SOCIEDAD › LA HISTORIA DEL MITICO LAGINESTRA Y SUS PUNTOS DE CONTACTO CON LA BANDA DEL
BANCO RIO

La aristocracia del hampa

Juan José “Pichón” Laginestra fue una leyenda de la delincuencia de los ’60. Aquí, un repaso de la sorprendente similitud con el asalto en Acassuso: cómo entraba a los bancos, las camionetas camufladas y, sobre todo, la caballerosidad de robar millones sin disparar un solo tiro.

 Por Cristian Alarcón

Un sordo ruido sobre tiempos pasados suena en los bajos fondos, entre los más clásicos y mentados. Al exitoso robo millonario del Banco Río de Acassuso le siguieron los procesamientos de cinco y la liberación de dos de los detenidos, sospechas sobre ex militares o miembros de fuerzas de seguridad o inteligencia, y especulaciones sobre la nueva estructura de una superbanda ligada a Luis Valor. Pero en el exclusivo y cada vez más pequeño mundo de “profesionales del delito” –así se definió hace años uno de los más respetados ante Fabián Polosecki– el asalto sin tiros, muertos ni heridos, de botín record e ingenio singular, no es más que la demostración de que aún existen ladrones que enarbolan una distinguida tradición del hampa, la de los viejos códigos arrasados por la crisis, el pibechorrismo y la siempre vigente corrupción policial. Página/12 se sumergió en los viejos archivos para desempolvar una de las historias que mejor representan ese “linaje”, la de Juan José Laginestra, famoso como “Pichón”, y emblema para los que siguen soñando con golpes “sin armas, sin rencores” porque se trata de “plata, no de amores”.

Tres fugas, cincuenta asaltos y ni una sola víctima de sus “hechos” muerta es el prontuario que en su carrera se le adjudicó a Pichón, un muchacho de San Martín que se crió en Villa Soldati y robó en medio país. Nació en 1937 en General Bogado, provincia de Santa Fe, y conoció el pillaje desde chico; flaco, medio petiso, un cuerpo nada espectacular y esas facciones angulosas e italianas lo hacían un personaje de Los muchachos de la calle, de Pier Paolo Pasolini. Formado a punta de codearse con mayores, cuando el arrabal provinciano de la vieja Rosario mafiosa de los ’30 daba paso a la iniciativa individual a la hora de hacerse de lo ajeno y gestar la renta ilegal. La crónica roja de la época señala que “entró en el mundo del delito” con un robo calificado el 30 de diciembre de 1959, al llevarse 800 mil pesos de la época de una las oficinas de Segba en la calle Sánchez de Bustamante, en Rosario. Tras pasar un inexplicablemente breve lapso por la cárcel, Pichón se internó en Santa Fe, su provincia, su tierra, para hacer, con una pequeña “gavilla”, un botín que comenzó a transformarse en leyenda: desde entonces y hasta su muerte, en 1987, la crónica policial dijo que este “enemigo público” guardaba un botín de millones, escondido con celo hasta de sus propios confidentes, compañeros y amantes. Su tesoro escondido lo hacía un personaje aún más luminoso para los lectores de la abundante literatura policial de entonces.

El año de gracia

1968 no sólo fue un año de fuego político y de propagación de nuevas ideas, también resultó el de mejor handicap para los maleantes expertos en bancos. Para agosto, recuerda el periodista Osvaldo Aguirre en su libro Enemigos públicos, “se computaba un total de doce golpes en Buenos Aires y el conurbano, de los cuales sólo uno había sido esclarecido”. Aguirre describe cómo en ese momento convergían varios interesados en los tesoros bancarios, los de la escuela de François Chia-ppe, el francés famoso; los “incipientes grupos guerrilleros” y los ladrones tradicionales. A ello las policías Federal y Bonaerense le oponían una bala tan fácil como la recomendada treinta años después por el mismísimo Carlos Ruckauf para bajar chorros en los ’90. En los archivos se suceden los relatos en los que el delincuente no quiso identificarse y disparó con su arma enloquecido para caer “abatido por los agentes del orden”. Así le ocurrió a uno de los mejores amigos de Pichón, su cuñado Jorge Oscar Rey, fusilado en Ramón Falcón y Bonorino, Flores.

