VERANO12 › MARIANA ENRIQUEZ

Carne

So some of him lived
but the most of him died

Rudyard Kipling

Todos los programas, los diarios, las revistas y las radios querían hablar con ellas. Los móviles de la televisión se instalaron afuera de la clínica psiquiátrica donde quedaron internadas durante más de una semana, pero no consiguieron nada. Cuando fueron dadas de alta, los camarógrafos las persiguieron corriendo, algunos se enredaron en los cables y muchos cayeron sobre el pavimento; pero ellas no huyeron. Sólo los miraron con una sonrisa que después fue descripta como “aterradora” y “mística”, y se fueron en el auto que manejaba el padre de Mariela, la mayor. Los padres tampoco hablaban: las cámaras sólo pudieron registrar sus nerviosos paseos por los pasillos de la clínica, sus miradas temerosas, y el llanto de la madre de Julieta, la menor, cuando salía de su casa con un bolso lleno de ropa.

El silencio provocó la mayor histeria jamás vista. Las tapas de los diarios hablaban del caso de fanatismo adolescente más impactante no sólo de Argentina, sino del mundo. La noticia fue levantada por las cadenas de noticias internacionales. Fueron convocados expertos psiquiatras y psicólogos, el tema monopolizó los noticieros, los programas de chimentos, los magazines y talk shows de la tarde; en la radio no se hablaba de otra cosa. Julieta y Mariela, dieciséis y diecisiete años, dos chicas de Mataderos fanáticas de Santiago Espina, la estrella de rock que en menos de un año había dejado atrás el suburbio para llenar teatros y estadios del centro de Buenos Aires; Santiago, a quien la prensa especializada amaba y odiaba en partes iguales: genio, pretencioso, artista inclasificable, artefacto comercial para hipnotizar niñas alienadas, futuro de la música argentina, idiota caprichoso. El Espina, como lo llamaban idólatras y detractores, dejó estupefacta a la crítica con su segundo disco, Carne, once canciones que dividieron las aguas aún más: de un lado lo llamaban obra maestra, del otro anacronismo autoindulgente. Las ventas se dispararon, y la discográfica empezó a soñar con un lanzamiento internacional; Santiago Espina era extraño, sí, era impredecible y casi nunca daba entrevistas, pero, ¿cómo podría negarse a giras promocionales por México, Chile, España? Sólo tenían que convencerlo de que hiciera un videoclip de una vez por todas, para que el mundo pudiera ver sus ojos y el modo en que el pantalón le rozaba los punzantes huesos de la cadera.

Un mes después de que Carne se agotara, la ciudad empapelada con el rostro del Espina recibía la noticia de su desaparición, días antes de la presentación del disco superexitoso en el Estadio Obras. Las entradas estaban agotadas. Las fans –porque eran sobre todo chicas, lo que aumentaba el desprecio de los detractores– lloraban en espontáneas reuniones callejeras, organizaban marchas y recitaban las letras de Carne en una letanía extática, arrodilladas frente a posters del Espina pegados con cinta scotch a monumentos y árboles en todas las plazas de Buenos Aires, como si le rezaran a un dios moribundo.

Cuando la desesperación se contagió a las adolescentes del interior del país, el hallazgo del cuerpo del Espina provocó un terror desconocido en los padres desorientados. Santiago apareció en una habitación de hotel de Once, con todo el cuerpo cortajeado: había usado una gillette y un Tramontina a conciencia para despellejarse los brazos, las piernas, el vientre. En el brazo izquierdo, había cortado hasta el hueso. En el pecho era posible ver el esternón. Y, posiblemente semiinconsciente, se había cortado la yugular con un tajo audaz y preciso. No se había mutilado la cara. Uno de los policías encargado de forzar la cerradura de la habitación abajo declaró que le había recordado a una cámara frigorífica: era pleno invierno, y además Santiago había dejado encendido el aire acondicionado. Hubo teorías conspirativas sobre un posible asesinato, pero fueron desechadas cuando trascendió que la habitación estaba cerrada con llave desde adentro y se difundió la nota suicida, casi ilegible por la letra nerviosa y las manchas de sangre. Decía: “Carne es comida. Carne es muerte. Ustedes saben cuál es el futuro”. Delirios agónicos, dijeron los expertos. Y las fans callaron y lloraron encerradas en habitaciones donde se mezclaban los osos de peluche, los diarios íntimos con tapas rosas, las mochilas siempre sobrecargadas y las fotos del Espina más hermoso que nunca, ahora que la muerte le brillaba en los ojos.

