CONTRATAPA

Cómo convertir anfetaminas en teoremas

 Por Juan Forn

Lo he confesado otras veces: los húngaros me fascinan y, cada vez que puedo, me las arreglo para hablar de alguno. Hoy es el turno de Paul Erdös, una leyenda del mundo de la matemática por su asombrosa productividad y por sus excentricidades igualmente legendarias. En el curso de su vida, Erdös (pronúnciese erdesh) publicó 1475 trabajos. El rinde promedio de un matemático es de cincuenta papers en toda su carrera (más o menos uno por año); Erdös, en cambio, durante sus mejores años, llegó a publicar cincuenta por año (es decir, casi uno por semana). Para lograr tal proeza, practicó una verdadera promiscuidad en el rubro colaborativo: 485 de esos papers los escribió en coautoría con algún colega. Son tantos los matemáticos que colaboraron con él que, en los años ’70 y ’80, se decía que cualquiera que no hubiese trabajado con Erdös, o con alguien que hubiese trabajado con él, no era nadie en el mundo de la matemática.

Lo que hace especialmente interesante su modus operandi es que Erdös nunca tuvo un puesto estable ni domicilio fijo de residencia: entre 1934 (año en que dejó Budapest) y 1996 (fecha de su muerte en Varsovia) practicó la matemática en veinticinco países diferentes, dando clases y conferencias, participando de congresos, o simplemente apareciéndose en medio de la noche por la casa de algún colega (“Se me ocurrió un problema que sólo contigo seré capaz de resolver”) y hospedándose allí hasta que terminaba el paper junto a su anfitrión y partía en busca de nuevos desafíos. Einstein decía que había elegido la física antes que la matemática porque ésta plantea tantas preguntas bellas y atractivas que es casi imposible no distraerse de las preguntas centrales. En su opinión, el deber principal del científico es desarrollar su olfato para las preguntas centrales y trabajar en ellas sin dejarse seducir por otros problemas, no importa cuán atractivos sean. Erdös sucumbió de manera impenitente a cada problema hermoso con que se encontró, reivindicando cada día de su vida el ejercicio comunitario, aleatorio y desinteresado de la matemática.

Sus únicas posesiones entraban en una valija. Lo asfixiaban las corbatas y los zapatos: usaba siempre la camisa abierta y sandalias con medias. “La propiedad perjudica”, decía, y donaba casi todo lo que ganaba para poder seguir su vida liviano de equipaje (cuando ganó, en 1983, los cincuenta mil dólares del Premio Wolf en Israel, se quedó con setecientos y creó con el resto un fondo que premiaba la resolución de problemas creados por él mismo: los premios iban de uno hasta mil dólares, y se siguen concediendo hasta el día de hoy porque todos los ganadores vuelven a donar el monto obtenido, en su homenaje).

Erdös había nacido en Budapest en 1913, durante una epidemia de escarlatina que mató a sus dos hermanas días antes de que él naciera. Por esa razón, sus padres, que eran ambos profesores de matemática, prefirieron no mandar al niño a la escuela y educarlo ellos mismos. A los veinte años se doctoró en la Universidad de Budapest y aceptó una beca para seguir sus estudios con Louis Mordell. Su madre había seguido sobreprotegiéndolo a tal punto que, recién cuando llegó a Manchester en 1934, Erdös tomó conciencia de ello. “Llegué a media tarde a casa de Mordell y no había comido nada en todo el día. A las cinco sirvieron el té y yo tenía tanta hambre, y me avergonzó tanto confesar que nunca había enmantecado sólo una tostada, que me puse a imitar a los demás y descubrí que no era una tarea tan difícil como aparentaba ser”, confiesa en un fabuloso documental sobre su vida titulado N es un número.

Poco después del fin de la Segunda Guerra, Erdös coincidió en Princeton con dos colegas, el alemán Hochschild y el japonés Kakutani. Los tres iban caminando un día por Long Island, tan enfrascados en un problema matemático que no se dieron cuenta de que había anochecido y que habían ingresado en zona militar, una estación de radar del ejército. Dos guardias los detuvieron a punta de fusil. Tan enfrascados venían ellos que contestaron las preguntas de los guardias en alemán (la lengua en que venían conversando, la única que les permitía comunicarse fluidamente a los tres) y fueron a parar a un calabozo hasta que las autoridades de Princeton aclararon el asunto. Pero cuando, días después, a Erdös (el “ruso” del grupo) se le venció la visa, no se la renovaron y no lo dejaron volver a entrar a los Estados Unidos durante los diez años siguientes. El verdadero motivo quizá se hallara en su prontuario: en 1943 había sido convocado por el matemático Ulam para participar del proyecto nuclear en Los Alamos. Erdös aseguró que podían contar con él siempre y cuando le permitieran volver a Hungría cuando quisiera y fue rechazado por no cumplir con las pautas de seguridad obligatorias para todos los participantes del proyecto (el gobierno comunista húngaro, en cambio, enterado del veto norteamericano, hizo una insólita excepción con Erdös y le concedió un pasaporte especial, único en su género, que le permitía entrar y salir de Hungría a su antojo).

Su frase favorita era: “Un matemático es una máquina que convierte café en teoremas”. Y, en sus épocas de oro, llegó a trabajar al mismo tiempo con una docena de matemáticos diseminados por toda Europa: como los grandes maestros de ajedrez cuando juegan simultáneas, a cada uno de ellos le decía “Le dejo esta inquietud” y se subía a un tren y se dirigía a otra ciudad, tal como un ajedrecista va de tablero en tablero. A los amigos de Erdös les preocupaba su uso indiscriminado de anfetaminas. El ilustre Gerhart Ringel le apostó una vez que era incapaz de dejar de tomarlas un mes. Erdös aceptó el desafío y se abstuvo de todo estimulante durante treinta días, momento en el cual agradeció a Ringel la oportunidad que le había dado de descubrir que no era un adicto. “Pero me he pasado todo este tiempo sin lograr que se materializara una sola idea en mi cabeza. Es decir que, por tu culpa, la matemática se ha atrasado un mes. Así que, con tu permiso, voy a tomarme unas pastillas y recuperar ya mismo el tiempo perdido”, dijo y retomó imperturbable su rutina química.

Erdös se había pasado la vida diciendo que la manera perfecta de morir sería en el momento justo en que hubiera terminado de exponer la solución a un problema matemático endiabladamente difícil y se alzara una mano pidiendo si podía repetir el procedimiento. Erdös contestaría: “Creo que dejaré esa tarea a la próxima generación” y se desplomaría delante de su auditorio. Murió, en cambio, de una manera mucho más fiel a su estilo. Durante un congreso en Varsovia en 1996, estaba escuchando una de las conferencias y, de pronto, quienes estaban a su lado descubrieron que no estaba echándose una siestita sino que había muerto, silenciosa y pacíficamente. A sus pies yacía su legendaria valija y en el bolsillo tenía un boleto de tren para viajar esa misma noche a Viena.

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