SOCIEDAD › UNA TARDE EN EL LABORATORIO DE ROBOTICA DE LA FACULTAD DE EXACTAS

El mundo como experiencia

Desarrollar proyectos de robótica móvil capaces de remediar carencias o evitar riesgos humanos es una tarea de equipo. Los investigadores de la UBA explican que la tarea es multidisciplinaria y requiere la colaboración de muchos campos.

 Por Soledad Vallejos

Al fondo descansa un brazo de robot industrial. A un lado, un robot munido de ruedas y con dos cámaras como ojos. Acá, sobre la mesa, el centro de un espacio habitado por computadoras, papeles, algún muñeco y un potus, mientras la luz de la tarde languidece por la ventana, descansan cuatro robotitos, tres de ellos enteramente nacidos en el lugar. Alrededor de la mesa, algunos de los investigadores hablan de su trabajo con la pasión del que podría detallar pasos, procesos, ideas, analogías, durante horas. En el Laboratorio de Robótica y Sistemas Embebidos (LRSE), del Departamento de Computación de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (FCEN, UBA), a la entrada de Ciudad Universitaria, si algo no falta es entusiasmo. En un rato, el pabellón donde se encuentra el laboratorio demostrará que el chispazo abarca bastante más que estas cuatro paredes: se nota con el murmullo que se levanta en los pasillos cuando los entrevistados, todos investigadores del laboratorio, avanzan robots en mano. Las ganas de que sea tiempo de pruebas al aire libre invaden a los pequeños grupos desperdigados aquí y allá, que en seguida preguntan “¿van a volar?”, “¿los van a hacer funcionar?”. Al “no, es para hacer unas fotos”, sigue una pequeña ola de silencio desilusionado.

“Antes había otro laboratorio de robótica pero enfocado más al aprendizaje por refuerzo. Ahora nos dedicamos a la robótica móvil”, explica Pablo de Cristóforis, cuya tesis de doctorado versó, no casualmente, sobre ese mismo tema. En este campo de investigación, “el principal objetivo es dotar de mayor autonomía” al robot, explica, y agrega que el ideal es que no requiera operación ni intervención humana durante su tarea. “Hay robots que pueden ayudar en tareas cotidianas a ancianos, otros que pueden facilitar el transporte de cargas, para evitar que las personas se lesionen,como es habitual. En el mercado también hay un robot aspiradora, acá se consigue”.

El aire tiene riesgos, dice Matías Nitsche, que trabaja sobre robots aéreos y trata con empresas que valoran que haya desarrollos de inteligencia artificial capaces de tomar a cargo tareas que hoy los humanos llevan adelante con esfuerzo. “Hay aplicaciones que hacen lo que antes podían hacer vuelos tripulados, pero tripulados a grandes costos y con riesgos, como la inspección de líneas de alta tensión”, explica, y la referencia es muy concreta. Las empresas de electricidad tienen entre sus rutinas la supervisión de cableados instalados a gran altura y en lugares a los que no siempre es sencillo llegar por vía terrestre; esas instalaciones, claro, se deben supervisar desde el aire, algo que se realiza con el auxilio de helicópteros (y sus respectivos pilotos); la ruta no consiste en simples desplazamientos a alturas regulares, sino en acercamientos y alejamientos a las líneas, algo que termina convirtiendo el vuelo en falsas caídas en picada, y sus sucesivas remontadas para ganar altura nuevamente. “En su planta de Tigre, por ejemplo, Edenor tiene que hacer eso. Y las inspecciones duran el tiempo que pueden aguantar los inspectores, porque esa oscilación del helicóptero, que es necesaria para examinar el tendido, les hace mal, se marean, no es fácil”, acota Taihú Pire, otro de los investigadores. Por eso, agrega Nitsche, ese tipo de rutina es “riesgosa e ineficiente, por los gastos que demanda, por los peligros para las personas involucradas”. La solución es más sencilla de lo que parece: en el LRSE están desarrollando vehículos aéreos, multicópteros, pequeños y de bajo costo, con batería de recarga rápida, y cámaras. “No tiene riesgo y resuelve la tarea por sí solo”, explica Nitsche.

No es el único caso de proyecto cuyo desarrollo está íntimanente vinculado a alguna aplicación concreta, urgente, en el mundo real. Otra investigación, por ejemplo, se vincula con el cumplimiento de la ley de bosques en el monte chaqueño, e involucra a otros espacios de la misma Facultad. “Hacer un relevamiento sobre todo el monte chaqueño para detectar si hay tala ilegal o si se respetan los permisos concedidos por el gobierno, y realizar el monitoreo con facilidad y la frecuencia necesaria no es fácil si sólo depende de personas”, dice De Cristóforis, que recuerda la frecuencia de la extracción clandestina de zonas enteras de monte. “Con ecólogos, de la carrera de Biología, y con el área de procesamiento de imágenes de Ciencias de la Computación, nos presentamos a una convocatoria de propuestas que lanzó el Ministerio (de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva) para apoyar el cumplimiento de la Ley de Bosques. La idea es trabajar con robots aéreos que permiten tomar imágenes, hacer mapeos tridimensionales, identificar qué parte del monte está forestada, cuál no”, agrega.

Alrededor de la mesa florecen las hipótesis de escenarios de rescate en los que la inteligencia artificial puede hacer la diferencia con sólo reemplazar la presencia humana, para no arriesgar vidas. En un derrumbe como el que sucedió en Rosario en 2013, tras la explosión por una pérdida de gas, un robot artrópodo (que se desplaza con un sistema de patas similar al de las arañas) podría detectar nuevas fugas; lo mismo podría hacer en situaciones como la desatada por la central nuclear de Hiroshima; robots aéreos dotados de los sensores correctos podrían monitorear si hay vida humana –o mejor dicho, calor de cuerpo humano– entre escombros, como explica Tomás Fischer, cuyos días se concentran en estos proyectos.

“La robótica siempre tiene que trabajar de manera multidisciplinaria”, explica De Cristóforis, mientras suena el timbre, alguien abre y llega otro de los integrantes del equipo, Kevin Allekotte, que trabaja en Google y demuestra que la inteligencia artificial necesita “mantener el vínculo con la industria, porque eso permite saber cuáles son los desafíos abiertos, cuáles son los algoritmos en uso”. Por eso mismo, además, quienes son colegas no pierden contacto, y por eso, por ejemplo, el equipo también sigue en contacto con una integrante que dejó Buenos Aires para participar de investigaciones en el Instituto Balseiro, de Bariloche. “La comunidad no es grande”, dice De Cristóforis, que explica que –de algún modo– en este campo el futuro es cada vez más cercano al presente: “el tiempo entre el de- sarrollo teórico, su implementación y el impacto social es cada vez más breve”.

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Pablo de Cristóforis, Taihú Pire, Tomás Fischer, Matías Nitsche y Patricio Inzaghi, en la FCEN.
Imagen: Sandra Cartasso
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