El país esperó una epidemia de suicidios adolescentes que nunca llegó. Las chicas volvieron al colegio y a los boliches, y apenas se registró un caso de depresión grave en Mendoza, aunque todas escuchaban Carne como la última voluntad y testamento de su ídolo, tratando de descifrar las letras en foros de Internet y largas conversaciones telefónicas. La prensa despidió a Santiago Espina con titulares y elegías, y por un tiempo sólo se habló de suicidio, drogas y rocanrol. El entierro en la Chacarita fue mucho menos concurrido y más triste de lo esperado, y el duelo se aplacó una vez terminado el desfile del entorno de la estrella por los programas de televisión. La cirugía estética de una modelo resultó desastrosa; un galán declaró ser gay; secuestraron a un adolescente de San Fernando y renunció el director técnico de River. Santiago Espina pasó a las efémerides, listo para ser desenterrado cuando se cumpliera un año de su nacimiento, o de su muerte.

Nadie podía suponer que algo se estaba gestando en Mataderos, entre dos chicas, una foto arrugada de la nota suicida y Carne en el equipo, de principio a fin, una y otra vez.

Mariela había sido una de las primeras “espinosas” (así llamaban los medios a las fans, las chicas con los ojos delineados de negro mortuorio, baratas boas de plumas al cuello y pantalones que imitaban la piel de los leopardos). Lo había seguido durante un año, noche tras noche, por donde el Espina tocara. Conocía todos los trenes y colectivos suburbanos, y había pasado madrugadas heladas en andenes temblando de frío, con la lista de temas en el bolsillo, acariciando el papel con los ojos cerrados. El Espina la conocía y a veces –muy pocas, porque casi nunca se comunicaba con su público, ni siquiera para anunciar los temas o decir buenas noches– le daba algún pequeño obsequio: la púa de la guitarra o un vaso de plástico con restos de cerveza. En el baño de un local de Burzaco conoció a Julieta, la más célebre de las espinosas porque se había tatuado el nombre del ídolo en el cuello; de lejos, las letras parecían una cicatriz, como si la cabeza estuviera cosida al cuello. Ella había logrado sacarse una foto con el Espina: los dos aparecían muy serios, no se tocaban, y el flash les había enrojecido los ojos. Julieta y Mariela vivían a apenas diez cuadras de distancia y el suicidio del Espina las unió tanto que empezaron a parecerse físicamente, como las parejas que conviven durante décadas o los solitarios que adquieren la expresión de sus mascotas.

Ese parecido mimético había sorprendido al cuidador del cementerio que las encontró de madrugada, cuando trataban de saltar el paredón. “Estaba oscuro todavía –dijo–, pero nunca pensé que eran chorros. De lejos se notaba que eran pibitas, y cuando me acerqué vi que además eran gemelas.” Julieta y Mariela no lucharon con el cuidador. Aparentemente atontadas, se dejaron llevar hasta la oficina; el hombre creía que estaban drogadas, y supuso que habían pasado la noche en el cementerio para velar al Espina. El y sus compañeros habían encontrado chicas antes, escondidas en los pasillos de los nichos y detrás de los árboles cerca de la hora del cierre, pero ninguna logró acompañar al ídolo hasta el amanecer. El cuidador creyó que Julieta y Mariela habían tenido suerte, pero mientras las retaba y les pedía el teléfono de sus padres, observó que las chicas estaban sucias de tierra, sangre y una película de mugre que apestaba y les cubría las manos y la ropa y los rostros. Entonces llamó a la policía.

Por la tarde, la noticia se filtró a los medios. Dos adolescentes habían desenterrado el cajón de Santiago Espina con una pala y sus propias manos. La sepultura, apenas un mes después de su entierro, aún no tenía el mármol definitivo que les hubiera dificultado la tarea. Pero la exhumación era apenas el principio. Las chicas habían abierto el féretro para alimentarse de los restos del Espina con devoción y asco; alrededor del hueco daban testimonio de su esfuerzo los charcos de vómito. Uno de los policías también vomitó. “Dejaron los huesos limpios”, le dijo a la televisión, y el conductor, estremecido, se quedó sin palabras por primera vez en su carrera. Las chicas fueron llevadas en un patrullero hasta la comisaría y allí se decidió su internación en una clínica privada. Los policías dijeron que Julieta y Mariela nunca habían llorado, ni hablado con ellos; sólo se susurraban cosas al oído y estuvieron todo el tiempo tomadas de la mano. Trascendió que, cuando quisieron bañarlas en la clínica, se resistieron con tanta furia que una de las enfermeras acabó mordida y arañada; hubo que medicarlas y limpiarlas dormidas.

