VERANO12

El regreso

 Por Sylvia Iparraguirre

“Como un río inagotable fluía hacia él un vasto torrente de tiempo, colmando el cielo y el universo, envolviéndolo todo.”
J. G. Ballard

Como una telaraña tenaz, la sensación de irrealidad no terminaba de diluirse alentada por las interminables horas de vuelo, el cansancio y los fla-shes de los fotógrafos que perseguían entre gritos a algún pasajero famoso. Con paciencia de arqueólogo pasó los trámites de aduana y esperó a que le entregaran su equipaje. Al fin, sin que nadie reparara en él –quién, por otra parte, iba a reparar en un hombre viejo, de aspecto fatigado, que volvía del atronador silencio de la meseta de Kavir–, caminó hacia las grandes puertas encristaladas de la salida. Miró la bóveda oscura del cielo y dejó que bajara hacia él la noche del Sur. En los últimos años, años de innumerables viajes, sus puntos de referencia al llegar a su país no se ligaban a personas o a lugares. Desprendiéndose de lo más inmediato, sus ojos buscaban las estrellas y era allí donde encontraba el lugar familiar, en las constelaciones de la infancia. Bajó la mirada. Viniendo de la playa de estacionamiento, distinguió la silueta inconfundible de Weber. Intercambiaron saludos y las primeras preguntas necesariamente triviales sobre el viaje y la excavación. Oyó sus propias respuestas que intentaban no ser desanimadas. Por fin se lo dijo: no había nada importante, ningún anuncio espectacular, nada que no pudiera esperar hasta el lunes en el laboratorio. No había sido un fracaso, todo lo contrario; había recogido datos muy valiosos, pero lo que realmente había ido a buscar no había aparecido. En el automóvil de Weber, mientras contaba parte de esos meses en el desierto, se encontró preguntándose si sabía en realidad qué había ido a buscar. Más aún: si, en definitiva, había algo que buscar. ¿Lo sabría alguna vez? Tenía una sola certeza: le quedaba muy poco tiempo. Se despidió de Weber repitiéndole que el lunes se verían en el laboratorio de la Universidad. En su departamento, sacó la escasa ropa de la valija y ubicó algunos libros en los estantes. Todo estaba en orden a pesar de su prolongada ausencia. Su hermana se había ocupado de que su antiguo departamento no se convirtiera en un lugar abandonado. Weber también tenía una llave y solía venir de vez en cuando a consultar libros.

Volver hasta los orígenes del lenguaje, buscar el punto en el cual el mero grito se había transformado en un sentido completamente nuevo. Dicho así, puesto así en una seca frase en su mente, era un disparate. Pero cuando el hallazgo de un elemento de juicio o de comparación se revelaba permitido por el caprichoso azar que regía el lento avance de los descubrimientos, las hipótesis más inverosímiles cobraban forma. En ese mismo viaje a Kavir-Kuh, restos fósiles atestiguaban el crecimiento incesante del cráneo homínido durante un período de casi un millón de años, lo que implicaba un cerebro mayor, más complejo, adaptado a las nuevas necesidades evolutivas, a la comunicación entre los integrantes de la horda. Sin embargo, entre esos rastros óseos dispersos en el planeta, ocultos Dios sabía dónde, mediante los cuales se podía armar el rompecabezas del homo de postura erecta y mandíbula libre, entre ese hombre listo para hablar y los sistemas de gritos de los gibones, ¿dónde estaba el puente? El primitivo conjunto de gritos había evolucionado hacia un sistema que terminó transmitiéndose por aprendizaje, no por biología, pero ¿en qué momento el sistema de esos pocos gritos había realizado la combinación de dos de ellos para nombrar otra cosa? Muchas veces, en el frío intenso de la noche del desierto, había estado seguro de encontrar en sí mismo una respuesta; en secreto mantenía la certeza de que cada ejemplar de la especie humana guardaba en su memoria genética las experiencias decisivas de la evolución, ¿y cuál más decisiva que aquellos primeros pasos del lenguaje, perdidos ahora para siempre? Sentía, había sentido con fuerza inaudita pero indemostrable, que su mano extendida en la oscuridad estaba a punto de alcanzar algo, una respuesta que no figuraba en los libros. En algún punto perdido de esa inmensa noche que se desplegaba por más de medio millón de años, un hombre había articulado un sonido cuyo sentido nuevo había sido desentrañado por otro hombre.

