EL PAíS › OPINIóN

El campo y la escarapela

 Por Rubén Dri *

Toda lucha social y política siempre se desdobla en el momento material y el espiritual, en virtud de la constitución del ser humano, totalidad de práctica y conciencia, práctica y teoría, práctica y crítica. El momento propiamente material, el de la práctica, es el de las grandes manifestaciones, el de los cortes de ruta, el de las marchas y concentraciones, el de las agresiones.

El momento “espiritual” es el de los discursos, el de las arengas, el de los clamores, el de los cánticos, pero sobre todo el de los símbolos. Toda lucha social indefectiblemente se desdobla en una lucha simbólica y, como los símbolos son polisémicos, la lucha simbólica se expresa en una lucha hermenéutica. El mismo símbolo es sometido a diversas y contrapuestas interpretaciones.

La lucha actual que diversos sectores contrapuestos de la producción agrícola y ganadera han entablado en contra de la política de retenciones llevada adelante por el Gobierno se expresa como la lucha del campo. Pero ¿qué es el campo? ¿Es el pequeño pedazo de terreno de 11 hectáreas que tenía mi padre y que desapareció bajo las aguas ocasionadas por la represa de Salto Grande? ¿Es la estancia correntina que tiene 11 mil hectáreas? Es la de los terratenientes de la Sociedad Rural que antes se denominaban oligarquía? ¿Por qué la oligarquía dejó de ser tal? ¿Qué es lo que la hizo cambiar?

Si la lucha es la del campo, ¿quién puede oponerse?. Todos defendemos el campo. El problema es que en esta lucha económica y profundamente política astutamente se ha recurrido a un símbolo que, como todo símbolo, recubre las fracturas, las contradicciones, los intereses contrapuestos. Al aceptar que la lucha es del campo, el Gobierno y, en general, la sociedad han perdido una batalla fundamental, la del lenguaje, que, como se sabe, cambia la realidad, por ser un componente esencial de la misma.

Si ahora al campo se le agrega la escarapela y, además, se realiza el tractorazo el 25 de mayo, se ha recurrido a tres símbolos fuertes mediante los cuales se ha logrado unificar un polo de la lucha, el de los productores agrarios, con la totalidad de la sociedad, con la Argentina misma. En consecuencia, quienes están enfrente son antiargentinos, y si están en el Gobierno, deben renunciar, o hay que renunciarlos.

Es lo que ha expresado la inefable Carrió: “Va a haber dos imágenes, la Argentina productiva –o sea, la buena, la verdadera– y la foto de la cooptación y el unitarismo grosero”, de lo cual se deriva la consecuencia: “No es sólo Gobierno-campo, hay olor a dignidad nacional. Este proceso es distinto al 2001, es una crisis por exceso de poder, que está en los manuales de todos los pequeños tiranos. Como en la figura del parto, va a haber dolor y alegría”.

El símbolo campo recubre todas las contradicciones. Lo dice claramente Carrió: “No distingo entre productores pequeños, medianos y grandes. Que no nos corran por izquierda los indigenistas urbanos”. Lamentablemente el momento simbólico de esta lucha la está perdiendo el Gobierno, el cual por supuesto ha cometido muchos errores y ése no es un dato menor.

Sectores de la producción agraria y ganadera manifiestan una virulencia inusitada, que el “pequeño tirano” parece que no tiene intención alguna de censurar. Lo peor que nos podría suceder ahora es que finalmente los fuertes símbolos del campo, la escarapela y el 25 de mayo terminen recubriendo el conglomerado contradictorio, a la vez que poderoso y peligroso, de Sociedad Rural, FAA y Coninagro.

* Filósofo, profesor de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).

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