PSICOLOGíA › POR EL JUEGO, EL NIÑO SE DIFERENCIA DEL ADULTO

“Perturbadoras costumbres”

El juego infantil suele expresar el deseo de trazar una “marca diferencial” con respecto a los requerimientos de los padres. De la tolerancia que ellos ofrezcan a esa perturbación dependerá “la continuación o detención de una dialéctica singular”.

 Por Alba Flesler *

El primer juego al que juega el niño es a destetarse. Quien haya observado a un recién nacido ha visto que el bebé toma la teta, luego la deja, vuelve a tomar la teta, luego vuelve a dejarla: se puede reconocer la precocidad con que esa actividad introduce un tinte lúdico. Su ejercicio inicia una alternancia que es vital para el recién nacido. Ese mínimo gesto le otorga un primer derecho a su incipiente humanidad, un intervalo para jugar sus barajas, para iniciarse como partícipe en el juego que le ha sido propuesto. Puede sorprender que en tiempos tan tempranos, cuando aún es tan dependiente en todas sus necesidades, ejerza así su singularidad personal; la escena nos enseña que, para el ser humano, llegar a vivir no es equivalente a haber nacido. Que la relación del bebé con el pecho de la madre fluya en una periodicidad alternante es, desde el vamos, una nota mayor, un tiempo anticipatorio del sujeto, una toma de posición, una respuesta al Otro.

Para el bebé, tal posición es respuesta a la demanda del Otro: “Déjate alimentar”. Más tarde escucharemos a las madres relatar lo ocurrido de modo invertido: “Mi nene, él, tomó teta hasta los nueve meses”. Y en cierto modo es así, ya que es el bebé quien toma la teta y también quien la deja, introduciendo, desde el vamos, un mínimo intervalo diferencial entre responder completamente a la demanda del Otro y colocar una respuesta propia. En esa pausa anida un principio de subjetividad, una separación de la alienación primera.

Ahora es preciso que nuestra mirada no quede fascinada por el logro tan precoz de nuestro sujeto y que recordemos que tal respuesta jamás podría llegar de no darse una condición: que el Otro no equivoque el estatuto de la demanda e intente colmarla. Valga el juego de palabras: no equivocar el estatuto de la demanda quiere decir preservar en ella algún equívoco.

A las madres no suele escapárseles la discordancia originaria entre la cantidad de comida que amorosamente le ofrecen a su hijo y la que él toma. Y es cierto que, desde el inicio, el alimento puede tornarse fuente, no ya de un equívoco, sino de un enorme malentendido. Esto ocurre cuando su significación toma el valor de un signo inamovible. Recuerdo la historia de un joven psicótico cuya madre lo había obligado a ingerir, sistemáticamente, hasta el último bocado de alimento. Así lo había hecho desde los primeros años de vida, con la certeza de cuidar su salud. Tal era su certeza inconmovible que no se detenía ante los vómitos del niño: lo obligaba a reingerir lo expulsado. Impedida toda expulsión, le fue negada al sujeto toda afirmación de su existencia.

Dista del caso de otra madre cuyo cuerpo engrosado delataba su valoración del goce oral. Consultó por su hijo, un púber de once o doce años. El muchacho, retraído y poco abierto a expresar sus inquietudes, preocupaba a su progenitora dejándola con la pregunta de por qué, cuando ella le preparaba sus ñoquis predilectos, él los comía, sí, con verdadero gusto, pero sin embargo dejaba, indefectiblemente, uno o dos en el plato. Esa serie mínima, uno o dos, le otorgaba al sujeto la oportunidad para descontarse a la demanda e iniciar con ello las cuentas del deseo, poniendo en juego sus apetitos. Esta madre se interrogaba por la enigmática actitud de su hijo, a diferencia de aquella otra que, con las mejores intenciones, jamás dudó en hacer lo mejor a su criterio.

Como advierte el saber popular: el camino del infierno está plagado de buenas intenciones. Bien sabemos, la gravedad de muchos casos lo muestra, qué ocurre si se equivoca el estatuto de la demanda y se le otorga una respuesta colmante. Si bien es cierto que el sujeto puede apelar al recurso de la acción, “comer nada”, también puede quedar sin recursos ante el sentido siderante. El sujeto se efectúa respondiendo al Otro, pero no siempre alcanza a responder. Puede no tener respuesta.

