EL PAíS › LA LUPA

Morochos

 Por J. M. Pasquini Durán

El acto de la CGT por el 1º de Mayo fue una ofrenda de mucho peso para las ambiciones políticas de los Kirchner. Como sucede casi siempre, la movilización de los morochos en torrentes con olor a sudor provoca náuseas entre los gorilas. Por derecha, puesto que se trata de una parte sustancial del legado de Perón y por izquierda, debido a esa interminable nostalgia por las masas obreras que hasta ahora no quisieron sacudirse las telarañas del nacionalismo burgués.

Ver esas masas obreras, regimentadas por el uniforme sindical, a la manera china, conmueve las almas ingenuas: ¿Han llegado para la revolución? Es más simple el planteo: están allí porque las asustaron los gorilas con todas sus amenazas destituyentes y vienen a reconfirmar el mandato del alma: sólo soy peronista, mas la política no interesa.

Los dirigentes de la CGT encontraron el día para reafirmar su potencial movilizador y recordarle al Gobierno que los necesita, nunca más que ahora cuando los políticos del movimiento van y vienen coqueteando con diversas ofertas. Esta movilización sucede en plana campaña electoral.

¿La central obrera debería pronunciarse por algún candidato? ¿Por qué no? En cualquier democracia establecida se acepta que los sindicatos tengan posiciones políticas. Al fin y al cabo quien gane o pierda tendrá directa influencia en las conquistas obreras. Si algo hay para reprocharle al alto mando sindical no es su apoliticismo sino su complicidad con causas de las malas (golpe de Estado, acosar a un gobierno hasta que sólo falte rematarlo, movidas económicas y financieras, etcétera).

El día anterior al acto la CTA concluyó una movilización nacional con cerca de trescientos actos de protesta. En su pleno derecho, buena parte de sus dirigentes han asumido una posición hostil al Gobierno. Es su derecho, claro que sí, pero también cargarán con la responsabilidad de las consecuencias, las buenas y las otras.

En cualquier caso, que los trabajadores se hagan presentes en una campaña degradada por el sujeto político que la convierte en una disputa de personas, no de ideas ni de tendencias partidarias, no importa quién los lleve o los traiga, son como una bocanada de viento fresco en un ambiente de bochorno.

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