CONTRATAPA

El Che en la avenida Nazca

 Por José Pablo Feinmann

Lo que voy a contar no me pasó a mí. Les pasó a los chicos del Instituto Glaux, un colegio que está en la calle Nazca al tres mil y pico. Llevaban más de un año preparando lo que hicieron, no por primera vez, el viernes a la noche, a partir de las nueve, ahí, donde dije, en el Instituto Glaux. Ninguno pasa de los diecisiete años y viven aquí, y son parte de este país y hasta son parte de lo que lo define en la mejor de sus caras: tiene osadía, se mete con cosas que pueden llevarlo, al país y a su gente, al ridículo o a la excelencia. Los chicos del Instituto Glaux llegaron a la excelencia.

A ver, de a poco. Recibí un mail. Lo firmaba Pablo Agresti, que es profesor de historia del Colegio, y me dice que ahí, en ese Colegio, desde hace ya un tiempo, vinieron ensayando mi obra de teatro Cuestiones con Ernesto Che Guevara. Que les gustaría que fuera a ver una función. No sé por qué, no fui. Pero me quedé con las ganas. ¿Qué habrían hecho unos pibes que no pasaban los diecisiete con esa obra que habían hecho, en 1998, Manuel Callau y Arturo Bonín en el Margarita Xirgu? Nunca más la había visto. Se dio en Italia. Y por esas raras cosas de la vida se dio por una radio de Alemania. Me enviaron la grabación y no entendí un pomo. El Che hablaba en alemán. Cosa rara.

Le mandé un mail a Pablo Agresti y le dije que quería ir. Agresti me dijo: “El viernes, a las nueve de la noche”. Cuando la hicieron Bonín y Callau la obra duraba 85 minutos, porque se habían cortado varias de sus escenas. Es otra historia. No fue decisión de Bonín ni de Callau. Nunca estuve de acuerdo. Pero salió bien. Después la Editorial Norma publicó el texto completo junto con mi guión de Eva Perón en un libro que se llamaba Dos destinos sudamericanos. Este fue el material con el que trabajaron Agresti y Alejandro Oliva, que dirigieron juntos la obra y adaptaron el texto. Alejandro Oliva es grandote, como un padre bueno y comprensivo, pero que, por ahí, si te desbandás, te da un mamporro, con todo cariño. La adaptación de Agresti y Oliva dura 100 minutos. Los textos que tuvieron que memorizar los pibes fueron, algunos, para el fallecimiento escénico, mortales.

Me tenían reservado un asiento en la primera fila, pero les dije que no, que los actores me iban a ver y siempre el autor pone nervioso a todo el mundo, hasta a las maderas de la escenografía, cuando está en la primera fila, como si hubiera ido a vigilarlos, a olerlos. Me senté lejos. Había mucha gente. El lugar no era muy grande. Por ahí no había tanta gente. Por ahí lo que pasaba era eso: que el lugar no era grande y se llenaba fácil. Y bueno, como sea, estaba lleno. Se apagó la luz. Sonó una música. Se encendió algo y apareció, bien paradita, sólida, una piba de unos quince años. Ella era el profesor Andrés Navarro. Aquí lo hacía una chica. Que, al serlo, nada de Andrés, Andrea. Andrea Navarro. Me gustó la idea. ¿Por qué no se me había ocurrido a mí? ¿Por qué a Navarro, el personaje central junto al Che, no lo hice mujer? Machista de mierda que sos, me dije. Siempre pensando en enfrentamientos viriles. Esa cosa de la amistad, de la amistad seca, apenas dicha, que te quedó de las películas yanquis que veías de pibe. Como Gary Cooper y Burt Lancaster en Veracruz. O como Glenn Ford y Van Heflin en El tren de las tres y diez a Yuma. O esa inolvidable despedida entre Cooper y Richard Widmark en Jardín del Mal. Aquí no. Minga. (Nota: éste es un homenaje al querido Dippy Di Paola, que se murió durante estos días y venía pasándola mal hace rato y tenía talento, y mucho, desde el día en que vino al mundo. Ah, y escribió una novela que se llamaba Minga.)

