EL PAíS

El hombre que no pasa desapercibido

 Por Sergio Moreno

Jorge Telerman no pasa desapercibido, ni gusta pasar desapercibido. Donde está, se nota. La mayor parte de su vida ha sido pública y, cuando fue apenas un militante de la Federación Juvenil Comunista, en la década del ’70, era lo suficientemente conocido no sólo por sus camaradas y militantes de otros grupos de izquierda y del peronismo, sino por gran parte de la fauna que habitaba la avenida Corrientes, una porción de la ciudad que el flamante jefe de Gobierno se encargó de recordar ayer, en su discurso de asunción.

En aquella época comenzó a perder el cabello, cuando la noche de la dictadura se ensañó con el país. Telerman, cuyos padres poseían un laboratorio familiar, emigró, como tanto otros, a París, donde aprendió el idioma y el sabor de lo escaso.

La apertura democrática lo devolvió a la Argentina, entusiasmado con el clima de la época, muy crítico de su viejo partido y más cercano a aquel peronismo magmático que erupcionaba tras la derrota a manos de Raúl Alfonsín. Sin embargo, su regreso al país no fue el retorno a la militancia. Telerman comenzó su carrera periodística y, tras un concurso que se emitió al aire, fue elegido por Juan Alberto Badía como su notero para el programa ómnibus del momento, Badía & Cía., que emitía Canal 13.

Su paso por la profesión duró lo que la vida de las mariposas. Un ascendente Antonio Cafiero se fijó en él –que siempre hizo todo para que fijaran en él–, tras una nota que le realizó para el noticiero del canal. Así, Telerman no dudó en colgar el micrófono para ocupar el rol de vocero del hombre que, tras vencer a la UCR en 1987, parecía llamado a transformarse en presidente de la Nación.

Pero Carlos Menem se cruzó en el camino del jefe renovador y se hizo con el poder y la Presidencia. Telerman quedó tan golpeado como su referente. Pero Cafiero no se olvidó de él y le pidió a otro de sus pupilos, Guido Di Tella –que acababa de ser designado embajador en Washington por el riojano– que conchabase al joven periodista. Di Tella lo nombró en la embajada como su vocero y un año después lo llevó consigo a la efímera gestión en el Ministerio de Defensa y, posteriormente, en la Cancillería.

Una de las características del flamante jefe de Gobierno es que es muy querido por sus amigos y muy, muy odiado por sus enemigos; no tiene términos medios, no es inocuo.

En la Cancillería ocupó el cargo de secretario de Asuntos Institucionales, al comienzo, y llegó a ser secretario técnico administrativo. Con rango de embajador, Telerman manejaba la logística de “La Casa”, los traslados y ascensos del cuerpo diplomático y el presupuesto. Muchos diplomáticos, otrora poderosos, muchos de larga carrera durante la dictadura, lo tomaron de enemigo. Y la relación con Andrés Cisneros, quien años después fuera vicecanciller de Di Tella y referente diplomático de la campaña de Menem en 2003, siempre fue de confrontación.

Telerman supo ganar enemigos poderosos, además, fuera del Palacio San Martín. Uno de ellos fue Eduardo Bauzá, mano ejecutora de Menem en todos los cargos que ocupó en aquellos años de champagne y latrocinio. Tantas veces pidió Bauzá la renuncia de Telerman que, finalmente, Di Tella le soltó la mano, aunque por un birlibirloque el entonces joven ex funcionario fue designado en la embajada argentina en París, a cargo de la Oficina de Prensa y Relaciones Culturales.

No pasó mucho tiempo para que regresara al país. Tampoco para que volviese a dejarlo. Por concurso público ganó las oposiciones para el cargo de director de prensa de la Organización de los Estados Americanos (OEA), comandada en aquella época por el ex presidente colombiano César Gaviria. Allí pasó gran parte de la segunda mitad de la década del ’90 hasta que, nuevamente, su nombre le fue sugerido a Menem para ocupar la embajada argentina en La Habana. El riojano hizo de su relación con Fidel Castro una mise en scène permanente, adoptando posturas draconianas, siempre en sintonía con los halcones de Washington y con los cubanos más anticastristas de Miami. “Bueno, mandalo a Jorge no más, que es medio zurdito”, dijo Menem cuando le propusieron a Telerman para el cargo.

Cuando asomaba la campaña electoral de 1999, Eduardo Duhalde lo convocó para construir su estrategia de comunicación. Telerman no lo dudó y cambió el malecón por San Vicente. Allí conoció al único gobernador que se mantuvo firme y hasta último momento al lado del candidato en aquella tenida, el santacruceño Néstor Kirchner.

Fue por entonces segundo candidato a diputado nacional, en una lista que encabezó Irma Roy. La alquimia funcionó para la actriz; Telerman quedó en la puerta, pero esa experiencia lo puso en la vidriera política en el distrito que ahora lo tiene como autoridad máxima.

Desde comienzos de los ’90, el actual jefe de Gobierno fue, también, empresario. Por ese entonces, compró junto con varios socios un inmenso galpón abandonado en una zona maltrecha de la ciudad, la calle Balcarce al 400, donde abrió La Trastienda, bar-restaurante-teatro que aún posee.

El gobierno frepasista de Aníbal Ibarra lo recicló al designarlo secretario de Cultura de la ciudad, donde se ganó la confianza del ex fiscal –lo que no es poco decir– a pesar de que su relación tuvo idas y venidas. La resultante de esa entente devino en su candidatura a vicejefe de Gobierno en el 2003, cuando batieron a Mauricio Macri en las elecciones.

Tras la destitución de Ibarra, Telerman comenzó ayer su gestión al frente de la ciudad, cargo que anheló desde el momento en que compitió por la diputación, años atrás.

Sigue teniendo amigos que lo quieren mucho y enemigos que lo detestan con fruición. No tiene estructura partidaria y su relación con la Casa Rosada es compleja, según sea el despacho donde se ponga la lupa; es definitivamente mala si la oficina elegida es la de Alberto Fernández, jefe de Gabinete y encargado por Kirchner de la ingeniería política del distrito.

A Telerman no le gusta pasar desapercibido. Es audaz y, cuándo no, temerario a la hora de tomar decisiones. Un amigo suyo supo definirlo así: “A Jorge le gusta cocinar varios platos a la vez y siempre tiene muchas hornallas encendidas. Cuando hacés eso, debés tener cuidado, porque tenés muchas chances de que uno, o más, se te quemen”.

A partir de ayer, a Telerman le quedan casi dos años de gestión. Y quiere ser reelecto. Deberá, entonces, cuidar de que no se le queme ningún plato. Seguramente, ya hay quien quiere atizar el fuego.

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