PSICOLOGíA › ENTREVISTA INéDITA A HORACIO ETCHEGOYEN (1919-2016)

La ética del psicoanálisis

Fue uno de los grandes maestros del psicoanálisis argentino y tal vez el que tuvo más proyección internacional. Entre su obra, Los Fundamentos de la Técnica Psicoanalítica aparece como el libro más exhaustivo de la temática. En 1993 se convirtió en el primer presidente latinoamericano de la IPA, donde encaró uno de sus pasos conceptuales más audaces: el diálogo fluido con los grupos lacanianos. Murió el 2 de julio pasado, a los 97 años. Aquí, como homenaje, una charla de 2002 con Alejandro Dagfal.

 Por Alejandro Dagfal *

R. Horacio Etchegoyen probablemente haya sido el psicoanalista argentino más reconocido a nivel internacional. Fue el primer presidente latinoamericano de la International Psychoanalytic Association (IPA), entre 1993 y 1997, período en el que promovió varias reformas, incluyendo un diálogo fluido con los grupos de orientación lacaniana. También, en 1977, fue miembro Fundador de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires (APdeBA) de la que fue presidente.

La entrevista inédita que se transcribe aquí fue realizada en el departamento que Etchegoyen tenía en la calle Posadas entre Callao y Ayacucho, el 4 de marzo de 2002. En ese entonces ya tenía 83 años. En 2009, siete años después –con noventa años cumplidos–, sería declarado Profesor Honorario de la Universidad de Buenos Aires. Los organizadores del evento temíamos que a esa edad no pudiera soportar sin fatigarse las cuatro horas que iba a insumir toda la actividad. No sólo las sobrellevó con total lucidez, sino que, a posteriori, se quedó conversando animadamente hasta el final del brindis, con una copa de champagne en la mano.

–Me interesaba empezar a hablar de su recorrido, de sus inicios con el psicoanálisis...

–Yo tuve muy buenos profesores y maestros en La Plata. Era una época de oro. En la escuela primaria Joaquín V. González tuve maestras excepcionales (todas eran profesoras). Después, estudié en el Colegio Nacional, en los años 30 (terminé en el 37). Allí tuve grandes profesores, como Pedro Henríquez Ureña y Narciso Binayán Carmona, que eran muy amigos entre sí. Ellos influyeron mucho en mi formación. También Delucca, el profesor de matemáticas, e Hilario Magliano, que era profesor de física. Lo tuve también a Ezequiel Martínez Estrada. Todos ellos eran grandes maestros; enseñaban algo más que sus propias disciplinas, enseñaban una forma de vivir, un acercamiento a la cultura que era notable. Otro hombre que influyó en mucho en mí fue José Gabriel, un profesor de literatura, que me dio el contacto con el Martín Fierro y con toda la literatura argentina del siglo XIX, que es tan importante. Era un hombre muy luchador.

En la facultad tuve también muy buenos profesores. Recuerdo a Lambert y a Eugenio Galli, profesores de Anatomía. Fui alumno de la cátedra de anatomía patológica de Andrés E. Bianchi, que murió joven. El quería que yo fuera anatomo-patólogo, y a mí me gustaba mucho, me interesaba la histología patológica. También lo tuve a Manuel del Carril en Clínica Médica, un reformista de una cultura intachable. Yo me recibí en le ‘49, después de casarme. Grandes profesores, maestros comprometidos con la Reforma Universitaria, que es algo que influyó mucho en mi vida. Yo sigo siendo un hombre de la Reforma Universitaria, que poco tiene que ver con la Franja Morada actual.

Cuando yo militaba había una ética reformista muy estricta, al punto de que los líderes reformistas no estaban inscriptos en los partidos políticos, para quedar libres de toda sospecha. Vicente Ruiz, el profesor de Ginecología influyó mucho en mí. Y después yo fui ayudante de la cátedra de Egidio S. Mazzei, un distinguidísimo discípulo de Aráoz Castex.

