PSICOLOGIA › A PROPOSITO DE LOS LIMITES DE TODA POSIBLE EDUCACION SEXUAL

“Porque no sé qué tiene, me enloquece”

 Por SERGIO ZABALZA *

Ahora que el trajinado proyecto de educación sexual insinúa haberse encaminado se hace propicio reflexionar sobre la naturaleza de sus avatares, toda vez que lo que cuenta es la ulterior eficacia de su puesta en práctica. Por empezar, atribuir los tropiezos de la iniciativa al fundamentalismo religioso criollo constituye un juicio, no por cierto, menos cómodo e insuficiente. Abordando lo singular y propio del tema quizá descubramos una insospechada complicidad, aun entre aquellos supuestos innovadores.

Hay quienes opinan que la resistencia a la incorporación de los contenidos relacionados con el sexo en la currícula escolar reside en un rechazo a tocar el tema del placer. Si bien acordamos con esta postura, corresponde indagar el porqué de dicha renuencia. Una perspectiva, no sin fundamento, consistiría en afirmar que el placer desordena, distrae, quiebra las normativas que un sistema centrado en la utilidad requiere para satisfacer su voracidad material. Por nuestra parte intentaremos desplegar otro enfoque que, sin desmentir el anterior, introduce una dimensión un tanto soslayada.

Nuestra conjetura radica en que la resistencia a relacionar saber y placer está al servicio de ocultar el hecho, poco tolerable, de que es imposible acuñar un saber total sobre el sexo. No se puede domesticar el goce, siempre permanece un resto inquietante.

La experiencia indica que el placer se agita en el borde donde la imposibilidad de saber se hace condición para el disfrute. “No sé qué tiene pero me enloquece”, solemos escuchar. Así, lo que habilita el deseo es la pregunta, el enigma que puede encarnar una mujer –aun para sí misma– y que los poetas no han dejado de cantar, allí en el mismo lugar donde merodea la muerte.

Porque lo perecedero es condición del placer; nuestra condición carente e incompleta es lo que nos habilita a disfrutar. No hay saber que justifique la gratuidad de la existencia, la vida es un don, estamos porque sí, y el goce sexual es una de las formas en que retorna ese vacío de sentido.

Apelar a figuras de autoridad que colmen el interrogante, o bien construir una respuesta a partir de la propia experiencia de vida, hace la diferencia entre quien opta por refugiarse en el confort de las soluciones preconcebidas o quien asume los interrogantes que su condición adulta supone. Que esta última opción demande la tarea de toda una vida explica por qué un régimen democrático debe estar siempre dispuesto a revisar los instituidos sacralizados.

Una buena educación debe brindar los medios para que un sujeto haga de aquel enigma la causa para un trabajo y un proyecto que respete su singularidad. Admitámoslo o no, una política educativa es siempre también una política sexual.

Hablar del placer supone confrontar nuestra carencia constitutiva y esto probablemente sea insoportable, no sólo para los fundamentalistas de la religión, sino también para un sistema cuya incesante producción de “novedades” –desde nuevas pastillas hasta meterse en la bañadera con los hijos o cualquier otra tilinguería de turno– soslaya nuestra ínsita finitud.

Que un niño vaya con el cuerpo a la escuela no sólo supone una oferta de información, sino también el alojamiento de la inquietud que aquella pregunta genera; la misma que el cómodo diagnóstico de “déficit atencional” obtura con las píldoras que suelen adormecer a los más lúcidos.

La incorporación de los contenidos del saber sexual debe formar parte de una enseñanza que, por poner el acento en la formulación de preguntas, estimule una predisposición al pensamiento, la creatividad y la capacidad de asombro. Cuando un adulto habla de sexo con un chico, inevitablemente se confronta con su propia sexualidad, que siempre es infantil.

Por lo pronto, el hecho de que, como señaló una diputada, no esté “suficientemente claro que deben ser capacitados todos los docentes, no sólo los de biología”, constituye todo un llamado de atención. Más vale hacerse cargo, antes de dormirnos con alguna “novedad” que nos impida pedir ayuda.

* Psicoanalista

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