CONTRATAPA

Ocurrido y ocurrencias II

 Por Roberto “Tito” Cossa

El idioma inglés se nos impone, indefectiblemente. De última, es el lenguaje del imperio (del anterior y del actual). Muchas veces, no queda otro remedio que recurrir a él. La mayoría son palabras que nacen de la tecnología y alcanzan difusión universal. Encima, el inglés es un idioma más económico. No es lo mismo decir “mail” que “correo electrónico”. Pero hay otras adopciones de palabras que no se explican. Cada vez que hay un congreso, una convención, uno de esos encuentros con azafatas, aparece la ríspida “break”, cuando el idioma castellano contiene la tan dulce “pausa”.

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Allá por los años ’40 el entrañable poeta y narrador Alvaro Yunque vivía en una pensión. Estaba una tarde en la casa de mi tía Ema cuando decidió comunicarse por teléfono con su mujer. Escuchó del otro lado una voz extraña, agria, estridente, de una mujer de edad.

–¿Con la pensión?

–¡Esta no es una pensión! ¡Es una casa decente!

–La casa será decente, pero vos sos una vieja puta.

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¿En qué momento el ser humano comienza a darse cuenta de que se está poniendo viejo? Supongo que no todos detectan el mismo síntoma. Seguramente, el estado físico es el más habitual. Los que suelen llamarse los achaques. O la pérdida de la memoria. O la muerte de algunos de sus contemporáneos.

Yo tengo un dato inapelable: el teléfono suena cada vez menos.

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Estaba una tarde el fallecido escritor peruano Manuel Scorza tomando un café en un bar. Una señora se acercó a la mesa y le preguntó, amablemente:

–¿Usted es Manuel Scorza?

–Sí, señora, aunque está mal que yo lo diga.

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Noche de estreno en un teatro español. Al promediar la obra, el aburrimiento circulaba por la sala. En el escenario, los amantes furtivos se despiden en medio de la noche. Dice la dama:

–Mañana, aquí te espero, Joaquín. Mañana aquí, a la misma hora, Joaquín. Mañana, aquí.

Un espectador de las primeras filas se puso de pie.

–¿Mañana, aquí? ¡Ni Joaquín!

Y abandonó la sala.

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Soy un fumador empedernido. Fumo desde los 16 años. Fumé en mis sucesivas casas y fumé en casas ajenas, en bares y restaurantes, en trenes, taxis y aviones, en oficinas y redacciones, en camarines y ascensores. Eran los tiempos en que fumar tenía cierta distinción, a lo sumo un vicio que sólo causaba perjuicio al que lo practicaba.

De pronto, la ciencia descubrió que el humo perjudica también al que no fuma, el llamado fumador pasivo. Y nos condenó a pitar en la calle o encerrados en nuestras habitaciones.

Me preocupa. Con lo que yo he fumado, me temo que puedo haber mandado a algún cristiano a la tumba. ¿Será un homicidio culposo?

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Se hacía llamar Frend. Era un seudónimo. Los muchachos de la barra nunca le conocimos su nombre verdadero. La naturaleza no había sido generosa con él. Menos de un metro sesenta, nariz aplastada, labio leporino. En las reuniones permanecía callado y mucho más si había mujeres. Un tipo verdaderamente amargado.

Sin embargo, Frend era un personaje de un ingenio notable. A solas conmigo, en el bar, desparramaba dichos propios que me hacían morir de risa. Un día le pregunté por qué no ejercía su humor en las reuniones.

–Se me ocurren réplicas ingeniosas, pero se me ocurren tarde. Dos minutos después, cuando ya perdieron eficacia. Llego a destiempo.

Me fui del barrio y por muchos años no supe de la vida de Frend hasta que una vez alguien me contó que una noche se encerró en la cocina y abrió la llave del gas.

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Se llama Kim Schmitz y también se lo conoce como Kim Doctom. Es alemán. Desde chiquito demostró tener notables aptitudes para el manejo de Internet. A los veinte años solía meterse en cuentas y tarjetas de crédito ajenas. Lo acusaron por defraudación y le cayeron con una multa de 100.000 euros.

Seguramente, habrá pensado que por ese camino no iba a ningún lado. Entonces creó un sitio en la red llamado Megaupload, una especie de archivo gigantesco donde cargó millones de películas y obras musicales que distribuía gratuitamente entre internautas de todo el mundo en nombre de la llamada “cultura libre”. Tarea noble, si las hay. Pero resulta que el generoso Schmitz posee hoy, a los 37 años, una fortuna de 150 millones de dólares y se fotografía en casas faraónicas, con piletas de natación donde el champán reemplaza al agua y rodeado de minas de colección.

Y lo peor de todo es que el alemán tiene cara de boludo.

Nota: Aclaro que estoy absolutamente en contra de cualquier ley que aplique censuras, penas legales o persecuciones a los usuarios que intercambian obras protegidas por la red. Pero ocurre que hay empresas poderosísimas y algunos pícaros como Schmitz que acumulan millones sin haber creado un solo sonido, una imagen o una palabra con aspiraciones artísticas. Y a costa del justo derecho de los creadores a vivir de su trabajo.

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