EL PAIS › EN EL BARRIO ASEGURAN QUE LOS DETENIDOS SON INOCENTES

Acusados con defensa vecinal

En Villa Tesei sostienen que el carpintero y su hijo detenidos son “buena gente”. Y dicen que los investigadores “se equivocan con ellos”. En Villa Soldati, frente a la casa de otros dos apresados, los vecinos regaron la vereda con plantas de perejil.

 Por Carlos Rodríguez

“Ramón es un hombre bueno, un laburante, me parece que se equivocaron, que él no tiene nada que ver con esta historia tan tenebrosa.” El carnicero del barrio, un empleado del supermercado que está a la vuelta de la casa de Kiernan 992 y una vecina que vive cerca del lugar señalado como “el aguantadero” donde tuvieron secuestrada a Candela Rodríguez creen en la “total inocencia” del carpintero Ramón Néstor Altamirano (55), uno de los “demorados” por el caso que sigue conmocionando al país. Altamirano vive en la casa ubicada en Charrúas 1081, a una cuadra y media de la desde ayer enigmática “casa rosada” de la calle Kiernan. En la vivienda de Altamirano, la luz de la puerta de entrada quedó encendida de la noche anterior y sobre el piso asoman dos cartas a nombre de una mujer de iniciales N. E. P. –sería la mujer del sospechoso–, que seguían sin ser abiertas. Mientras en Villa Tesei los vecinos salieron en defensa del carpintero Altamirano, en Villa Soldati hubo una manifestación a favor de Alfredo Monteros (75) y de su hijo de 36, que lleva el mismo nombre. Para expresar su apoyo a la inocencia del padre y del hijo, los vecinos regaron con plantas de perejil la puerta de la casa de la calle Itaqui 3184.

Ayer por la tarde, en Kiernan 992, un cordón policial cerraba la vereda de la vivienda, mientras una concentración de periodistas, vecinos y curiosos alteraba el ritmo habitual del barrio. “La casa estaba deshabitada desde hacía muchos años. Hace 50 años que vivo en el barrio y tengo la carnicería desde hace mucho tiempo, aunque me había ido en los últimos meses porque me pusieron un supermercado chino que me sacó muchos clientes”, relata a Página/12 el dueño de la carnicería ubicada en la esquina de Kiernan y Ontiveros, a menos de media cuadra de la casa pintada de rosa. “El carpintero le venía a dar de comer al perro, que era el único habitante de la casa. La dueña venía de vez en cuando. Yo creo que Ramón es inocente. Es un hombre de trabajo. Creo que con él se equivocaron.” Un joven que trabaja en el supermercado que le sacó clientes al carnicero y una vecina que vive a dos cuadras dialogan entre sí y con este diario en la puerta del comercio. “Se dicen muchas cosas, pero me parece que el carpintero es un hombre decente, impecable”, sostiene la mujer, mientras que el joven aprueba con la cabeza. “Yo lo veo siempre trabajando, siempre amable, buena persona. Me parece imposible que él pueda estar involucrado en una historia tan terrible”, se anima a decir el empleado. Todos los entrevistados manifiestan solidaridad con Altamirano y temor por la presencia en el barrio “de extraños que puedan cometer semejante crimen. Me parece, por eso mismo, que el carpintero no puede formar parte de una banda capaz de asesinar a una criatura”.

Otros vecinos que se pararon, durante horas, frente a la casa de la calle Kiernan, aseguran haber visto entrar y salir a “varias personas” de “aspecto extraño” (sic), en algunos casos llevando “paquetes del supermercado”. Estos datos, por lo general, son imprecisos y en algunos casos, cargados de opiniones temerarias y hasta xenófobas sobre el aspecto de las personas que dicen haber visto en los días en los que se estaba buscando con desesperación a Candela.

La fachada de la casa de Kiernan 992 parece recién pintada de un rosa furioso. Se dice que el trabajo fue hecho por su dueña, Gladys Cabrera (41) –también detenida–, con la ayuda de uno de sus hijos. El único toque de cierto abandono lo ponen las cuatro chapas metálicas, alineadas en forma vertical, que impiden la visión del patio lateral que tiene la vivienda. Es una casa humilde, que en el frente tiene dos ventanas que “siempre estaban cerradas”, afirman los vecinos.

La casa de Kiernan, que también tiene encendida en el porche una luz enfrascada en una lámpara de vidrio verde y amarilla, está a sólo cinco cuadras del lugar donde apareció el cuerpo de Candela. Allí se levantó ahora un modesto santuario (ver nota aparte).

A unas treinta cuadras de Kiernan al 900 está la casa donde vivía Candela con su madre y sus hermanos. Carola, la mamá, “se fue hace unos días y creemos que no va a venir en mucho tiempo”, le dicen a este diario los inquilinos de un sector de la vivienda. Una madre y sus cuatro hijos, más el abuelo de los chicos, viven en lo que fue el garaje de la casa. Cuando se les pregunta a los adultos si conocen a alguno de los cinco detenidos por el caso, responden en forma coincidente: “Nunca los vimos por acá y me parece que Carola tampoco los conoce. Yo creo que son unos perejiles”, asegura el abuelo mientras ofrece un mate.

En Villa Soldati, en el extremo sur de la ciudad de Buenos Aires, otros vecinos salieron a respaldar a don Alfredo Monteros (75) y a su hijo, del mismo nombre, de 36. “Es un laburante, un trabajador. El hombre anda todo el día trabajando, en bicicleta. Su mujer tiene problemas de salud y el hijo también es una buena persona. Me parece que la investigación va para cualquier lado. Esta gente no tiene nada que ver”, afirma un vecino de la casa de la familia Monteros, en Itaqui 3184.

De Alfredo padre se sostiene que es un hombre que “trabaja con las manos, anda siempre con la ropa llena de grasa porque arregla motores. Es una familia tranquila, que nunca tuvo problemas con nadie. Es una vergüenza que los estén acusando. Me parece que están buscando chivos expiatorios. Como fue un caso muy grave, tienen que resolverlo pronto y agarran a cualquiera”, dice uno de los vecinos, acompañado por un grupo de personas que se movilizaron en favor de la familia Monteros. Como remate, frente a la puerta de la casa de los imputados, arrojaron varias plantas de perejil. “Eso es lo que son: perejiles.”

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El lugar donde apareció el cuerpo de Candela ya se convirtió en altar.
Imagen: Sandra Cartasso
 
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