Juan José Ernesto Laginestra no era sólo un pistolero ni siquiera para la prensa sesentista, afectísima a construir monstruos mediante la mentira policial hecha noticia. “Se sabe que es un maleante dotado de cierto grado de inteligencia y poseído de una audacia y temeridad sin límite a las que une un acentuado repudio a la policía”, decía La Razón en enero del ’69 en un artículo titulado “Laginestra: personaje de leyenda en el hampa”. Para entonces ya se había ganado la fama al intentar fugarse dos veces en el ’67 de la cárcel de encausados de Rosario, y al haberlo conseguido la madrugada del 23 de marzo del ’68. Cuando la guardia cambió, a las cuatro de la mañana, Pichón se las arregló para abandonar la celda aislada en la que lo requisaban cada 24 horas, dejarla con candado por fuera y a la catrera armada con un bulto simulando su propio cuerpo dormido. Nadie se explicaba cómo consiguió la soga de 6,45 metros con la que se descolgó por el muro de la cárcel, para huir luego, tras sortear la ráfaga de ametralladora que un guardia de mala puntería le dedicó desde su torre, en un Taunus al que la fantasía popular hacía ora azul, ora rojo. “La ciudad vive la psicosis de verlo por todas partes”, advertía un diario, y subrayaba el parecido entre Laginestra y el campeón Horacio Accavallo.

Para completar su “perfil delincuencial” se le sumó que lo consideraron –aunque él más tarde lo negaría– el organizador de otra ruidosa evasión, la del penal de Caseros. El 5 de agosto, diez presos que hacían un trabajo de albañilería próximo al muro del penal, adentro, ataron y amordazaron a los penitenciarios con facas y limaron una pequeña puertita dentro del portón de salida. Afuera, cinco de ellos –los pesados supuestamente liberados por Pichón para los próximos robos– tenían un auto esperándolos. A los otros los fueron agarrando. Estos protagonizaron junto con Laginestra una sucesión de asaltos. Los que los hicieron pasar a la historia fueron dos: el del 16 de septiembre al Banco Popular Argentino, de la calle Nazca, en Villa del Parque; y el cometido el 30 de septiembre, en el Banco Nación del barrio rosarino de Arroyito.

Como en el Banco Río, en el Popular de Villa del Parque, la estrategia fue dar vuelta las reglas de la lógica. No salir por la puerta delantera como en el caso de la banda de Acassuso. Entrar por la trasera en 1968. Allí la estrategia fue llegar sin ruido, por un lugar impensado. Nada más fácil que inmovilizar a los que ocupaban la casa vecina. Eran las siete de la tarde. Cuatro tipos, “más o menos jóvenes”, los ataron de pies y manos y los amordazaron. Tres de los ladrones tenían en la cara medias de mujer y pistolas en las manos. El cuarto llevaba una ametralladora. Con una soga treparon la pared que dividía la casa del patio del banco. Allí esperaron a que por una puerta lateral apareciera un empleado. Encañonado, el bancario tuvo que hacerlos entrar. “Quietos todos. Esto es un asalto, así que todos de cara contra el piso”, dicen que dijeron. Se llevaron 23 millones por la puerta de los blindados y salieron raudos en un Ford Falcon. Sólo dispararon un tiro al aire cuando un empleado intentó retobarse.

Robarle al Estado

Para robar el Banco Nación de Arroyito entraron por el garaje de la casa del gerente. Otra vez desde adentro. Fueron cinco, esta vez con la cara con pañuelos y toallas, a lo Billy The Kid. Esta vez esperaron tranquilos que llegara el ordenanza, a las 6.10. Le hicieron preparar café y fueron recibiendo de a uno a los empleados, hasta que llegó el gerente y a punta de pistola lo hicieron llamar al tesorero por una supuesta urgencia. Les abrieron el tesoro, llenaron maletines con los 38 millones y se fueron en una IKA Renault del propio banco para cambiar de coche a las pocas cuadras. La revista Así lo llamó “El golpe de los enmascarados” y destacó que “el trato que los asaltantes les brindaron a sus prisioneros fue cordial y llegaron a ofrecerles café y gaseosa”. Trato similar les dieron los ladrones del Banco Río a sus propios rehenes; llegaron a cantarle con palmas y sonrisas el Feliz Cumpleaños a una clienta de aniversario.

Así aventuró una hipótesis que durante años sería parte de la mala fama de estos pistoleros: “Se robustece la teoría de que el grupo pernoctó en el banco y en el rumor de la gente toma visos de convencimiento que se trata de elementos vinculados con movimientos guerrilleros o extremistas”, decía la revista de policiales. El rumor se basaba en el comentario que Pichón había hecho durante el robo: “Nosotros también trabajamos como ustedes, con la diferencia de que nuestro trabajo es robarle al Estado”. En Acassuso, el banco elegido, esta vez privado, era el resguardo de millones en negro, ocultos en cajas de seguridad, lejos de los controles del Estado. A las víctimas del saqueo les dejaron el mensaje: “En barrio de ricachones, sin armas ni rencores, es sólo plata y no amores”.