Permaneció absorto en el sillón. En la semioscuridad, con el vaso en la mano, miraba sin ver la biblioteca que llenaba tres paredes y se continuaba en el pasillo y en el dormitorio. ¿O había sido el vodka que en los últimos años lo había acompañado fielmente, ayudándolo a sobrellevar, en la soledad de la precaria tienda de campaña, lo demasiado que sabía de la historia de los hombres? De regreso otra vez en aquellos cuartos familiares repletos de objetos de todas partes del mundo, sin nada concreto entre las manos, su vida entera, su trabajo, le parecieron de pronto una completa y total locura. Su vida entera no, se concedió en el silencio de la biblioteca; sólo los últimos quince años. Seguían siendo sus años iniciales llenos de premios y doctorados en las mayores universidades del mundo los que sostenían su prestigio y lo hacían (¿hasta cuándo?) respetable. Sensatos colegas habían tratado de desanimarlo. No podía reprochárselo: si se insistía en esa línea en poco tiempo se lograba una dudosa reputación científica. Cómo explicarles la certeza, sin fundamento racional alguno, de que él se encontraba, por algún motivo imposible de esclarecer o de justificar ante los demás, cerca de aquello que buscaba. Y que esta certeza en vez de desvanecerse se había acentuado con el correr del tiempo. ¿Y si todo fuera un problema de vejez? En ese caso, su búsqueda quedaría reducida a un patético asunto de senilidad. Con un supremo esfuerzo se levantó, recorrió el pasillo y fue al dormitorio. Pesaron sobre él las interminables horas de vuelo. Se tiró vestido sobre la cama.

Al amanecer ya estaba despierto. Preparó café y lo tomó en la cocina. Decidió afeitarse y ducharse; debía estar presentable para la visita a casa de su hermana. En el baño, se enfrentó al espejo. Hacía años que su cara adoptaba un ligero aire de decepción o, tal vez, de pura y simple resignación cada vez que miraba su propia imagen. Hoy se veía como si la mandíbula estuviera desencajada, como si no le respondiera del todo. Le hizo gracia esta ocurrencia y sonrió; la sonrisa se vio como una mueca dolorida. Buscó la crema de afeitar. En el espejo, su cara tenía ahora una expresión de alarma. Su garganta y su boca articularon con dificultad una palabra.

–Marduk –y el sonido ronco repitió–: Marduk.

Asperas sílabas rodaban por su boca, atropellándose como un puñado de piedras. Se sumergió en el humo denso que algún sacerdote hacía brotar del fuego en el templo subterráneo. En un rincón de la cueva tembló ante la imagen del dios, mientras la plegaria se alzaba de las gargantas y retumbaba como un trueno, rebotando en las paredes horriblemente oscuras y húmedas, metiéndose en sus oídos, recordándole a qué castigos estaban expuestos los infelices mortales. El humo traía un olor espeso a resina que lo hacía parpadear, ardiendo en sus ojos irritados y en la garganta reseca. Tocó el piso de piedra con la frente aterrada al tiempo que su cuerpo y su mente temblaban ante el oscuro furor de Marduk; de su boca salían con torpeza las palabras entrecortadas de la alabanza.

Sentado en el piso del baño, lo primero que vio fue su propia palma que, rígida, sostenía lejos del cuerpo la crema de afeitar. Se incorporó con un fuerte dolor en el hombro derecho. Como si fueran de otro, se vio los ojos anormalmente abiertos y los labios color violeta. Menos por curiosidad que por hábito profesional, fue al estudio y anotó fonéticamente las sílabas que recordaba o creía recordar haber pronunciado en esa especie de trance.

El mediodía en lo de su hermana pasó como un sueño. Las conversaciones de las que él sin proponérselo pero de forma inevitable era el centro, el pedido de anécdotas, de historias, lo aturdieron. En un momento se levantó y fue al baño. En el fondo de los ojos permanecía el estupor de esa mañana. ¿Se lo contaría a Weber? Pensaría lo que estaba pensando él en ese mismo momento. Que se estaba volviendo loco, o peor, que se estaba volviendo un viejo mitómano que se contaba a sí mismo historias y se las creía.