Estuve oscilando entre la clínica médica y la psiquiatría. En esos años, de casualidad tomé contacto con Beba Friedman, que era la secretaria administrativa de la primera APA, de la calle Juncal. La conocí el día que murió mi padrino, Horacio Oyhanarte, el ministro de Yrigoyen. Yo estaba en el velatorio de Horacio, y salí a dar una vuelta, y me encontré con la APA, y hablé con Beba Friedman. Me parece que eso decidió mi vocación. Y empecé mi formación en los años 50.

Como psiquiatra y psicoanalista yo trabajé mucho tiempo en el Servicio de Admisión del Hospital de Melchor Romero, en La Plata. Llegué a ser jefe de admisión. Podría decirse que ahí era un psiquiatra joven y distinguido. La mayor influencia la recibí de José María Blanco, que era un hombre sumamente culto y muy buen psiquiatra, que me enseñó la psiquiatría clínica. Y después, los grandes maestros: Enrique-Pichon (yo estuve bastante conectado con Enrique), Mimí Langer. Menos con Cárcamo, a pesar de que lo estimé siempre mucho. Y después Libermann y Grinberg, siendo más de mi generación, ya fueron maestros míos. Mi análisis didáctico lo hice con Enrique (Heinrich) Racker, en lo que probablemente haya sido la experiencia más importante de mi vida. Fue un hombre de una probidad intelectual y de una agudeza clínica verdaderamente remarcable. En esos años, mientras yo me analizaba con él, construyó toda la teoría de la contratransferencia.

De modo que eran años importantes para él, para mí y para el movimiento psicoanalítico. Después, en el año 56, cuando ya mi análisis estaba terminando, me propuso Pichon-Rivière para que fuera a Mendoza como profesor de psiquiatría, y allí estuve casi diez años (porque en el 66 me fui un año a Londres con una beca). Me analicé con Donald Meltzer, y ya en el 67 me instalé en Buenos Aires. Como profesor de psiquiatría dicen que fui un muy buen profesor, y podría haber terminado mi vida en Mendoza, pero me echaron porque había una camarilla clerical reaccionaria, a lo que se sumaba que yo también era imprudente. Por ejemplo, una vez estaba hablando de Darwin y un alumno me dijo “pero eso no es lo que dice la biblia”, a lo que respondí “y a mí qué me importa qué diga la biblia”. Era imprudente, porque no medía el riesgo que eso significaba... Pero bueno, en esa época era tan reformista como antes y como ahora.

Y cuando fui presidente de la IPA toda mi ideología fue la de la Reforma Universitaria, e hice muchas cosas en ese sentido. Por ejemplo, una de las cosas más importantes fue la abolición del secreto de las actas. Usted sabe que las actas del Consejo eran secretas, nadie las podía consultar. Así que como miembro de la IPA, casi sin pensarlo, eso lo modifiqué. Como también modifique el asunto ése de las torturas en Brasil (se refiere al caso de Amílcar Lobo, un candidato a analista que como médico militar había estado involucrado en episodios de tortura en los años ‘70, episodio silenciado por la IPA hasta los años 90).

–¿Y no tuvo oposición en el seno del Consejo Ejecutivo?

–Sí, mucha. Muchísima... El Consejo me veía como un peligro a mí. Como a un reformista... Pero las cosas fundamentales que quise hacer, las hice. Entre esas cosas también está lo del contacto con Miller. La gente del Consejo me preguntaba “¿Pero por qué Miller”. Bueno, con Miller hubo una oportunidad. Más allá de que yo le tenga simpatía o antipatía (y yo reconozco que le tengo simpatía) es el hombre más importante del lacanismo. Porque hay otros eminentes lacanianos, pero que no tienen la fuerza institucional que tiene Miller. Por ejemplo, entre nosotros está Guillermo Maci (filósofo fallecido en 2012), que es un tipo eximio (con el cual yo estudié Lacan), pero él no tiene el poder de convocatoria de Jacques-Alain. Si uno quiere establecer un diálogo con los lacanianos, tiene que hacerlo a través de Miller, lo cual no implica ingenuidad ni partidismo. El me invitó ahora a un simposium, de la revista Ornicar, y yo no fui, aunque él quería que yo hablara del “Principio de Horacio”, y todo eso (así denominaba Miller a la idea de Etchegoyen según la cual ningún grupo psicoanalítico podía arrogarse la representación de la totalidad del movimiento). El piensa que yo di un paso fundamental, y creo que lo di. Pero tampoco quiero quedar como aliado de Miller. La idea que yo tengo es que hay que hablar con los lacanianos, y que eso es bueno para todos, para los lacanianos y para nosotros. Pero no quiero participar ya de una determinada política, así que por eso no fui a París. Pero mi relación con Miller es buena, y la de él conmigo también...

