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La herencia positivista

Dos miradas sobre la noticia policial y sus consecuencias en la construcción de los imaginarios colectivos. Juan Pedro Gallardo repasa teorías para sostener que la noticia policial construye caracterizaciones que inciden sobre el orden social.

 Por Juan Pedro Gallardo*

La destrucción del Estado social socavó las bases de numerosas instituciones políticas, que regulaban y sostenían la vida cotidiana. Paralelamente, los sujetos, como consecuencia del significativo crecimiento de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, experimentaron importantes cambios en los modos de relacionarse.

El surgimiento de estas novedosas formas de interacción produjo sociedades ampliamente mediatizadas, donde las noticias cumplen la función de visibilizar los hechos considerados de importancia pública. Dentro de este contexto, la noticia policial detenta una particular habilidad para dar cuenta de las amenazas que pueden alterar lo cotidiano e inscribir, entre otras cosas, estereotipos sociales en torno de los sujetos que cometen delitos.

Para Stella Martini, los relatos sobre el crimen en los medios de comunicación masiva se distinguen en el conjunto de la información al poner en escena los hilos frágiles que se tensan entre la vida y la muerte, al separar territorios reales y simbólicos de un lado y otro de la ley y al hablar del poder, la violencia y la impunidad en la sociedad actual. (Martini, S.; 2002, “Agendas policiales de los medios en la Argentina: la exclusión como un hecho natural”. En Gayol S. y Kessler G.., comps., Violencias, delitos y justicias en la Argentina. Buenos Aires, Manantial-Universidad Nacional de General Sarmiento, p. 97.)

Es por ello que la noticia policial, al hacer hincapié sobre la inseguridad de la vida privada y de la vida comunal, no sólo proporciona material para el análisis del orden social, sino que también permite discutir sobre las caracterizaciones que asumen en el relato mediático, y por lo tanto público, los tipos de delitos y los sujetos que incurren en la comisión de algunos de ellos.

Así y todo, estas caracterizaciones no son creaciones abruptas ni mucho menos recientes, ya que el relato criminal tiene sus orígenes mucho antes de la aparición de la prensa de masas. A modo de ejemplo, basta con mencionar las historias reproducidas en los folletines o en los pliegos de cordel.

En estos dispositivos tuvieron lugar las primeras expresiones escritas de los hechos delictivos, con unas formas de narrarlos donde se ponía de manifiesto el pasaje de una cultura centrada en el verso, hacia otra focalizada en la prosa. De esta manera, la figura del bandido-héroe, las epopeyas medievales o las supersticiones populares, se combinaron fructíferamente para el deleite de los fantasiosos lectores.

Fue recién a partir de la nueva realidad comunicativa impuesta por la cultura industrializada y masiva a finales del siglo XIX, donde el pensamiento criminológico moderno encontró, en su amalgama con ésta, la posibilidad de potenciar su influencia hacia casi la totalidad de las sociedades de por aquel entonces.

Por su parte, la criminología surgió como saber separado de la política y asociado al quehacer científico, con aura de neutralidad y verdad. Cesare Lombroso, autor destacado de esta matriz de pensamiento, describió al hombre delincuente por conductas atávicas, determinados rasgos físicos y como ser atrasado en su evolución natural, que constituía un agente patológico del cual la sociedad debía defenderse.

Al mismo tiempo, hubo positivistas inspirados tanto en ideas de izquierda como de derecha. Enrico Ferri, inicialmente socialista y luego fascista, concibió el origen de la delincuencia en la pobreza e intervino “en la clasificación de delincuentes que hizo famosa a la escuela positivista: nato, loco, habitual, ocasional y pasional”. (Anitua, G., 2006, Historia de los pensamientos criminológicos. Buenos Aires, Editores del Puerto, p. 188.)

Ubicado a la derecha de las anteriores perspectivas, incluso la de Lombroso, se ubicó Rafaelle Garófalo. Este autor, eurocentrista y racista, conceptualizó al “delito natural” como enemigo de la sociedad e introdujo la noción de “peligrosidad”, como perversidad constante y activa, hecho por el cual la pena no debería ser proporcional al daño ocasionado sino que a la peligrosidad del sujeto.

En la Argentina, el más destacado criminólogo positivista fue José Ingenieros. Su principal interés radicó en establecer el modo de descubrir a los simuladores que pretendían eludir el castigo penal, aludiendo enfermedad mental.

Este breve y acotado repaso por la obra de los principales autores de esta corriente filosófica, clarifica el origen de palabras, ideas y significaciones todavía muy vigentes en la boca y la pluma de numerosos comunicadores.

Por tanto, es fácil recordar, ante una gran cantidad de acontecimientos transmitidos, la temblorosa voz de la cronista de TN, cuando, cubriendo la inundación de un barrio porteño, confundió a jóvenes ayudando a su madre a desagotar su comercio con delincuentes, por el sólo hecho de tener “gorrita” sobre sus cabezas.

* Presidente del Centro de Estudios para la Inclusión Social.

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