A propósito de esto, me fue relatado el caso de una nenita de cinco años que había sido internada en un hospital con una probable intoxicación salicílica: la madre le administraba aspirinas y la nena, a su vez, se encerraba en el baño a tomarlas. Ya padecía una intoxicación crónica que le había producido una gastritis sangrante. Era hipoacúsica por un antibiótico “mal dado”, en aquella oportunidad podría haber muerto. Y durante la internación la madre le seguía dando aspirinas, con el argumento de que ella “se las pedía”, o incluso de que “se le cayó un poquito” en el vaso de la nena, o “le di un beso y le quedó polvito en la boca”. La nena, muda, no atinaba más que a abrir la boca y recibir las aspirinas.

La analista intervino, por un lado, con la madre; ésta debía permanecer afuera durante los encuentros con la hija. Por otro lado, con la nena: introdujo un juego que consistía en sacarle punta a un lápiz y llenar un recipiente, una cuchara, con el aserrín. En un momento la analista hizo ademán de levantar la cuchara y la nena abrió la boca dispuesta a ingerir realmente el aserrín. “¡Pero estamos jugando!”, le dijo la analista, mientras hacía como que le daba de comer a un muñeco. A partir de esa intervención, fue la niña quien alimentó muñecos. Tal vez no se haya tratado de un psicoanálisis en el sentido tradicional, pero sí de una intervención analítica atenta, reconocedora del tiempo de un sujeto con pocos recursos simbólicos para dar a la demanda materna una respuesta no automática.

Cuando el juego se inicia, lo hace perturbando el campo del Otro. Las condiciones que causaron la llegada de ese bebé, las significaciones en las que él halló cabida, incluyen un hecho inicial: el sujeto encontró lugar en ese campo por la simple pero insoslayable razón de haberle hecho falta al Otro. Pero esa falta lleva adherido, de modo indeleble, el anhelo de encontrar lo que le hace falta. Entonces –en el mejor de los casos–, el bebé no encuentra medida exacta en el Otro. Los padres esperan un bebé, pero cuando nace resulta que es una nena o un nene; nunca se logra eludir un resto que no encastra en la demanda anhelada y que perturba de una u otra forma la relación. De la tolerancia que el Otro disponga ante esa perturbación de su campo dependerá la continuación o detención de una dialéctica singular que ofrece o niega posibilidad al sujeto de jugar su cifra. Me refiero, claro está, a la que ocurre más allá de las buenas intenciones. Un nuevo ser nunca será lo esperado; más bien introducirá lo nuevo en lo familiar, algo inesperado y desconocido.

“Si todo anda bien”, como decía aquel excelente clínico de la infancia que fue Donald Winnicott (Realidad y juego), el niño tendrá las que Freud, en su artículo “La negación”, llamaba “perturbadoras costumbres”. Sólo si todo anda bien la relación entre el niño y el Otro se incomodará: el niño no procurará una satisfacción completa, no deparará el goce esperado. Entre el Otro y el niño como objeto no habrá “enteridad”.

Puede parecer paradójico, pero sólo si todo anda bien encontrará cabida cierta medida de perturbación. En ese caso, escucharemos decir que, o bien el niño llora y no se sabe exactamente qué le pasa, o que el niño come de más o de menos, o, más tarde, que el niño tira los objetos al suelo, donde es difícil e incómodo encontrarlos. El niño romperá los hermosos juguetes que le regalamos. En definitiva, si todo sale bien, aquello que el niño romperá son los esquemas previstos: día a día irá introduciendo, como respuesta al Otro, una marca diferencial. Manifestación sensible de la emergencia de un trazo distintivo del sujeto que, habiendo surgido en el campo del Otro, pasa a tomar posición, ocupa su lugar. Lugar anticipado en el Otro primordial si, con su presencia deseante, ofreció también su falta, donando con hechos reales, y no sólo con palabras, su castración.

De esta manera, las piezas del engranaje “harán juego”. La estructura se irá construyendo con piezas móviles. Los juegos que el niño vaya jugando otorgarán un marco alojador a los goces de la existencia. Ese marco se irá diseñando por la vía de una escritura específica, esencial e insustituible para cada tiempo de la infancia. Si los juegos difieren y sus manifestaciones se muestran disímiles, es en la medida que ellos expresan diferentes tiempos de la escena. En el despliegue del juego se producen trazos en los que el sujeto se recrea; se hace presente un tránsito que, redistribuyendo los goces de la infancia, avanza desde la entrada en el lenguaje a la articulación en el discurso y sólo más tarde a esa conformación definitoria posterior que es la neurosis infantil, constituida sobre el andamiaje fantasmático. Ese transcurrir le reclama al sujeto recrearse en tiempos de juego.

* Extractado de El niño en análisis y el lugar de los padres, de próxima aparición (ed. Paidós).

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