–¿Qué fue lo que lo llevó a usted a querer hablar con los lacanianos?

–Bueno, cuando yo hice mi campaña para la presidencia, dije que había que establecer un diálogo con los lacanianos. Se dio la circunstancia de que un alumno muy distinguido de Miller, que es Dominique Wintrebert, es co-director de la revista Vertex, y el otro director de Vertex es Juan Carlos Stagnaro, que fue alumno mío, y que fue el que, con Olga Guinsburg, la atendió a Elida, mi señora, por el Alzheimer. Así que ellos organizaron la reunión, y tuvimos una reunión acá, en mi consultorio. Y después hicimos otras reuniones. Miller es un hombre indispensable para el lacanismo, aunque no le guste a mucha gente.

–Imagino que lo han criticado mucho por ese paso...

–Me criticaron, sí, pero también me respetaron, porque se dieron cuenta de que yo no estaba impulsado por razones políticas, sino estrictamente científicas. Yo incluso diría que a nosotros nos conviene hablar con los lacanianos, porque tenemos una buena clínica en la IPA, de modo que podemos discutir perfectamente, demostrando hasta qué punto nuestra posición es solvente y es freudiana. De modo que yo sigo pensando que hay que seguir discutiendo. Lo mismo con los junguianos (ahora hay muchos en Londres, en Italia y en Europa en general). Creo que tenemos que establecer un diálogo. En realidad, ya se está estableciendo.

–¿Usted ha tenido algún tipo de respuesta de parte de la gente de la Sociedad Psicoanalítica de París (SPP) a raíz de este acercamiento?

–Y, ellos me respetan a mí. Me respeta André Green, que es la figura más importante de la SPP, y también me respeta Daniel Widlocher, que es el presidente de la IPA, y es probablemente la figura más importante de la APF. Pero lo ven a Miller como muy sectario, muy politiquero, que tal vez lo sea, pero eso a mí no me importó. A mí me importaban las grandes líneas de contacto. Yo he leído bastante a Lacan, y no coincido con él, pero no dejo de reconocer que es un hombre de una presencia innegable en el psicoanálisis de fines del siglo XX, y que va a seguir siéndolo en este siglo también. Ahí discrepo con mi gran amigo, alumno y discípulo Jorge Luis Ahumada. El tiene una posición muy beligerante contra Lacan; yo no. Coincido con los puntos de vista de Ahumada, que son los míos, pero no con tanta vehemencia.

–Me gustaría que me hablase de los inicios de su formación en la APA...

–Antes de conocerla a Beba Friedman, yo le escribí una carta a un tal Enrique Pichon-Rivière –quien creo que en ese momento era director del Instituto–, diciéndole que yo quería ser psicoanalista. El me contestó diciéndome que la primera condición para ser psicoanalista era analizarse. Yo me acuerdo que le dije a mi mujer, “pero fijate vos, qué ridículo. Eso quiere decir que si yo quiero ser partero tengo que tener un hijo...” De modo que después, y esto es un dato interesante, cuando yo todavía vivía en La Plata, empecé a viajar los sábados a unas clases que se daban en la clínica de la calle Copérnico (donde vivía Enrique Pichon). Ahí se reunía la flor y nata de los analistas de aquella época. En ese momento empezó un contacto con él que duró muchos años... Me abrieron las puertas, me consiguieron un analista, Luis Rascovsky (el hermano de Arnaldo), con el que no me fue bien. Rascovsky interrumpió mi análisis, después de un año y medio, diciendo que yo nunca iba llegar a ser analista. Evidentemente, en algo se equivocó... Y ahí me ayudó mucho Enrique Pichon, para analizarme con Racker, que todavía no era analista didáctico. Después él me autorizó a seguir los seminarios, y comencé a hacer la carrera, siempre viajando desde La Plata. Recién en el ‘56 surgió lo de Mendoza, también por acción de Enrique Pichon. El me bancó mucho, y yo quedé ligado a él. Además, lo admiraba por sus enormes conocimientos de psiquiatría y de psicoanálisis. Era una figura prominente.

