tiempo ha. Muy básicamente, respondió a la crisis de su fuerza con herramientas bien convencionales que mezcló con gestos personales diferenciales. El saldo es, de momento, sorprendente. Su última acción fue intervenir la sección Capital de su partido, a cuya conducción había renunciado. Resolver la disidencia interna con medidas disciplinarias es una costumbre compartida de los grandes partidos, se suponía que el ARI funcionaba distinto.

Sus zigzagueos (oferta a Jorge Lanata, menoscabo a la potencialidad de Olivera, negociación con Telerman con Olivera recolocado como vice) pueden terminar poniendo al ARI en un punto bien semejante al radicalismo K o al radicalismo L: secundando a un candidato peronista para salvar la ropa. Una concesión a la real politik. La diferencia es que los correligionarios sinceran más sus necesidades prácticas y Lilita se sigue valiendo de una retórica moralista que no da cuenta de sus cambios de ángulo. Tampoco de cómo varió su parecer respecto de Telerman, a quien sindicaba hace un par de semanas como una variante del kirchernismo y un aliado de Julio De Vido. La diputada María América González podrá sostener sin cambios ni contradicciones ese discurso, pero acompañando a Claudio Lozano en su intento de hacer una brecha en la “polarización entre tres”.

Las disputas con sus compañeros y aun la fuga de muchos de ellos quizá no hagan mella en Carrió, cuyo predicamento político multiplica al de todos los que militaron y actuaron a su lado. Esto no es un elogio ni habla de un liderazgo abierto a la participación y al crecimiento de sus aliados.

La polémica interna del ARI no es tan distinta a la de los radicales, tampoco. El hecho que se soslaya es la pérdida de potencial en el único distrito donde todavía talla, en el que salió segundo en 2005. Sus cambios de frente buscan evitar que el drenaje de votos se haga patente, entre otras variables. El instinto de supervivencia es un reflejo lógico de los partidos políticos, un factor común en el que recaen hasta los que se designan diferentes.

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Filmus y Telerman juegan con listas de legisladores variopintas, un rebusque para gambetear discusiones internas. Las listas sábanas (ajj) sinceran la pertenencia compartida de sus candidatos. Las listas “colgadas” disimulan (o posponen, piénsese en la Legislatura que derrocó a Aníbal Ibarra) diferencias no zanjadas.

Ginés González García e Ibarra, cabezas de las listas de legisladores que van con Filmus, encarnan otra originalidad. Los dos son figuras con peso propio, muy grande, de perfil público más alto que el postulante al Ejecutivo. Es una combinación exótica, urdida para que le sumen pero que afronta el albur de que lo opaquen. ¿Qué pesará más? Chi lo sa.

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La Capital es un distrito atípico, diz que díscolo. Sin embargo, en las tres elecciones a jefe de Gobierno no estuvo tan alejada del clima nacional. La victoria de Fernando de la Rúa anticipó el ocaso del menemismo. Ibarra triunfó dos veces, siendo el favorito de los respectivos gobiernos nacionales.

Su población es refractaria al peronismo y al centroderecha, pero da la impresión de que de esos universos saldrá su nuevo gobernador.

Un damero de tácticas se ensayan, algunas serán sacralizadas por el éxito. Todavía queda mucho por verse, incluso puede suceder que alguno de los que brega por el podio enuncie un discurso político.

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Imagen: Télam, Leandro teysseire & Sandra Cartasso
 
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