Sindicato aristócrata

Dos alias tuvo el grupo de Laginestra: “el sindicato de pistoleros” y la “aristocracia del hampa”. Lo buscaron incansables las brigadas. El Pichón se había retirado durante unos meses sin irse demasiado lejos. Se alquiló una pieza en el fondo de un inquilinato de San Telmo, sobre la calle Azopardo, sindical si las hay. Solía visitarlo una mujer atractiva y de vez en cuando un hombre. La pieza tenía salida por las dudas hacia la avenida Ingeniero Huergo. “Su ubicación era una pesadilla para la policía. Pero no faltó el buchón. “El peor enemigo y al que más teme el malviviente es al batidor, soplón y alcahuete”, instruye La Razón. En este caso, gracias al dato la policía dio con el escondite. Para el casero, Pichón era “un joven simpático y provinciano que había llegado al lugar para realizar los trámites a fin de cobrar una importante herencia, con la que se mantenía y no trabajaba”. “No era muy comunicativo, pero sí amable y atento con los vecinos” que habían visto cómo limpió y pintó el cuartucho, puso “buena ropa de cama” y la amuebló “con cierto lujo no exento de buen gusto”. En la mesa de luz, Laginestra había puesto “en un marco de buena calidad” la foto de su amigo y primer compañero “de fechorías”. Junto a la imagen de Rey, un florero con una rosa.

Dos “bolazos” tiró la policía tras su detención, según los que lo conocieron y hoy viven el robo de Acassuso como una revancha del viejo héroe: que lo agarraron con varios papeles de cocaína y bajo los efectos de esa droga –“narcómano”, dijeron los diarios–; y que batió a sus compañeros para protegerse. Pocos días después de su caída, al buchón que lo mandó al frente se le sumó un voluntarioso santafesino que había visto una extraña escena frente al Banco Nación de Arroyito. Envalentonado por los titulares en los que aparecía “el rey de la fuga”, declaró que vio cómo cinco hombres salían del lugar y se metían, esfumándose bajo un camión cisterna, que luego salió raudo sin despertar sospecha alguna. Para que lo ubicaran dio un detalle: en la puerta llevaba dibujado un Pájaro Loco, el dibujito animado. Cuando lo encontraron fue tapa de Así: “El camión fantasma de Juan Laginestra”.

Según la revista, el inspirador de la idea fue uno de los compañeros acribillados, Mariano Gareca. “Había visto en una serie de televisión, Jericó, cuando durante la ocupación alemana en Francia sacaban de París, escondidos en el interior de un camión tanque a la orquesta sinfónica”, dicen que explicó el propio Pichón ya preso. Adentro de lo que se suponía llevaba cientos de litros de vino en realidad había cómodas camas, comida, bebidas y todo lo necesario para que cinco hombres cruzaran Santa Fe tranquilos mientras la policía los buscaba hasta con helicópteros. Es exactamente la misma idea que pusieron en funcionamiento luego en un secuestro cuando a la plata la hicieron dejar en un Fiat 600 estacionado sobre una boca de tormenta por la que la sacaron mientras los polis esperaban agazapados reventarlos al hacerse del rescate. Igual a lo que en Aca-ssuso hicieron los sucesores del Pichón al entrar a la combi Volkswagen por el piso y desaparecer ante cientos de policías bonaerenses.

El Pichón Laginestra terminó de convertirse en un antihéroe con ese hallazgo. Lo que siguió fueron más de dos años de cárcel, interrumpidos por su último momento heroico: la fuga de la cárcel de encausados de Córdoba el 25 de mayo de 1973, mezclado entre los presos políticos liberados ese día por el gobierno de Héctor Cámpora. A la fuga le sucedieron dos secuestros planificados por él mismo: en Firmat, Santa Fe, apresaron al intendente, un industrial de dinero. En Rosario, a un empresario metalúrgico, Emilio Scholer. En un momento de crisis, contó el secuestrado, los compinches de Laginestra lo quisieron matar. El Pichón se opuso: “No quería malograr una carrera sin derramamiento de sangre”, dijo un policía a la prensa.

Lo detuvieron en Villa María, Córdoba, adonde habían llevado al hombre. Laginestra pasó luego de eso toda la dictadura preso. Soportó el suplicio que fue la cárcel también para los presos comunes o “sociales”. Salió gracias a que un defensor cordobés entendió que, habiendo ya pasado más de la mitad de su vida entre rejas, podía quitársele de la condena la accesoria de “tiempo indeterminado”. Duró poco en la calle. Lo bajó una patota de la Bonaerense en Villa Ballester. Manejaba un Taunus verde, suele contar el periodista delincuencial Ricardo Ragendorfer: “Simplemente saltó, como impulsado por un resorte, se sacudió y terminó desplomado sobre el asiento. Junto a él también derrumbado y sangrante yacía otro cuerpo. Ambos estaban desarmados”.

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Imagen: Télam
 
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