Al día siguiente, lunes, la Universidad le había programado un informe al Comité Científico, más tarde un encuentro especial con alumnos avanzados y luego el almuerzo con el rector. Entre los jóvenes se sintió como una reliquia venerable, una especie de delicado fenómeno, un paleólogo que podía ejemplificar lo que decía con largas citas en lenguas muertas hacía milenios. Almorzaba con el rector y todavía no había decidido si decirle o no a Weber. Habían quedado en encontrarse por la tarde en el laboratorio. Sabía de antemano lo que le diría: Weber era un racionalista puro, una mente irreductiblemente cartesiana. No obstante, no podía albergar ni un ápice de desconfianza o de suspicacia hacia él. Había sido un discípulo ejemplar. Hasta había cumplido con el último de los requisitos del discípulo: rebelarse de su tutela. Mantenía un agradecido respeto por lo que llamaba su “asombrosa erudición renacentista” pero esto no era suficiente para pedirle crédito. Weber consideraba que las oportunidades de constatar científicamente los pocos datos reales que había obtenido en el campo de su búsqueda eran tan insignificantes que no justificaban una dedicación tan apasionada como la suya. En el fondo pensaba, como seguramente muchos lo hacían, que debía retirarse. Decidió no decirle nada. De algo estaba seguro: con los años no había perdido la capacidad de llevar adelante una conversación coherente mientras su mente se dedicaba de lleno a otra cosa. El rector estaba encantado con sus anécdotas del desierto.

Después del almuerzo, procurándose algo de soledad, fue al laboratorio, donde se quedó hasta tarde.

Ya en su departamento, muy cansado, comió algo frugal y se acostó. En plena madrugada se despertó enredado en las sábanas húmedas y en completo desorden. Le dolía horriblemente la cabeza. En la oscuridad sintió el prognatismo de su mandíbula. Como si una fuerza interior le mandara la quijada hacia adelante en una monstruosa contractura que le hacía crujir los cartílagos. Arrodillado en la cama, con un clavo ardiente traspasándole las sienes, escuchó las toscas sílabas de una lengua desconocida; su propia garganta filtraba el aire como una vasija rota el viento del desierto. Extendió las manos para aferrar el respaldar de la cama y no desmayarse, pero la cama no existía. Estaba en una gruta, en medio de una horda de hombres jadeantes que vociferaban alrededor de la vertiente de agua. En la resplandeciente boca de la caverna, siluetas escuálidas de mujeres y niños esperaban el resultado de la disputa bajo un sol enceguecedor. Había confusión y oscuridad y entre las piedras, bajo sus pies, latía el cauce con reflejos plateados. El también vociferaba y gesticulaba mostrando los dientes en el afán de infundir miedo a los otros. Los sonidos trepaban por su garganta sedienta y su lengua realizaba contorsiones inconcebibles para expresar la furia y la desesperada necesidad de posesión del agua.

Con los ojos muy abiertos reconoció la creciente luz del amanecer por la ventana. Estaba inmóvil, tirado en la cama de cualquier manera. Un hilo grueso de sangre resbalaba desde su nariz hacia el cuello. No fue capaz de detenerlo. Tampoco fue capaz de saber cuánto tiempo duró lo que no sabía cómo denominar, alucinación, locura. Cuando la luz plena de la mañana confirmó la familiaridad del cuarto, logró levantarse. Tuvo miedo de mirarse en el espejo. Se lavó la cara y, sentado a la mesa de la cocina, se sirvió café. Solamente después de tomarlo volvió al espejo. Manchas tumefactas, violáceas y azules como marcas de golpes, se extendían de las sienes hacia los pómulos dándole un aspecto terrible, como si hubiera sufrido un accidente. Cuando las manos dejaron de temblar, articuló algunas frases en voz alta para constatar que podía hablar, tomó el teléfono y canceló todas sus obligaciones.

Finalmente, por la tarde llamó a Weber. Le pidió que viniera a su casa esa noche; tenía algo muy importante que decirle. El tono de su voz alarmó a Weber, pero él lo tranquilizó y le dijo que hiciera lo que le había indicado. Decidió ocuparse de algunas cosas: primero revisó concienzudamente los medicamentos que había tomado durante su último viaje. En especial, los componentes de las cápsulas que le habían dado en el desierto como precaución para unas fiebres intermitentes que habían padecido todos y de las cuales él, milagrosamente, se había librado, y la inocente bolsita de té, unas hierbas que tomaban los nómades y que le habían resultado muy estimulantes. No encontró nada anormal. El cansancio lo venció y debió tumbarse de cualquier modo sobre la cama revuelta. Se sumergió en un sueño profundo, negro. Cuando despertó, era la tarde. Fue a su estudio y buscó la libreta donde había anotado las sílabas pronunciadas antes de perder la conciencia por primera vez, dos días atrás, sumergido en esas visiones inexplicables. Allí estaba, en signos fonéticos, el que resultó el nombre de un dios –Marduk– y otras sílabas sueltas. Se sentó en el escritorio y puso frente a sí el grabador. Accionó la tecla para grabar y reprodujo con su voz cascada los signos de la libreta. Era lo que pensaba: había articulado palabras, tal vez frases, en semítico oriental, una antigua lengua de la Mesopotamia. No significaba nada extraordinario. Conocía esa lengua. Lo que no podía explicar era que la había pronunciado como jamás podrían hacerlo él ni sus colegas en cien años de práctica. La había pronunciado cuatro mil años atrás. Ahora, su voz de profesor en la cinta reproducía una cadena de sonidos pálidos, un calco de los signos escritos; un remedo sin vida, sin sangre, sin el aliento entrecortado de aquellas aterrorizadas sílabas que alababan a Marduk y que lo habían dejado exánime en el piso del baño.

