PSICOLOGíA › LA VERGUENZA EN LA FAMILIA Y EN LA SOCIEDAD

“Una tenía que arrodillarse”

 Por D. M. O.

La familia es el lugar donde las vivencias de vergüenza del niño se transforman en mundos de vergüenza. El así llamado castigo corporal, por ejemplo, conlleva la comunicación, no de que un niño debe retractarse de algo en lo que se ha equivocado (culpa), sino más bien de que el niño es malo. El proceso de humillación se convierte en un mundo de vergüenzas con las que uno carga durante toda su existencia. Lastra una vida mucho más que el dolor físico. De modo similar, la crítica despreciativa, la crueldad y los castigos desmesurados (como encerrar a un niño de cinco años en un lavabo durante dos semanas por robar 18 céntimos) se convierte en el universo de vergüenza de toda una vida.

Las religiones también han sido poderosos sistemas generadores de vergüenza: confesión los pecados, quema de brujas, mutilación genital, baños rituales que sugieren que el cuerpo de las mujeres es fuente de impurezas. El relato La letra escarlata, de Nathaniel Hawthorne, tanto como la memoria de los stocks (instrumentos de castigo público que consistían en un marco de madera para atar a los infractores por los pies, las manos y a veces la cabeza), ejemplifican cómo el primer protestantismo generaba el “avergonzamiento”. Hay ejemplos sin fin, entre los que puedo describir uno de mi experiencia personal. En la mayoría de las comunidades católicas, antes del Concilio Vaticano II (19625), había un ritual llamado “capítulo de faltas”: en el que yo conocí y que conservo en la memoria corporal, cada hermana tenía que arrodillarse ante la comunidad y acusarse a sí misma de sus fallos de las últimas dos semanas: “Madre, yo me acuso de haber fallado en la custodia de los ojos al mirar alrededor en el comedor”; y hacer la petición: “Hermanas, ¿queréis tener la caridad de decirme mis faltas?”. (Nosotras denominábamos esto de manera informal “el baile de la caridad”, un desafío irónico a aquel ritual vergonzante.) Luego, varias compañeras, hasta ocho o diez, se levantaban y acusaban a la persona arrodillada de diversas infracciones en las reglas y costumbres. Después la acusada tenía que pedirle a la superiora una pena, a menudo pública, que debía ser ejecutada lo antes posible. Todos estos sistemas humillantes tenían como objetivo enseñarnos humildad (que en este contexto se confundía con vergüenza) y reforzar la búsqueda de la perfección. La perfección absoluta sólo pertenecía a Dios; buscar la perfección era equivalente a buscar a Dios. Cualquier fallo en observar las reglas significaba que nuestro intento no era suficiente y por tanto merecíamos humillación pública, de la que existían muchas formas. Sólo después del Vaticano II, cuando cambió la teología, muchas de nosotras rechazamos acusar a las otras, y el ritual del avergonzamiento empezó a extinguirse.

Cuento esta historia porque representa muchas culturas vergonzantes (¿o de la vergüenza?) y sus ideologías. Jakie Gotthold (comunicación personal) dice que el avergonzar y la humillación son mecanismos de control y que contra ellos se puede encontrar medios para no permitir ser avergonzado.

Además, la vergüenza empapa nuestra cultura general, va goteando encima de nosotros y genera muchos aspectos del mundo que habitamos. En la antigua Grecia, la cultura de la vergüenza funcionaba como marco moral, para promover o restringir formas de comportamiento y maneras de ser. El Ajax de Sófocles siente que el suicidio es el único refugio ante la vergüenza cuando la armadura de Aquiles ha sido otorgada a Ulises en lugar de a él. Su compañero Tecmessa dice de él: “Se acaba de sentir muy desdichado. Es cosa dolorosa mirar tu propio problema y saber que tú mismo y nadie más lo ha ocasionado”. De manera parecida, Edipo se destruye a sí mismo desde la vergüenza. La Medea de Eurípides, de manera parecida y contraria, destruye a sus niños en un intento de deshacer la vergüenza que siente en su mundo a partir de la humillación rechazante de Jasón.

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