SOCIEDAD

Lo que engorda es la amistad, de acuerdo con un estudio científico

Una investigación demostró que una persona tiene más riesgo de engordar si tiene amigos obesos. Fueron estudiados más de doce mil casos a lo largo de 32 años. Los motivos para el “contagio”.

 Por Pedro Lipcovich

A y B son amigos de hace tiempo. Eran flaquitos, los dos. Pero B empezó a engordar: este solo hecho hace que, ahora, las probabilidades de que A engorde hayan crecido un 171 por ciento. Así lo precisó un estudio publicado en una prestigiosa revista científica, a partir del seguimiento de una red social de más de doce mil personas a lo largo de 32 años. La asociación vale especialmente si los amigos son del mismo sexo, y se advierte más en varones que en mujeres. El mismo fenómeno se da entre hermanos adultos del mismo sexo, cuando uno de los dos empieza a engordar. Y en matrimonios, si uno de los cónyuges engorda, no importa si el marido o la mujer, el otro también tenderá a hacerlo. Según los investigadores, uno de los mecanismos para esta influencia podría ser que el hecho de que un prójimo gane peso “cambia los criterios de la persona sobre la aceptabilidad de tener sobrepeso”. Esta especie de contagio entre personas próximas viene a anotarse como “un factor que contribuye a la epidemia mundial de obesidad”, según el estudio.

La investigación, publicada en The New England Journal of Medicine, fue efectuada por un equipo de la Universidad de Harvard dirigido por Nicholas Christakis. Los investigadores aprovecharon un trabajo de seguimiento efectuado entre 1971 y 2003, sobre 12.067 personas vinculadas socialmente, que formó parte del estudio Framingham, primariamente destinado a enfermedades del corazón. El estudio había incluido la evaluación del sobrepeso y la obesidad. “En todas las evaluaciones, desde 1971 hasta 2003, el riesgo de obesidad entre personas directamente vinculadas con una persona obesa resultaba un 45 por ciento más alto que si no hubiera existido esa vinculación.”

Tratándose de amigos, “el tipo de amistad resultó ser importante. Entre amigos mutuos –cada uno de los cuales se reconocía como amigo del otro–, cuando uno de los dos engordaba, el riesgo de obesidad para el otro aumentaba un 171 por ciento. Si, en cambio, A se consideraba amigo de B, pero B no reconocía esa amistad, cuando B engordaba, la probabilidad de que A engordara no superaba el 57 por ciento (como si el sujeto se diera cuenta de que esa amistad, no siendo recíproca, merecía una entrega menor). Y si B se consideraba amigo de A, pero éste no compartía ese sentimiento, el hecho de que B engordara no hacía que A subiera un gramo.

Por lo demás, esta relación valía especialmente para amigos del mismo sexo: “Para amigos de distinto sexo, no había una asociación significativa” entre sus respectivas gorduras. Y se hacía sentir especialmente si los amigos eran hombres: “Entre amigos varones, la ‘transmisión’ de la obesidad triplicó la que se registró entre amigas mujeres”.

Entre hermanos adultos, “la probabilidad de que uno de ellos se volviera obeso aumentaba un 40 por ciento si el otro había engordado”. En este caso, “el fenómeno era más marcado entre hermanos del mismo sexo (55%) que entre hermanos de distinto sexo (27%)”. Y a la inversa de lo que sucede en la amistad, se da más entre mujeres que entre varones: “En las hermanas, la probabilidad de que una engorde hasta ser obesa, cuando lo hizo la otra, llega al 67 por ciento; entre hermanos, no supera el 44 por ciento”.

Estos efectos no son alterados por la distancia: se dan aunque los amigos o hermanos vivan lejos. Tratándose de cónyuges, cuando uno de ellos engorda, “el otro tiene un 37 por ciento más de probabilidades de hacerse también obeso. La proporción resultó similar para esposos y esposas”, señala el estudio de Harvard. En cambio, “entre vecinos no se produce ningún efecto de esta índole”.

Los investigadores encuentran que “los mecanismos psicosociales para la expansión de la obesidad pueden residir, antes que en la imitación de conductas, en la percepción de las normas por las cuales la obesidad resulta más o menos aceptable. Entonces, cuando una persona advierte que un otro significativo aumentó de peso, puede más fácilmente aceptar un aumento de peso en ella misma. A este resultado podrá llegar mediante conductas alimentarias que, llevándolo también a engordar, pueden no ser las mismas que las del otro, como lo muestra el hecho de que la situación puede darse aun entre personas que viven a mucha distancia”. En todo caso, “la expansión de la obesidad en las redes sociales resulta ser un factor en la epidemia de obesidad”.

Daniel De Girolami, docente de Nutrición en la UBA, acordó en la importancia de los aspectos psicosociales en la obesidad, y ejemplificó: “La persona que se dispone a adelgazar imagina que, con el cambio, recibirá más aceptación social, y no siempre es así. Si un grupo de amigos come mucho y uno de ellos empieza a comer menos, se generará una resistencia intragrupal. Si, en un grupo de chicas, una o dos son gorditas, las otras pueden sentir que eso las favorece en la competencia y rechazar un cambio”.

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