Hablar con ellas, con sus familias, con sus médicos, se convirtió en una prioridad. Pero todos callaban. La familia del Espina decidió no demandar a Julieta y Mariela “para que no siga este horror”. La madre de la estrella, decían, vivía sobrecargada de tranquilizantes. Las versiones de un intento de suicidio previo no pudieron confirmarse; tampoco se encontró a ninguna novia del Espina, sólo amantes que no habían pasado más de una noche con él, y poco tenían para contar. Los músicos de la banda se negaron a hablar con la prensa, pero quienes los conocían afirmaban que estaban shockeados y, sobre todo, asqueados. Se supo que todos abandonarían la música para siempre. Nunca habían tenido una buena relación con Santiago, eran empleados, o más bien esclavos que aceptaban sus caprichos con resignación, por ambición y una admiración distante.

Las fans se sentaron malhumoradas en livings y paneles televisivos a pelear con conductores y psicólogos. Habían decidido evitar la ropa negra, y aparecían despatarradas sobre los sillones con los labios rojos, pantalones de leopardo, remeras brillantes y las uñas rojas, azules, verdes, rosadas. Contestaban a las preguntas con monosílabos y a veces con risitas irónicas. Una de ellas, sin embargo, lloró abiertamente cuando le preguntaron qué pensaba de las chicas que habían comido del ídolo. Desafiante, gritó: “¡Las envidio! ¡Ellas lo entendieron!”. Y balbuceó algo sobre la carne y el futuro, dijo que Julieta y Mariela estaban más cerca que cualquiera de ellas del Espina, lo tenían en su cuerpo, en su sangre. Hubo un programa especial sobre los adolescentes soldados caníbales de Liberia que creen obtener la fuerza de sus enemigos devorados y usan collares de huesos. El canal que lo emitió fue denostado como ejemplo de mal gusto y simplismo. Se habló de la necrofilia como perversión nacional, y los canales de cable programaron ¡Viven!” y Voraz. Hasta Carlitos Páez Vilaró participó de una mesa redonda y se vio obligado a diferenciar su antropofagia “por necesidad” de “esta locura”. Especialistas en cultura rock y sociólogos desmenuzaron las letras de Carne; algunos compararon al Espina con Charles Manson, otros, horrorizados, denunciaron ignorancia y simplismo, y elevaron al Espina a la categoría de poeta y visionario.

Julieta y Mariela, mientras tanto, permanecían en sus casas de Mataderos, separadas por diez cuadras; les habían prohibido volver a comunicarse. Dejaron el colegio. El padre de Mariela amenazó a los camarógrafos con un arma desde la terraza, y los medios retrocedieron hasta la esquina. Los vecinos sí hablaban y decían lo predecible: buenas chicas, adolescentes un poco rebeldes, qué barbaridad, esto no puede volver a pasar. Muchos se mudaron. La sonrisa de las chicas, congelada en las pantallas de sus televisores y las tapas de los diarios, les daba miedo.

Mientras tanto, en todo el país, en cada cybercafé, las espinosas se reunían frente a las pantallas de las computadoras, porque comenzaron a llegar los mails. Ninguna podía jurar que fueran de Julieta y Mariela, no sabían si ellas tenían acceso a Internet en su aislamiento, pero todas lo sabían, lo deseaban, y guardaban el secreto celosamente. Los mails hablaban de dos chicas que pronto cumplirían dieciocho años y se liberarían de padres y médicos para tocar las canciones de Carne en sótanos y garages. Hablaban de un culto subterráneo imparable, de Ellas Las Que Tenían Espinas en el cuerpo. Las fans esperaban con brillantina en las mejillas, las uñas pintadas de negro y los labios manchados de vino tinto el mensaje que les diera la fecha y el lugar de la segunda venida, el mapa de una tierra prohibida. Y escuchaban la última canción de Carne (donde el Espina susurraba “Si tenés hambre, comé de mi cuerpo. Si tenés sed, bebé de mis ojos”) soñando con el futuro.

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Imagen: Sandra Cartasso
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