Minga, decía. Navarro era una piba. Y la piba (que se llama Melisa Iranzo) decía: “Quebrada del Yuro es uno de los nombres de la derrota. Ahí fue detenido el comandante Ernesto Che Guevara por fuerzas del ejército boliviano”. Y escucho una voz potente, segura, que dice: “No disparen: soy Ernesto Che Guevara y valgo más vivo que muerto”. Y ahí apareció el Che. El Che es Federico Justo, que tiene quince años y una presencia escénica insoslayable. El cuerpo flojo, la gestualidad expresiva, la dicción impecable. No parece tener quince años. O se agranda. Se lo cree. Se cree que es el Che desde la primera escena. Y uno le cree. Sos el Che, Federico. Esta noche sos el Che y este papel se escribió para vos. Después aparece Fidel. Lo hace Ivo Segura. Y habrá de decir una sola palabra formidable. Dice muchas, pero hay una que a la vez la dice con una seguridad y un desapego notables. El Che le pregunta qué es hacer política. Y abunda: “Esconderse, mostrarse, dar la cara, no dar la cara, decir la verdad, no decirla, abrazarse con los cretinos, hablar, callarse, decir sí sin decir sí, decir no sin decir no ¿eso es hacer política?”. Y Fidel lo mira y dice: “Sí”. ¡Cómo se rió la gente! Creo que les gustó que Fidel estuviera tan seguro de todo eso. Que fuera tan distinto del Che, también. El Che lo mira y, burlón, le dice: “Estás engordando”.

La piba Andrea Navarro no le ahorra nada al Che. Le dice las cosas más incómodas, las más amargas. “Usted ordenó matar gente”. El Che ruge: “Eran todos torturadores y oficiales del ejército de Batista”. “Si ellos hubieran ganado habrían dicho que ustedes eran guerrilleros, y los hubieran fusilado igual: es lo mismo.” Navarro no le afloja nada. Ahora que la veo a la piba me acuerdo de una anécdota de Hugo Soriani, que fue uno de los productores de la versión de Callau y Bonín (este diario, quiero decir). ¿Por qué me acuerdo de la “aneda”? Fácil: porque, aquí, esta noche, Andrés es Andrea. Cuando la vio Soriani era Andrés y hablaba con el Che durante las dieciocho horas en las que estuvo en la escuelita de la Higuera esperando su muerte. Durante, digamos, la última noche de su vida. “Sos un turro –me dijo Soriani– la última noche del Che y le mandás a ese hinchapelotas para que se la amargue. Yo le hubiera mandado una buena mina.” Por eso me acordé. Le mandaron una mina los del Instituto Glaux. Pero Andrea Navarro fue casi más terrible, más dura que Andrés. “Cuando la historia se hace con la violencia pierden todos” (le dice) “y todo cadáver es un insulto a la condición humana”. Y el Che contesta: “No hay historia sin violencia. La historia sin violencia se vuelve blanca, estúpida, no tiene espesor”.

Un fenómeno los pibes del Instituto Glaux. Cuando termina todo, cuando Navarro y el Che, enfrentados siempre pero ahora amigos, se toman juntos un mate y se preguntan “qué queremos decir los argentinos cuando decimos ‘che’”, único interrogante que queda sin develar, se encienden las luces, los pibes saludan, todos saludan, Adrián Botto, Ivo Segura, Sebastián Di Gangi, Francisco Scaglia, Tamara Sepiurka, María Vaquer, Mariana Bonsái, Fabián Dejtiar y Alejandro Tricinello. Y la escenógrafa, Sol Ganim. Los iluminadores, Alejandro Oliva y Sol Ganim. (“Sol”, si con ese nombre no lo superás al Chango Monti haciendo luces) Y saluda el Che. Me voy hacia él y lo abrazo. Y lo felicito y ahora que lo veo de cerca, veo que el Che tiene aparatos en los dientes superiores. “Sí, ¿viste?”, me dice Federico Justo, “qué cosa, tengo aparatos. Pero no se ven, ¿no?”. No se ven porque el pibe está fantástico. No se ven los aparatos y pero sí se ven las barbas cuando Fidel dice: “Por ahora, para el Departamento de Estado, somos un montón de barbudos pintorescos”. Y ni uno de ellos se afeita todavía. Pero les creés tanto que les ves las barbas. Nos sacamos fotos. Hacemos una línea, nos agarramos de los hombros y sonreímos. Me cuentan cosas, que sueñan, por ejemplo, hacerla en distintos colegios. Yo, reviento de alegría. Me fui volando de ahí. Volando bajito por la avenida Nazca hasta llegar a casa y dormir un sueño sin sueños porque el sueño ya lo había tenido. Les prometí hacer algo por ellos, lo que pudiera. De entrada, creo, esta nota.

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