Con un estremecimiento nervioso recordó la noche anterior. Su pensamiento se movió con lenta cautela, como quien entra en una habitación a oscuras en la que sospecha hay algo monstruoso. La explicación que encontró fue insensata, pero dejó que se filtrara la intensa excitación que yacía debajo de sus pensamientos. ¿Se estaría produciendo lo que había intuido durante tanto tiempo? Miró el reloj. Weber no tardaría en llegar. Intentaría reproducir en el grabador los sonidos guturales que habían salido de su garganta esa noche en la tiniebla de la gruta, los de la disputa por el agua. Cuando apretó la tecla del grabador, la contorsión de su cara y su cuello engendró un grito que le laceró el fondo de los pulmones. Un túnel vertiginoso se abrió y frente a él un ser horrible y mísero del principio de los tiempos mostró unos dientes agudos como los de lobo; él también gesticulaba y jadeaba: el olor a sangre cercana y la ansiedad salvaje que le producía el hambre lo enloquecían. Pero el miedo lo paralizaba porque del lugar del que venía el olor a sangre emanaba la feroz inminencia de un peligro. El miedo de ir en busca de aquello, solo, hacía temblar las fibras correosas de su cuerpo cubierto de pelo. En medio del páramo, sus caras se enfrentaban intentando algo sin nombre. Cuando el hambre y el miedo se hicieron intolerables, un hueco se abrió en su interior al nivel del plexo: una burbuja de fuego subió desde los pulmones elementales, pasó por su garganta y se hizo pedazos en un grito, una forma articulada que no volvería ya a ser el aullido de comida ni el aullido de peligro, sino las dos cosas a la vez comida con peligro y que seguía la dirección de su mano tendida en el aire. El otro frente a él también extendió el brazo y su garganta repitió, una y otra vez, la forma precisa del sonido nuevo que había salido antes de su boca y el sonido significó comida con peligro, y las dos manos extendidas junto al grito que golpeaba en sus paladares se unieron a sus fosas dilatadas por el olor a sangre. La oscuridad cayó, borrándolo todo.

Cuando, después del funeral, Weber se dispuso a escuchar en la soledad de su estudio lo que imaginó era un mensaje póstumo de su querido maestro –afectuosas recomendaciones profesionales ante la intuición de la muerte–, el grito animal que salió de la cinta y se repetía desesperadamente entre jadeos y chillidos lo dejó clavado en la silla con la piel erizada por el espanto. La escena del maestro en el suelo, junto al escritorio, la nariz sangrante, la cara y el cuello horriblemente amoratados, como si hubiera sido atacado (pero esa posibilidad fue descartada) o como si, en un vahído, se hubiera golpeado contra los muebles (lo que se consideró más probable), volvió a invadirlo llenándolo de horror. Tratando de tranquilizarse, hizo girar nuevamente la cinta. Primero, la voz débil y cansada del maestro reproducía sílabas en lo que le pareció alguna de las lenguas mesopotámicas. Luego de un silencio y de un sonido brusco como de algo que se desploma, el grito, elemental y feroz, repetido una y otra vez, como de un animal enloquecido, traspasaba la grabación desgarrando las capas del tiempo. No se parecían en nada a los gritos de un gibón, aunque qué otra cosa podían ser, sino los gritos de algún gibón grabado por el maestro en su empecinada búsqueda de lo imposible. Con un involuntario y creciente malestar, Weber no quiso interrogarse más sobre esos sonidos incomprensibles.

La cinta le pareció la prueba de lo que, desde hacía algunos años, todos sospechaban. Como un homenaje póstumo a la memoria de su maestro, la destruyó.

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Imagen: Bernardino Avila
 

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