–Y a nivel teórico, ¿cómo fue su acercamiento a Melanie Klein en ese momento?

–Esta es la pregunta más difícil. Indudablemente, Enrique Pichon fue el que trajo a Melanie Klein; la comparó con Anna Freud y optó por Melanie Klein. Pero Enrique Pichon era también un analista francés. Uno no se da cuenta de eso. No hay ninguna duda de que él estaba en contacto con Lagache y con Lacan. Alguien me dijo alguna vez que en el 51, en ocasión del Congreso de psicoanalistas de lengua francesa, cuando Lagache presentó ese trabajo tan importante sobre la transferencia, Pichon presentó su trabajo sobre la transferencia en la psicosis, y Lacan su Intervention sur le tranfert. Es decir que ahí estuvieron juntos. Y alguien me dijo que con Lacan se dieron un abrazo, de modo que algún tipo de psicoanálisis francés (cuyo paradigma en ese momento sería Lagache, con una teoría de la personalidad basada en la conducta), influyó en Enrique, y por consiguiente en Bleger. Porque Bleger, Libermann y Rolla fueron discípulos notorios de Enrique. Así que dentro de esa actitud de psicoanálisis británico y kleiniano, se infiltraba algún tipo de psicología de la personalidad de los autores franceses, entre los cuales estaba Lagache, y estaba también Politzer. Porque el libro de Psicoanálisis y materialismo dialéctico de Bleger es un contrapunto con Politzer. A mí me parece que esa influencia la sintieron los analistas argentinos, aunque a la larga optaron por la idea de fantasía inconsciente y no de acto de conducta, lo cual los define como kleinianos, y yo diría que también como analistas. Ahí está tal vez la diferencia entre la psicología y el psicoanálisis: una cosa sería la conducta, y otra cosa sería la fantasía inconsciente. Esto último es kleiniano, pero también es freudiano y es psicoanalítico. A mí me parece que ahí hubo indudablemente una influencia. La verdad es que eso podría ser un buen tema de estudio: cómo la orientación kleiniana en la Argentina recibió “subrepticiamente” una influencia de Lagache y de Lacan, del pensamiento francés en general. Si usted recuerda la exposición que yo hago de las ideas de Lagache en mi libro Fundamentos y técnicas del psicoanálisis, yo digo que la idea de utilizar el efecto Zeigarnik para explicar la transferencia es una idea formidable, pero no coincido con el paso que da Lagache después, en el mismo trabajo, en el sentido de que hay un acto de conducta, que significa la repetición de algo que está en contra de la idea de asociación libre, lo cual lo lleva a reclasificar la transferencia en positiva y negativa en términos de sus efectos y no de sus afectos... Ahí se mezcla nuevamente el behaviorismo, completamente... Si uno clasifica la transferencia por sus afectos en positiva y negativa, lo que pasa en el fenómeno transferencial es completamente neutral. Si la clasifica en términos de sus efectos, la transferencia positiva es lo que facilita y la transferencia negativa la que obstruye. Ahí paga Lagache un precio muy alto.

–¿Cómo se veía desde el grupo de la APA este “alejamiento” de Pichon por la vía de la psicología francesa?

–No me gustó. Nunca estuve de acuerdo. Por ejemplo, la idea de la revisión de la teoría de las pulsiones en términos de configuraciones sociales nunca me gustó. Para mí, la teoría de los instintos es básica. En eso estoy más cerca de Reik y de Melanie Klein que de Enrique, cuando él empieza a alejarse cada vez más del psicoanálisis hacia la psicología social. Eso, brumosamente, yo lo pensaba así. Digo “brumosamente” porque no tenía los conocimientos que ahora tengo, como para decirle a Enrique “en esto no te sigo”. Por ejemplo, todos los trabajos de Enrique, de Baranger y de Bleger discutiendo duramente la metapsicología y el factor cuantitativo, nunca me gustaron.

