EL PAIS › REFLEXIONES SOBRE LO QUE DEJARON LAS ELECCIONES

Votos, hechos y palabras

Cuatro miradas analizan el proceso electoral y el nuevo escenario político. La expresión del eje peronismo-antiperonismo y su relación con los alineamientos de centroizquierda y centroderecha. Los discursos de la presidenta electa y de los demás candidatos.

 Por Maria Esperanza Casullo *

La exclusión popular

En política, las palabras valen como hechos. En momentos como éste, cuando se cierra el ciclo agitado de una campaña presidencial, es dable releer, ya con los números puestos, las palabras de los ya no más candidatos para buscar claves, pistas de lo que vendrá. La semiología enseña que la ideología de un enunciador se puede reconstruir a partir de las huellas que su enunciación deja en el discurso, y que las más importantes entre estas huellas son los deícticos, aquellas palabras cuya referencia depende, justamente, de la enunciación. (Los deícticos son palabras graciosas. Si yo digo “yo”, soy yo, pero si vos decís “yo”, entonces el referente de “yo” no soy yo, sino vos, pero aun así nos entendemos.)

Los deícticos más importantes en un discurso ideológico son aquellos que remiten a la construcción de un “nosotros”, de un “ustedes” y de un “ellos”. Toda acción política requiere de un “nosotros” (los aliados, los que compartimos un campo ideológico) que les habla a un “ustedes”: aquellos que, sin ser nosotros, podrían serlo y a los que se intenta convencer. El eje “nosotros-ustedes” se contrapone al “ellos”, aquellos que ni pertenecen al “nosotros” ni tampoco pueden hacerlo. “Ellos” suele referir al enemigo directamente a un Otro, alguien lejano, remoto y diferente. Tal vez la potestad más importante de un líder político sea marcar, con sus palabras y actos, los límites entre nosotros y ellos y dividir así el campo. La historia argentina ha sido pródiga en discursos que diferenciaban estos campos en dicotomías. Nosotros, los de la causa, contra el régimen. Nosotros, el pueblo, y ellos, la oligarquía. Nosotros, democráticos y ellos, los autoritarios. Nosotros, la gente, y ellos, los políticos corruptos.

Pero la lectura de los discursos de la futura presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, y de los dos líderes más importantes de la oposición, nos depara una sorpresa: estas diferencias están desdibujadas como nunca antes. Los tres candidatos se dirigieron casi todo el tiempo a un “nosotros” muy generalizado, abarcativo, prácticamente sin límites. En esos discursos, las relaciones de amigo-adversario aparecieron llamativamente veladas, en un juego en el que nadie llamó al adversario por su nombre ni se marcaron fronteras ideológicas.

Cristina les habló a los “compatriotas”, a “los argentinos”, a “todos los hombres y mujeres, a los que nos votaron y los que no”. Ni una referencia al pueblo, ni a los trabajadores, sólo al final a sus “hermanas de género”. En ningún momento señaló a una tercera persona adversarial (ni siquiera habló de “los que quieren volver a los noventa”), sino que incluso quiso “convocar a los que tal vez pudieron habernos agraviado”. Llamativamente, las ideas que presentó para su futuro gobierno (concertación, pluralidad, buena sociedad, reconstrucción del tejido social) son prácticamente indistinguibles de los conceptos centrales de los discursos de los otros candidatos.

Su público, su “ustedes”, intentó varias veces insertar un “nosotros” en su enunciación, recortar un campo de identidades más pequeño dentro de los abarcativos. Lo quisieron hacer cantando “somos la gloriosa JP”, primero, y ya al final, entonando, solos y a capella, la marcha peronista.

Roberto Lavagna les habló a los “compatriotas” y sólo particularizó el agradecimiento a sus militantes juveniles. Llamó a rescatar a los partidos tradicionales, pero no aclaró en cuál de ellos se incluye. Su discurso no abundó en marcaciones polémicas. Lavagna siempre tiende al discurso técnico.

Elisa Carrió fue tal vez la que puso un límite más claro a su “nosotros” político desde lo discursivo. Puntualizó nombres (“les ganamos a Alfonsín y Duhalde”) y construyó un “ustedes”, sus votantes, caracterizado por los atributos positivos de la modernidad y la libertad, frente a un “ellos”, no libre, sujetado por “el aparato y el clientelismo”. Sus adversarios, los viejos partidos y las prácticas de un “poder” más difuso, no son llamados por su nombre. Finalmente, Carrió aludió a la más antigua y persistente de las antinomias argentinas cuando dijo que “ningún país civilizado del mundo puede, sin escrutar el 60 por ciento, proclamar una presidencia”. (Nosotros, inmersos en un país no civilizado, que aspiramos a ser a lo que ellos, los de los “otros países”, son: “modernos, civilizados, en serio”.)

Al revisar todas estas referencias al pluralismo, la modernidad, la racionalidad, llama la atención que todos los discursos excluyan cualquier referencia al (posible) sujeto político una vez llamado “pueblo”. Hoy nadie habla de, ni a, el pueblo, ni a los desposeídos, ni a los trabajadores. El campo popular, hoy, está excluido del discurso político.

Desde un punto de vista, que la política esté recorrida por discursos que apelan a la inclusión, al pluralismo, a difuminar los límites entre “nosotros” y “ellos” es un avance hacia formas racionales de resolver diferencias políticas. El peligro, como advierte Chantal Mouffe en su último libro, es terminar así en una política en la que o bien no hay diferencias (la política reducida al ámbito gris de la administración burocrática) o bien esas diferencias, al no poder expresarse de manera propiamente política, derivan en conflicto. Habrá que ver qué nos depara el destino.

* Escuela de Política y Gobierno, Universidad Nacional de San Martín.

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