VERANO12

La Cosa

 Por Abelardo Castillo

El cuento por su autor

En la primera mitad del siglo XIX, Edgar Poe propuso dos teorías –una para el verso y otra para el relato– que nadie podrá derogar, ni mucho menos mejorar, pero en las que nadie cree del todo. Según esas teorías, la escritura de un texto literario breve es casi una pura actividad de la inteligencia, un aparato lógico que parte de un propósito lúcido y que culmina en su perfecta ejecución verbal. De hecho, Poe mismo no habría podido aplicar esa doctrina a textos como “Sombra” o “Silencio”, que figuran entre sus mejores cuentos y, de hecho, existe el testimonio de que cuando le preguntaron qué significaba su poema “Ulalume” declaró, con naturalidad, que no tenía la menor idea. ¿Ya se adivina lo que sigue? “La Cosa” es un misterio para mí. Como también es un misterio el que, hasta ahora, nunca haya podido explicar satisfactoriamente ninguno de los cuentos que he publicado en esta sección. Lo más que puedo hacer es contar qué me pasó cuando escribí éste. Sylvia había viajado a Junín y yo estaba solo en la casa. Era un atardecer raro, un poco ominoso y hostil, un poco amenazador. Me dije que lo mejor era escribir algo para entretenerme y empecé por la frase donde el narrador declara que siempre le gustaron los cafés de Buenos Aires. No era un comienzo comprometido; podía derivar en cualquiera historia y, sobre todo, venía apoyado por la atmósfera de uno de mis primeros cuentos, “El candelabro de plata”, cuento que sí podría explicar palabra por palabra, aunque hace más de cincuenta años que lo escribí. Habría redactado unos diez o quince renglones cuando, sin levantar la cabeza del teclado, sentí (la palabra es: supe) que algo me estaba mirando desde ese mismo sillón que, también ahora, está frente mí. Bueno, me dije. Esto es mejor tomárselo con calma. También me dije que, si las cosas eran como a mí me parecían, esta cosa era una Cosa. Había que modificar el comienzo. Había que contar sin tardanza la mirada desde el sillón y dejar el discursivo pasaje de los cafés para continuar la historia, que, cualquiera que fuese, a partir de ahora se contaba sola. Eso hice. Lo demás está escrito en el cuento.

Para tranquilidad de los lectores cultos, puedo agregar que la Cosa fue materializada no sólo por el atardecer, la soledad y el miedo a lo desconocido, sino por alguna reminiscencia literaria. La imagen de la mujer etíope, por ejemplo, se la debo acaso a Solaris, de Stanislav Lem; el trompo y su inestable puntita es –me parece– un pariente menesteroso del Odradek, de Kafka.

¿Habrá por lo menos un lector que haya reparado en el “casi” del principio, donde se habla de la teoría de Poe? Significa que Poe tampoco creía que la creación verbal fuera sólo un producto de la inteligencia.

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