–¿Recuerda cómo se recibió en el seno de la APA el libro de Bleger sobre psicoanálisis y dialéctica materialista?

–Recuerdo que José me lo regaló, y me pidió que lo leyera, y yo le di alguna opinión, pero en ese momento no tenía instrumentos para discutirle. Quizás cuando digo que yo me he ido haciendo cada vez más kleiniano, tal vez lo que quiero decir es que me he ido alejando de ese tipo de posiciones, como la de Enrique, y en parte José. No tanto Libermann que, en su extraordinario desarrollo lingüístico respecto de la acción comunicativa, se mantuvo más de acuerdo con Freud y con Abraham.

(...)

Cuando vino Bion acá por primera vez, en el 68, no pude tomar contacto con él en Londres, porque los kleinianos que dirigieron allá mi año de formación no les pareció sensato que yo fuera a los seminarios de Bion, tal vez con razón. Al mismo tiempo, Bion se fue a Estados Unidos. Cuando el vino en el ‘68, yo presenté un caso con Bion, caso que discutimos de manera interesante. Era un hombre muy clínico y muy sagaz. Yo admiro más al Bion de los Estudios sobre el pensamiento esquizofrénico (y sobre el pensamiento en general), que al Bion de lo incognoscible y de las transformaciones en cero. No sólo no lo acepto sino que lo rechazo. A mi me nefrega lo incognoscible. Yo trato de conocer lo que es cognoscible; hacer una teoría de lo incognoscible me parece reaccionario, por decirlo de alguna manera. Todo el último Bion del psiquismo fetal (que tampoco le reconoce a Arnaldo Rascovsky lo que él hizo por el psiquismo fetal, lo cual no me parece honesto). Nadie puede sospechar que yo sea rascovskiano, pero las cosas hay que decirlas como son. Ni Bion ni Meltzer reconocen que mucho antes que ellos Arnaldo ya hablaba del psiquismo fetal...

–Siguiendo con la cuestión bioniana, ¿tuvo usted algún contacto con la Asociación Argentina de Grupos?

–Yo tuve algún contacto con los grupos. Es más, en Mendoza trabajaba con grupos. Después, cuando vine para Buenos Aires, por esas cuestiones del azar... yo pensé que iba a ocupar un lugar más destacado como psiquiatra. Porque después de Goldemberg, supuestamente venía yo. Pero no fue así, ni los grupos ni la psiquiatría me llamaron ni me rescataron, y me fui haciendo cada vez más analista. Por cuestiones coyunturales.

–¿Cómo fue su ida a Londres en el 66?

–Cuando me echaron de Mendoza, la Organización Panamericana de la Salud me dio una beca, como una forma de reivindicación por lo injusto que había sido todo. Era una forma de que yo me fuera bien de Mendoza. Y elegí la Tavistock Clinic, y tomé contacto con el grupo kleiniano. Le pedí hora a Hanna Segal, que no me dio y me mandó con Meltzer. Lo más importante de ese año, para mí, fue el análisis con Meltzer y los seminarios de Betty Joseph, de Esther Bick y de Money-Kyrle, quien fue después una figura muy importante en mi vida. El sigue la línea de los instintos y de la etología, pero más que Bion. Yo me siento más ligado a él que a Bion, por ese anclaje en la biología y en la etología. El dice al final de su vida que su intención es conectar el psicoanálisis con la etología, cosa que por otra parte yo también he hecho. Tengo una admiración muy muy grande por Money-Kyrle.

–¿Y su análisis con Meltzer fue en inglés?

–Sí, fue en inglés, pero él me ayudó mucho. En realidad, el lenguaje del inconsciente, a nivel del proceso primario, tal vez se dé mejor cuando uno habla mal el idioma que cuando lo habla bien... Yo creo que, por mérito de Meltzer, no me resultó muy difícil analizarme en inglés. Pero mi relación con el inglés ha sido siempre la de un amante frustrado, porque yo tengo un amor y una admiración enormes por el inglés, pero nunca llegué a apropiarme de ese idioma. Siempre digo que si hubiera estudiado psicoanálisis como estudié inglés, sería un sabio.

* Psicólogo e historiador. UBA/Conicet.

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